Foto: Ditchling en la década de 1920

lunes, 1 de octubre de 2012

Sobre el estado de la ciencia económica



El mapa no es el territorio: 
Ensayo sobre el estado de la ciencia económica

John Kay*, Institute for New Economic Thinking, 26 de septiembre de 2011.

La reputación de la ciencia económica y de los economistas, que nunca fue buena, es una de las víctimas de la crisis económica de 2008. La Reina [de Gran Bretaña] no estaba sola cuando preguntó públicamente por qué nadie la había predicho. Una crítica aún más seria es que el debate sobre la política económica que siguió parece una representación del que tuvo lugar tras 1929. La cuestión está en la disyuntiva austeridad presupuestaria versus estímulo fiscal, y las posiciones de los protagonistas son completamente predecibles en base a sus lealtades políticas previas.

El caudillo de los macroeconomistas modernos, Robert Lucas, respondió la pregunta de la Reina en un artículo escrito por invitación en la revista The Economist de agosto de 2009.[1] La crisis no fue predicha, explicaba, porque la teoría económica predice que tal tipo de eventos no pueden ser predichos. Ante una respuesta como esa, un soberano inteligente va a buscar respuestas en otro lado.

Pero no irá a buscarlas al principal socio de Lucas, que está aún menos dispuesto a pedir disculpas. Edward Prescott, como Lucas, un ganador del Premio Nobel, comenzó un reciente discurso ante un grupo de premiados anunciando que “ésta es una buena época para la economía agregada”. Thomas Sargent, cuyo rol en el desarrollo de las ideas de Lucas ha sido decisivo, aún es más duro.[2] Sargent observa que los críticos como Su Majestad “reflejan una triste ignorancia o un desprecio intencional de lo que trata la macroeconomía moderna”. “Cortadle la cabeza”, tal vez. Pero antes de considerar este tipo de respuestas como ridículas, consideremos por qué estos economistas las consideran apropiadas.

En su conferencia ofrecida al recibir el Premio Nobel de Economía en 1995,[3] Lucas describió su modelo básico. Ese modelo se ha desarrollado convirtiéndose en el enfoque dominante de la macroeconomía actual, llamado actualmente equilibrio general estocástico dinámico. En ese paper, Lucas hace los siguientes supuestos (entre otros): todos vivimos por dos períodos, de igual duración, y trabajamos en uno y gastamos en otro; sólo existe una mercancía y no hay posibilidad de atesorarla o invertirla; sólo existe un único tipo homogéneo de trabajo; no existe ningún tipo de mecanismo de apoyo familiar entre las generaciones más vieja y más joven. Y así otras.

Toda ciencia usa supuestos simplificadores irreales. Los físicos describen el movimiento en un plano sin fricción y la gravedad en un mundo sin resistencia aérea. No porque alguien crea que existe un mundo sin fricción o sin aire, sino porque es demasiado difícil estudiar todo a la vez. Un modelo simplificador elimina factores co-fundantes y se enfoca en un asunto particular que sea de interés. Para poner en práctica ese tipo de modelos, uno debe estar dispuesto a volver a incluir los factores excluidos.  Probablemente uno se encontrará con que esta modificación tiene importancia en algunos problemas y no la tiene en otros —la resistencia del aire hace la diferencia cuando se trata de la caída de una pluma, pero no con una bala de cañón.

Pero Lucas y los que lo siguen, se empeñan sin disimulo en un ejercicio muy distinto, de la clase explicada por la filósofa Nancy Cartwright.[4] La característica distintiva de este enfoque es que la lista de supuestos irreales simplificadores es demasiado larga. Lucas fue explícito en cuanto a sus objetivos: [5] “la construcción de un mundo mecánico artificial poblado por robots interactivos como lo que estudia la economía de manera típica”. Una teoría económica, explica, es algo que “puede ser introducido y corrido en una computadora”. Lucas llamó a las estructuras como éstas “economías análogas”, porque son, de alguna forma, sistemas económicos completos. Se parecen al mundo desde lejos, pero un mundo tan rebajado que todo en él es conocido o puede ser fabricado. Estos modelos se parecen a la Tierra Media de Tolkien o a un juego de computadoras como el “Grand Theft Auto” (GTA).

El creer que todo problema tiene una respuesta, incluso y tal vez especialmente si tal respuesta es difícil de encontrar, llena una necesidad muy humana. Por esa razón, mucha gente tiene obsesión con estos mundos artificiales, como los juegos de computadora, en que pueden verse las conexiones entre las acciones y los resultados. Muchos economistas que persiguen este tipo de enfoques son similarmente a-sociales. Probablemente no es un accidente que la economía sea, por lejos, una de las ciencias sociales con mayor proporción de varones.

Uno puede aprender técnicas o adquirir ideas útiles jugando estos juegos, y algunos lo hacen. Si los compiladores son buenos en su trabajo, como lo son, los efectos de sonido, los eventos y los resultados de los juegos de computadora se parecen a los que escuchamos y vemos —pueden, para utilizar un término que Lucas y sus colegas han popularizado, ser calibrados frente al mundo real. Pero esa correspondencia no valida el modelo de ninguna forma. La naturaleza de estos sistemas auto-contenidos es que las estrategias exitosas son el producto de los supuestos hechos por los autores. Obviamente no se puede inferir que las políticas que resultaron en el Grand Theft Auto sean políticas apropiadas para los gobiernos y las empresas.

Sin embargo, esta correspondencia parece ser lo que los proponentes de este enfoque esperan lograr —e incluso dicen haber logrado. El debate entre la austeridad y el estímulo, en los círculos académicos, es en gran parte un debate sobre la validez de una propiedad llamada equivalencia ricardiana, que se observa en este tipo de modelo. Si el gobierno emprende el estímulo fiscal de gastar más o reducir impuestos, la gente se dará cuenta de que esa política significa mayores impuestos o un menor gasto en el futuro. Incluso si creen estar mejor hoy, se verán más pobres en el futuro, y por una cantidad similar. Anticipando esto, se retraerán y el gasto público reemplazará al gasto privado. La política fiscal será, por lo tanto, ineficaz como medio para responder a la dislocación económica.

En una defensa más extendida del enfoque DSGE, John Cochrane, colega de Lucas en Chicago, presenta la tesis de la ineficacia de la política —reconociendo inmediatamente que los supuestos que levanta “son, como es costumbre, obviamente irreales”.[6] Para la mayoría de la gente, eso puede ser el final de la discusión. Pero no lo es. Cochrane prosigue diciendo que “si uno quiere entender los efectos del gasto público, tiene que especificar por qué los supuestos que llevan a la equivalencia ricardiana son falsos”. Ésta es una exigencia razonable, aunque sea demasiado fácil de satisfacer —como el mismo Cochrane reconoce.

Pero Cochrane no se va a rendir tan fácilmente. Sigue diciendo que “los economistas han pasado una generación dándole vueltas a la teoría de la equivalencia ricardiana y calculando los efectos probables del estímulo fiscal a la luz de esta teoría, generalizando los ‘qué pasa si’ e imaginando los ‘por lo tanto’. Justamente ésta es la forma correcta de hacer las cosas.” El programa que describe Cochrane modifica el modelo básico de un modo mecánico que lo hace más complejo, pero no necesariamente más realista, al introducir parámetros adicionales que llevan etiquetas como “fricciones” o “costos de transacción” —del mismo modo que el compilador de un videojuego puede introducir un módulo nuevo o un efecto de sonido adicional.

¿Por qué es ésta “justamente la forma correcta de hacer las cosas”? Existen, al menos, dos formas alternativas de proceder.  Uno podría construir una economía análoga distinta. Joe Stiglitz, por ejemplo, favorece un modelo que retiene muchos de los supuestos de Lucas pero que da importancia crítica a las imperfecciones de la información.[7] Después de todo, la equivalencia ricardiana requiere que los hogares posean mucha cantidad de información acerca de sus futuras opciones presupuestarias o que, al menos, se comporten como si la tuvieran. Una modificación más radical podría ser un modelo basado en agentes, por ejemplo, que asume que los hogares responden rutinariamente a los eventos de acuerdo con reglas específicas de comportamiento. Estos modelos pueden también ser “introducidos y corridos en una computadora”. No es obvio al comienzo —ni en retrospectiva generalmente— si los supuestos, o conclusiones, de estos modelos son más, o menos, plausibles que las del tipo de modelo que favorecen Lucas y Cochrane.

Pero otro enfoque descartaría en su conjunto la idea de que el mundo económico puede ser descripto por un modelo de aplicación universal en que todas las relaciones claves estén predeterminadas. La conducta económica está influenciada por la tecnología y la cultura, las cuales evolucionan de maneras que, si bien no son aleatorias, no pueden ser descriptas totalmente, o tal vez,  no pueden ser descriptas con las variables y las ecuaciones que son familiares para los economistas. Los modelos, al ser empleados, deben por lo tanto especificar su contexto, de la manera sugerida en un libro reciente por Roman Frydman y Michael Goldberg.[8]

En ese mundo ecléctico, la equivalencia ricardiana no es más que una hipótesis sugerente. Es posible que algunos de sus efectos existan. Un puede ser escéptico acerca de si son muchos efectos y sospechar su tamaño depende de un rango de factores co-fundantes y contingentes —la naturaleza del estímulo, la situación política completa, la naturaleza de los mercados financieros y de los sistemas de seguridad social. Esto es lo que la generación de economistas que siguieron a Keynes hicieron cuando estimaron la función de consumo —intentaron medir cuánto del estímulo fiscal se gastaba— y el “multiplicador” que de ello resultaba.

Pero hoy en día uno no puede publicar artículos similares en las buenas revistas de economía. Se le dirá que su modelo es teóricamente inadecuado —carente de rigor, sin demostrar consistencia. Sería acusado del pecado cardinal de ser “ad hoc”. Rigor y consistencia son las palabras más poderosas en la ciencia económica actual.

Tienen virtudes innegables, pero para los economistas tienen interpretaciones particulares. La consistencia significa que cualquier proposición acerca del mundo debe ser hecha a la luz de una teoría descriptiva y comprensiva del mundo. El rigor significa que las únicas afirmaciones válidas son las deducciones lógicas a partir de supuestos específicos. La consistencia es, por lo tanto, una invitación a la ideología, y el rigor es una invitación a la matemática. Esta curiosa combinación de ideología y matemática es el fundamento de lo que con frecuencia llamamos “economía de agua dulce” —nombre que refleja la proximidad de Chicago, y otros centros académicos como Minneapolis y Rochester, a los Grandes Lagos.

La consistencia y el rigor son característicos del enfoque deductivo que saca conclusiones de un grupo de axiomas —y cuya relevancia empírica depende por completo de la validez universal de sus axiomas. Las únicas descripciones que llenan por completo los requisitos de consistencia y rigor son los mundos completos artificiales, como los del Grand Theft Auto, que pueden ser “introducidos y corridos” en una computadora.

Para muchos, el razonamiento deductivo es la marca de la ciencia, mientras que la inducción —en la que el argumento es derivado de la materia objeto— es la característica del método de la historia y la crítica literaria. Pero ésta es una distinción artificial y exagerada. “La primera sirena de la belleza”, dice Cochrane, “es la consistencia lógica”. Parece imposible que cualquiera que conozca los grandes logros de la humanidad —en el arte, en las humanidades o en las ciencias— pueda realmente creer que la primera sirena de la belleza es la consistencia. Ésta no es la forma en que Shakespeare, Mozart o Picasso —o Newton o Darwin— enfocaron su tarea.

El asunto aquí no es, por lo tanto, la matemática contra la poesía. El razonamiento deductivo de cualquier tipo necesariamente se basa en la matemática y la lógica formal. El razonamiento inductivo se basa en la experiencia y, sobre todo, en la cuidadosa observación y puede, o no, hacer uso de la estadística y la matemática. La mayor parte del progreso científico ha sido inductivo: se observan las regularidades empíricas antes de tener una comprensión clara de los mecanismos que las generan. Esto es cierto incluso en las ciencias duras como la física, y más cierto aún en las disciplinas aplicadas como la medicina o la ingeniería. Los economistas que afirman que las únicas prescripciones válidas de política económica son las deducciones lógicas de un sistema axiomático completo, siguen las recetas de doctores que, con frecuencia, no saben de esas medicinas mucho más de que aparentemente sirven para tratar esa enfermedad. Esos médicos son “ad hoc” sin vergüenzas; aunque tal vez pragmático es un término mejor. Con ironía exquisita, Lucas está a cargo de la cátedra John Dewey, el teórico del pragmatismo norteamericano.

Tal vez se puede criticar a los ingenieros y a los doctores por dar demasiada ponderación a su propia experiencia y a sus observaciones personales. Con frecuencia son escépticos, no sólo respecto a la teoría, sino también en relación a datos que no hayan relevados ellos mismos. Por el contrario, la mayoría de los economistas modernos no realizan observaciones personales de ningún tipo. El trabajo empírico de la ciencia económica, del que hay bastante, consiste predominantemente en el análisis estadístico de grandes series de datos compilados por otra gente.

Pocos economistas modernos, por ejemplo, monitorearían la conducta de Procter & Gamble, recolectarían datos del mercado del acero, u observarían el comportamiento de los corredores de valores. El economista moderno es un médico clínico sin pacientes, un ingeniero sin proyectos. Y dado que estos economistas no parecen relacionarse con los asuntos que preocupan a las empresas reales y a los hogares reales, los clientes no llegan.

Sin embargo, existen muchos trabajos bien remunerados para los economistas fuera de la academia. Ya no en empresas industriales y comerciales, que mayormente han decidido que los economistas no les sirven. Los economistas empresariales trabajan en instituciones financieras, que principalmente los usan para entretener a sus clientes en el almuerzo o hacer publicidad de sus bancos en entrevistas televisivas. Las consultoras económicas emplean a economistas que escriben panfletos dirigidos a los economistas que trabajan en el gobierno o en agencias regulatorias.

El desprecio mutuo entre el economista y la gente práctica no es el resultado del desinterés de la gente práctica en los asuntos económicos —están obsesionados con ellos. Frustrados, basan sus ideas macroeconómicas en un razonamiento inductivo rudimentario, como en los intentos de encontrar algún patrón elemental en los datos —¿la recesión tendrá la forma de una “V” o de una “L”? El libro Freakonomics,[9] que aplica pensamiento analítico simple a los problemas diarios, ha sido un best-seller por muchos años. Ideas elegantemente etiquetadas que resuenan con la experiencia reciente —como el momento Minsky, el punto crítico [10], el Cisne Negro [11]— son absorbidas entusiastamente por la cultura popular.

Si mucho del trabajo de investigación moderna de la profesión del economista está, por lo tanto, desconectada del mundo diario de las empresas y las finanzas, lo mismo puede decirse de lo que se enseña a los alumnos. La mayoría de los finalizan un curso de grado de economía hoy no está equipada para leer el Financial Times. Pueden importar datos del PBI o del índice de inflación minorista desde un paquete estadístico, y lo habrán hecho ya, pero no tienen idea de dónde provienen esos números. Apenas estarán mejor preparados que la gente de la calle para responder a preguntas como “¿por qué las industrias nacionalizadas en Francia fueron más eficientes que las nacionalizadas en Gran Bretaña?”, “¿por qué un maestro de escuela en Suiza recibe un mejor salario que uno en la India?”, o la vieja pregunta filtro de examen, “¿los asientos de cine en Londres son caros porque los alquileres en Londres son caros o viceversa?”

En una defensa muy comentada de su reciente educación de postgrado, Kartik Athreya explica —aprobándolo— que “la mayor parte de mi trabajo de primer año (del doctorado) consistió en escribir definiciones tediosas de resultados internamente consistentes. No analizarlos, sólo definirlos”.[12] Muchas disciplinas incluyen la tediosa adquisición repetitiva de conocimientos básicos —pensemos en el derecho o la medicina— ¿pero puede ser correcto que la esencia de la capacitación avanzada en economía consista en el chequeo de definiciones de consistencia?

Un informe sobre la enseñanza de la economía de hace dos décadas concluyó que los estudiantes debían aprender a “pensar como economistas”. Pero “pensar como economista” se ha llegado a ser interpretado como la aplicación del razonamiento deductivo sobre la base de un conjunto particular de axiomas. Otro premio Nobel de Chicago, Gary Becker, ofrece la siguiente definición: “la combinación de supuestos de conducta maximizadora, equilibrio de mercado y preferencias estables, utilizados de manera continua y consistente, constituyen el centro del enfoque económico”.[13] El Nobel de Becker le fue otorgado por “haber extendido el dominio del análisis microeconómico a un amplio abanico de conductas económicas”. Pero tal extensión no es un fin en sí misma: su valor sólo puede descansar en nuevos estudios de esas conductas.

“El enfoque económico” descripto por Becker no es, en sí mismo, absurdo. Lo que es absurdo es pretender la exclusividad como él hace: la deducción a priori de un conjunto particular de supuestos simplificadores irreales no es una buena herramienta sino “el centro del enfoque económico”. La exigencia de universalidad va adherida a los requerimientos de consistencia y rigor. Creyendo que la economía es como suponen que es la física —en forma no necesariamente correcta—, los economistas como Becker consideran una teoría científicamente válida como una representación de la verdad —una descripción del mundo que es independiente del tiempo, el lugar, el contexto o el observador.  Eso es lo que Prescott tiene en mente al insistir en el término “economía agregada” en vez de macroeconomía —sólo existe una única economía, explica.

El requisito de universalidad, unido al supuesto de consistencia, lleva a la hipótesis de las expectativas raciones y a un conjunto de argumentos agrupados bajo la rúbrica de “la crítica de Lucas”. Si existiese un modelo universal como ése del mundo económico, los agentes económicos deberían comportarse como si tuvieran conocimiento del mismo o, al menos, como si contasen con todo el conocimiento de aquél que está disponible, sino su conducta maximizadora sería inconsistente con las predicciones del modelo. Éste es un argumento de reductio ad absurdum que demuestra la imposibilidad de cualquier modelo universal —dado que las implicancias de la conclusión de la conducta de todos los días son ridículas, el supuesto de un modelo universal es falso.

Pero ésta no es la forma en que dicho argumento ha sido interpretado. Dado que los seguidores de este enfoque creen fuertemente en la premisa—negar que exista un único modelo pre-especificado que determine la evolución de las series económicas sería, según ellos, negar que pueda existir una ciencia económica— aceptan la conclusión de que las expectativas sean conformadas por un proceso consistente con el conocimiento general de ese modelo. Bajo ningún aspecto es la primera vez que gente cegada por la fe o la ideología han seguido premisas falsas hacia conclusiones absurdas —y, como sus predecesores religiosos y políticos, han llegado a creer que aquéllos que no están de acuerdo lo hacen por “triste ignorancia o desprecio intencional”.

Sin embargo, esto no es ciencia, sino lo opuesto. La ciencia practicada apropiadamente siempre es provisoria y abierta a revisión a la luz de nuevos datos o la experiencia; pero la mayoría de la macroeconomía moderna tortura los datos para demostrar la consistencia de una cosmovisión a priori o elabora la definición de racionalidad para hacerla consistencia con cualquier conducta observada.

Esta falacia es bien descripta por Donald Davidson:

“Tal vez es natural pensar que existe una única forma de describir las cosas que llega a su naturaleza esencial, ‘una interpretación del mundo que es correcta’, y, una descripción de ‘la realidad como es en sí misma’. Por supuesto que no existe una ‘interpretación’ o descripción única, ni siquiera en el o los idiomas que dominemos, ni en ningún lenguaje posible. O tal vez deberíamos sólo decir que ésta es una idea sobre la cual nadie ha pensado lo suficiente.” [14]

Y los economistas no han pensado lo suficiente en esto, aunque han sido persistentes intentándolo.

Los modelos económicos no son más, ni menos, que abstracciones potencialmente iluminadoras. Otro filósofo, Alfred Korzybski, lo pone en términos sintéticos: “el mapa no es el territorio”.[15] La economía no es una técnica en busca de problemas sino un conjunto de problemas en busca de una solución. Estos problemas son variados y las soluciones serán inevitablemente eclécticas.

Esto es cierto especialmente al analizar la crisis del mercado financiero de 2008. La afirmación de Lucas de que “nadie pudo haberla predicho” contiene una verdad importante, aunque parcial. No existe base objetiva para predicciones del tipo “Lehman Brothers será liquidada el 15 de septiembre”, porque si así fuese, la gente actuaría con esa expectativa y, muy probablemente, Lehman sería liquidada inmediatamente. El mundo económico, mucho más que el mundo físico, está influenciado por sus propias creencias acerca de él mismo.

Esta forma de pensar lleva, como explica Lucas, directamente a la hipótesis del mercado eficiente —la información disponible ya está incorporada en el precio de los títulos valores. Y ciertamente hay una cuota sustancial de verdad en esto—las posibilidades de crecimiento de Apple y Google, los problemas de Grecia y la Eurozona, todos están reflejados en los precios de las acciones, los bonos y las divisas. La hipótesis del mercado eficiente es una idea iluminadora, pero no es “la realidad en sí misma”. La información se refleja en los precios, pero no necesariamente de manera correcta o completa. Existe una enorme diferencia entre comprender y creer, y las diferentes percepciones acerca del futuro apenas si son perceptibles.

En su respuesta en The Economist, Lucas reconoce que se han descubierto “excepciones y anomalías” de la hipótesis de mercado eficiente, “pero que a los fines de los análisis y pronósticos macroeconómicos son demasiado pequeñas para importar algo”. ¿Cómo puede alguien prever por adelantado no sólo esta crisis sino también cualquier crisis futura, si las excepciones y las anomalías de la hipótesis de mercado eficiente son “demasiado pequeñas para importar algo”?

Se puede aprender bastante acerca de los desvíos a la hipótesis de la eficiencia de mercado y del rol que éstos jugaron en la reciente crisis financiera, a partir de las descripciones periodísticas realizadas por gente como Michael Lewis [16] y Greg Zuckerman [17] que relatan las acciones de algunos individuo que sí los predijeron. El gran volumen de material de este tipo que ha aparecido sugiere distintos caminos que podemos explorar para comprender. Podríamos desarrollar modelos en los que algunos agentes comerciales tienen incentivos alineados con los de los inversores que los financian y otros no. Podríamos describir cómo los precios son productos del choque entre narraciones que compiten entre sí para explicar el mundo. Podríamos apreciar las reacciones humanas naturales que hacen difícil mantener posiciones cortas [es decir, sin la posesión del activo subyacente] cuando éstas generan pérdidas trimestre tras trimestre.

Este pensamiento pragmático, que emplea numerosas herramientas, es una forma mejor de comprender el fenómeno económico que “la combinación de supuestos de conducta maximizadora, equilibrio de mercado y preferencias estables, utilizados de manera continua y consistente” —y la exclusión de cualquier otro enfoque “ad hoc”. Un análisis más ecléctico requeriría no sólo de una lógica deductiva sino también de la comprensión de la formación de los procesos de creencias, de la antropología, de la psicología y del comportamiento organizacional, y de la meticulosa observación de lo que la gente, las empresas y los gobiernos hacen realmente. No se puede aprender nada acerca de cómo estas cosas influyen en los precios con la premisa de que los desvíos a una teoría específica de la determinación de precios son “demasiado pequeños para importar” porque todo lo que es conocible ya es sabido y, por lo tanto, está “en el precio”. Y ésta es la razón por la cual los estudiantes, de hecho,  no aprenden nada de estas materias, excepto tal vez mediante las lecturas extracurriculares.

Lo que Lucas quiere significar cuando afirma que los desvíos son “demasiado pequeños para importar” es que los intentos de construir modelos generales a partir de los desvíos a la hipótesis del mercado eficiente —especificando reglas mecánicas de transacciones o desarrollando ecuaciones para identificar burbujas en los precios de activos financieros— no han tenido demasiado éxito. Pero esto es equivocar el tiro: el jugador experto de billar realiza un juego casi perfecto [18], pero son las imperfecciones de juego entre los expertos las que determinan el resultado del partido. Hay un cierto sentido—trivial—en el cual los desvíos en los mercados eficientes son demasiado pequeños para importar —y hay otro sentido, más importante, donde los desvíos son lo principal que importa.

La afirmación de que la mayoría de las oportunidades de ganancias en los negocios o en los mercados de títulos valores ya han sido aprovechadas está justificada. Pero es la búsqueda de oportunidades de negocios que no han sido aprovechadas las que llevan adelante los negocios, la creencia de que aún existen oportunidades de ganancias que no han sido arbitradas es la que explica por qué aún se negocian tantos títulos valores. Lejos de ser “demasiado pequeños para importar”, estos desvíos de los supuestos del mercado eficiente, no necesariamente grandes, son la dinámica de la economía capitalista.

Estas anomalías son idiosincrásicas y no pueden, por su propia naturaleza, ser derivadas de deducciones lógicas a partir de un sistema axiomático. La característica distintiva de un Henry Ford, un Steve Jobs, un Warren Buffett o un George Soros es que sus conductas no pueden ser predichas por ningún modelo pre-especificado. Si el comportamiento de estos individuos pudiese ser predicho de esta forma, no hubiesen sido innovadores ni ricos. Por eso las consecuencias no son simplemente “demasiado pequeñas para importar”.

La afirmación prepostera de que los desvíos de la eficiencia del mercado no sólo son irrelevantes en la reciente crisis sino que nunca podrían ser relevantes, es el producto de un medioambiente en el que la deducción ha reemplazado a la inducción y en el que la ideología ha tomado el lugar de la observación. La creencia en que los modelos no sólo son herramientas útiles sino incluso capaces de producir descripciones comprehensivas y universales del mundo, han cegado a sus proponentes ante realidades que les dan en la cara. Esa ceguera fue un elemento de la crisis actual y condiciona nuestras aún ineficaces respuestas. Los economistas—tanto en la función pública como en la academia—estuvieron jugando obsesivamente al Grand Theft Auto mientras que el mundo a su alrededor se desmoronaba.




* John Kay es un economista británico (n. 1948 en Edinburgo, Escocia). Educado en Oxford, donde fue profesor durante 8 años, pasó luego al Instituto de Estudios Fiscales durante similar período. Ingresó posteriormente a la London Business School y fundó la consultora London Economics. Cuando la Universidad de Oxford creó su Escuela de Negocios, fue designado su primer director; pero renunció a los 2 años por diferencias con las autoridades. Desde entonces, además de consultor, dicta conferencias y contribuye regularmente al Financial Times. Su último libro, en el terreno de la divulgación, es Obliquity: Why our goals are best achieved indirectly, donde demuestra por qué las empresas que van detrás de objetivos económicos terminan perdiendo vigor y decayendo, mientras que aquéllas que persiguen la excelencia en lo que hacen, luego consiguen el éxito económico necesario.
[1] Robert Lucas, “In defence of the dismal science”, The Economist, 6 de agosto de 2009.
[2] “Interview with Thomas Sargent”, The Region: Banking and Policy Issues Magazine (The Federal Reserve Bank of Minneapolis), agosto de 2010.
[3] Robert Lucas, “Monetary Neutrality”, Prize Lecture to the Memory of Alfred Nobel, 7 de diciembre de 1995, Nobel Lectures: Economics 1991-1995 (Singapore: Torsten Persson/World Scientific Publishing, 1997).
[4] Nancy Cartwright, Hunting Causes and Using Them: Approaches in Philosophy and Economics (Cambridge: University Press, 2007).
[5] Robert E. Lucas Jr., “On the mechanics of economic development”, Journal of Monetary Economics, vol. 22, issue 1, Julio de 1988, pp. 3-42.
[6] John H. Cochrane, “How did Paul Krugman get it so Wrong?”, Chicago Faculty Research Paper, 16 de septiembre de 2009.
[7] Joseph E. Stiglitz y Andrew Murray Weiss, “Credit Rationing in Markets with Imperfect Information”, American Economic Review, vol. 71, issue 3 (1981), pp. 393-410.
[8] Roman Frydman y Michael D. Goldberg, Imperfect Knowledge Economics: Exchange Rates and Risk (Princeton: University Press, 2007).
[9] Steven D. Levitt y Stephen J. Dubner, Freakonomics: A Rogue Economist Explores the Hidden Side of Everything (Nueva York: Harper Collins, 2005).
[10] Malcolm Gladwell, The Tipping Point: How Little Things Can Make a Big Difference (Nueva York: Little, Brown & Co., 2000).
[11] Nassim Nicholas Taleb, The Black Swan: The Impact of the Highly Improbable (Nueva York: Random House, 2007).
[12] Kartik Athreya, “Economics is Hard: Don’t Let Bloggers Tell You Otherwise”, Research Department, Federal Reserve Bank of Richmond, 17 de junio de 2010.
[13] Gary S. Becker, The Economic Approach to Human Behavior (Chicago: University Press, 1978).
[14] Robert B. Brandom (Ed.), Rorty and His Critics (Malden, MA: Blackwell, 2000).
[15] Alfred Korzybski, A Non-Aristotelian System and its Necessity for Rigour in Mathematics and Physics, Paper presentado ante la American Mathematical Society, en Nueva Orleans, el 28 de diciembre de 1931.
[16] Michael Lewis, The Big Short: Inside the Doomsday Machine (Nueva York: W. W. Norton, 2010).
[17] Gregory Zuckerman, The Greatest Trade Ever: The Behind-the-Scenes Story of How John Paulson Defied Wall Street and Made Financial History (Nueva York: Crown Business, 2009).
[18] El famoso ejemplo utilizado por Milton  Friedman y L. J. Savage, “The Utility Analysis of Choices Involving Risk”, The Journal of Political Economy, vol. LVI, number 4 (Agosto, 1948).

jueves, 6 de septiembre de 2012

Chesterton: Un plan de lecturas



Siempre nos preguntan cómo iniciarse en la lectura de Gilbert Keith Chesterton. Dale Ahlquist, presidente de la Sociedad Chesterton de los Estados Unidos y una de las personas que más conoce de este autor en todo el mundo, confeccionó el siguiente Plan de Lecturas.

Antes que nada, comenzar con un libro introductorio. El autor recomienda los suyos: G. K. Chesterton: El apóstol del sentido común (Madrid: Voz de Papel, 2006) y Common Sense 101: Lessons from G. K. Chesterton (al momento no traducido aún).

Por nuestra parte agregamos que otros libros introductorios recomendables son: Aproximación a Chesterton (de Eduardo B. M. Allegri, Buenos Aires: Educa, 1996 [1]) y G. K. Chesterton: Sabiduría e inocencia (de Joseph Pearce, Madrid: Encuentro, 1998).

Luego sí comenzamos con el Plan:

1) Chesterton elemental:
Lo que está mal en el mundo (Barcelona: Janés, 1952; Madrid: Ciudadela, 2006; Barcelona: Acantilado, 2008)
Father Brown and the Church of Rome, antología o selección de cuentos que en castellano fueron publicados en el tomo II de las Obras Completas (Barcelona: Janés, 1952) e individualmente como
- El candor del Padre Brown (Madrid: Calleja, 1921; Buenos Aires: Losada, 1939; Buenos Aires: Espasa-Calpe, 1952; Barcelona: Plaza, 1956; Barcelona: Planeta, 1967; México: Aguilar, 1976; Barcelona: Bruguera, 1981; Madrid: Anaya, 1984; Mérida de Yucatán: Dante, 1988; México: Red, 1988; Madrid: El Sol, 1991; Bogotá: Norma, 1995; Madrid: Encuentro, 1995; Buenos Aires: Losada, 1996; Madrid México: Océano-Losada, 1999; Madrid: Valdemar, 2000; Barcelona: Abraxas, 2001; Madrid: Alianza, 2002; Madrid: Punto de Lectura, 2006; México: F.C.E., 2009). Edición electrónica gratuita.
- El escándalo del Padre Brown (Barcelona: Tartessos, 1942; Barcelona: Lara, 1945; Barcelona: Plaza, 1957; Barcelona: G.P., 1976; Madrid: Valdemar, 2007).
- La incredulidad del Padre Brown (Madrid: Tartessos, 1942; Barcelona: Lauro, 1946; Barcelona: Círculo de Lectores, 1965; Madrid: Anaya, 1993; Madrid: Unidad, 1998).
- La sabiduría del Padre Brown (Barcelona: Molino, 1963; Buenos Aires: Fausto, 1978; Madrid: Alianza, 1989; Madrid: Anaya, 1991; Madrid: Valdemar, 2001)
- El secreto del Padre Brown (Barcelona: Lauro, 1946; Barcelona: GP, 1968; Madrid: Encuentro, 1997; Madrid: Valdemar, 2004)
- Antologías en castellano es Los mejores casos del Padre Brown (Buenos Aires: A-Z, 1993); Los relatos del Padre Brown (Barcelona: Acantilado, 2008).
Charles Dickens (Buenos Aires: Tor, 1930; Madrid: Svmma, 1943; Barcelona: Janés, 1952; Valencia: Pretextos, 1995)
Herejes (Madrid: 1932; Barcelona: Poblet, 1932; Barcelona: Janés, 1952; Barcelona: Acantilado, 2007; Barcelona: El Cobre, 2007)

2) Chesterton indispensable
Ortodoxia (Madrid: Calleja, 1917; Buenos Aires: Excelsa, 1943; Buenos Aires: Espasa-Calpe, 1945; Barcelona: Janés, 1952; México: Porrúa, 1986; México: F.C.E., 1987; Barcelona: Alta Fulla, 1988; Buenos Aires: Virtual, 2008). Edición electrónica gratuita.
El hombre eterno (Madrid: Poblet, 1930; Santiago de Chile: San Francisco, 1939; Barcelona: Poblet, 1948, Buenos Aires: L.E.A., 1980; México: Porrúa, 1986; Madrid: Cristiandad, 2004).
San Francisco de Asís (Buenos Aires: Santa Catalina, 1936; Buenos Aires: Excelsa, 1943; Barcelona: Juventud, 1945; Barcelona: Janés, 1952; Buenos Aires: Lohlé-Lumen, 1955; Caracas: A. Bello, 1996; Madrid: Encuentro, 1999; Madrid: Homo Legens, 2006).
Santo Tomás de Aquino (Madrid: Espasa-Calpe, 1934; Buenos Aires: Espasa-Calpe, 1943; Barcelona: Janés, 1952; Buenos Aires: Lohlé-Lumen, 1996; Madrid: Homo Legens, 2006).

3) Chesterton fundamental
El hombre que fue jueves (Madrid: Calleja, 1922; Buenos Aires: Losada, 1938; Barcelona: Planeta, 1962; Barcelona: Seix Barral, 1984; México: F.C.E., 1985; Madrid: Alianza, 1987; Madrid: Júcar, 1991; México: Losada, 1998; México: Porrúa, 2000; Madrid: Algete, 2000; Madrid: Valdemar, 2000; Madrid: Alianza, 2001; Barcelona: Mondadori, 2001; Madrid: El País, 2003; Buenos Aires: Losada, 2009; Sevilla: Espuela de Plata, 2010). Edición electrónica gratuita.
La esfera y la cruz (Madrid: Biblioteca Nueva, 1930; Buenos Aires: Espasa-Calpe, 1944; Madrid: Valdemar, 2005)
Enormes minucias (Madrid: Calleja, 1944; Madrid: Espasa-Calpe, 1946; Barcelona: Janés, 1952; Sevilla: Espuela de Plata, 2011).
Illustrated London News Essays (antología de ensayos escritos por Chesterton para el diario Illustrated London News que en inglés ocupan nueve tomos de las Collected Works; en castellano se han reproducido muchos de ellos en numerosísimos libros).

4) Chesterton necesario
El perfil de la cordura (Buenos Aires: Emecé, 1952).
A Miscellany of Men (colección de ensayos publicada en 1912, de los cuales, en castellano, sólo unos pocos han visto la luz).
Hombrevida (Buenos Aires: Espiga de Oro, 1942; Buenos Aires: Huemul, 1980; como Manalive en Madrid: Voz de Papel, 2006).
La balada del caballo blanco (Lanús: Amaru, 2011).


[1] Actualmente se encuentra descatalogado, pero se puede conseguir sin mucha dificultad en librerías de viejo.

Para las referencias sobre las ediciones en castellano hemos utilizado de base el muy completo ensayo de José Antonio Hernández García, “Chesterton en español”.

lunes, 6 de agosto de 2012

Panyqueso


En un día como hoy, 6 de agosto, desde 1479, la villa de Quel (La Rioja, España) realiza la Fiesta del Pan y del Queso. Esta festividad-romería no sólo es una de las fiestas más antiguas registradas en la Península Ibérica, sino tambien que es una de las pocas que puede demostrar su celebración ininterrumpida desde el siglo XV hasta la actualidad.



Fue que en 1479, la villa de Quel y otras localidades vecinas se veían asoladas por una gran peste. El pueblo reunido llega a la conclusión de que no existe otro medio para solucionar el problema que el de acudir a Dios en procesión.

La romería partió de la Iglesia Mayor de Quel hasta la ermita del Santo Cristo de la Transfiguración, a lo largo de cerca de un kilómetro, atravesando en su recorrido todo el pueblo y cruzando el río Cidacos. Los peregrinos llevaban trece candelas, de igual espesor y largo, con el nombre de trece santos, que, al llegar a la ermita, se colocaron sobre un banco y se encendieron para que ardiesen durante toda la Misa. Poco a poco se fueron consumiendo todas las velas y sólo quedaron dos: una con dos dedos de cera, la de Jesucristo, y una atrás, la de la Virgen María.

A partir de ese momento, ya no hubo más muertes por la peste en el pueblo. Como acción de gracias, los queleños prometieron celebrar la procesión y Misa todos los años, en 6 de agosto, organizada por una cofradía compuesta de trece hombres, símbolo de Jesús y los Apóstoles. Los cofrades se comprometían, además, a preparar tortas pan con una fanega de trigo y llevar un queso, los cuales se repartían a los pobres al llegar a destino, hoy se lanzan desde el balcón de la ermita. Luego, todos se reúnen a compartir los panes y el queso, acompañado de los típicos vinos de la región.



Al regreso, la procesión hace un descanso en la plaza de la villa, donde la imagen de la Virgen es puesta mirando hacia el edificio del ayuntamiento. Allí se pone en funcionamiento la llamada "rueda panyquesera" que, una vez se quema, se lleva hasta el altar de la iglesia la imagen de la Virgen de La Antigua, patrona de Quel y de la Cofradía. Hecho esto, los cofrades acompañan al abad hasta su residencia y ponen fin a la celebración. Los gaiteros de Albelda acompañan todo el recorrido con su sonoridad característica.



Los puestos de cofrade se suceden de padres a hijos, y hay todavía quienes descienden directamente de cofrades del siglo XVI. A partir de 2004, rompiendo lamentablemente la tradición, se comenzó a incorporar mujeres. Pero, en todo lo demás, la Cofradía intenta cumplir con todo lo mismo que desde hace cinco siglos.

Y es que, a pesar de los accidentes, los pisotones y los moretones, no hay Distributismo sin ánimo festivo, canciones, comida y un buen vino.



jueves, 26 de julio de 2012

"Necesitamos comunidades"



Manual de Distributismo:
Una economía paralela

Por Peter Chojnowski [1]

Al considerar las implicancias prácticas de las doctrinas económicas del Distributismo, es importante recordar que sus teóricos, Hilaire Belloc, G. K. Chesterton, Arthur Penty y el P. Vincent McNabb, no tenían intención de ofrecer  sólo un modelo macroeconómico nacional. Un modelo macroeconómico así es útil para las decisiones prudenciales del estadista. Ellos, más que eso, esperaban que dicho modelo fuese aprovechado por los estadistas de su tiempo. Es providencial, por lo tanto, que también hayan mencionado las implicancias microeconómicas de su “tercera vía”. Son estas implicancias microeconómicas, aplicadas específicamente a la situación actual de la familia tradicional católica promedio, las que serán el tópico de este artículo.

Es importante comprender que nos enfocamos en los aspectos microeconómicos de la tercera vía y que no preguntarnos cómo podemos aplicar estos principios e ideas a nuestras propias vidas, a nuestras propias situaciones familiares y a las situaciones de nuestras crecientes comunidades católicas tradicionales. La razón de que sea posible es porque “economía” del griego oeconomia, significa “administración del hogar”, es decir, la forma en que ordenamos, sostenemos y estabilizamos nuestras familias y nuestras comunidades. Un verdadero teórico de la economía debería, por lo tanto, tener como fin en primer lugar el establecimiento de un sistema que sostenga las necesidades básicas de las familias y que ofrezca a los hombres un trabajo que sea intrínsecamente satisfaciente, que sea capaz de proveer al sostenimiento de su familia y que esté en total acuerdo con el fin último de la vida humana: el formar parte de la mismísima Vida Divina.

¿Qué permitirá a nuestras familias lograr estos fines del trabajo y el hogar?

Primero, debemos comprometernos a la meta adelantada ya en las enseñanzas del papa León XIII (Rerum Novarum), del papa Pío XI (Quadragesimo Anno) y de los teóricos distributistas: la posesión de propiedad familiar real. Solo mediante la tenencia de propiedad real (esto es, no hipotecada al usurero moderno) es que podemos establecer “reinos” fijos, baluartes de Cristiandad, capaces de sostener por un período indefinido de tiempo familias dedicadas al Reinado Social de Nuestro Señor Jesucristo.

Segundo, debemos organizar el trabajo. Obviamente, para organizar el trabajo debe existir una “fuerza laboral” lo suficientemente grande como para ser organizada. Si queremos verdaderamente poner los fundamentos de un sistema microeconómico, debemos satisfacer el objetivo de todo sistema económico, esto es la satisfacción de las necesidades básicas de las familias. Lo cual sólo puede hacerse si existe un grupo lo suficientemente diverso de hombres y mujeres cuyo talento laboral les permita participar en este ensayo de satisfacción de las necesidades básicas y primarias de una comunidad. A este respecto, enfaticemos que nuestra “economía paralela” (esto es, una economía que satisfaga las mismas necesidades que la economía capitalista dominante, pero que satisfaga estas necesidades de una manera diferente), debe enfocarse en lograr proveer lo que el P. Vincent McNabb llamaba “bienes primarios” (por ejemplo, vivienda, comida, vestimenta y, agrego yo, servicios médicos), en contraposición con los “bienes secundarios”. Los bienes secundarios son aquéllos que son pensados para satisfacer algún deseo o capricho del hombre, pero que no son esenciales de la forma en que lo son los “bienes primarios”. Al satisfacer las necesidades básicas, o, al menos, tantas cuantas sean posibles, nuestra comunidad avanzará hacia el objetivo de la autosuficiencia que es el signo de toda sociedad verdadera.

Tercero, necesitamos tener, como parte de una comunidad coherentemente organizada sobre la base de la Fe verdadera, un compromiso de apoyar, de cualquier manera posible, la organización económica de la comunidad sobre la base de las enseñanzas de la Iglesia. Sin este tipo de compromiso de intenciones, el proyecto fracasará. Lo que se necesita es tanto un compromiso ocupacional de parte de algunos miembros de la comunidad, o comunidades, y un compromiso económico de parte de todos los miembros de la comunidad.

¿Qué tipo de compromiso ocupacional es necesario? Esto significa que un trabajador o profesional renunciará a su conciencia capitalista que le dicta usar sus habilidades, talentos y trabajos para satisfacer sus deseos y caprichos, suyos y de su familia, para usar de ellos tanto para satisfacer las necesidades de su propia familia como para contribuir a la satisfacción de las necesidades de todas las familias de la comunidad.

¿Qué tipo de acuerdo económico es necesario? Sólo la decisión, por parte de todos los miembros de la comunidad, de canalizar sus recursos financieros de tal manera que las propias necesidades de las familias sean satisfechas a través de los esfuerzos de órganos económicos o cuerpos corporativos compuestos por hombres y mujeres de la propia comunidad. Esto no se refiere a contribuciones financieras gratuitas, sino, por el contrario, simplemente a satisfacer las propias necesidades básicas de la familia dentro de las estructuras organizadas por la misma comunidad. Para que esto ocurra realmente, debemos desarrollar un sentido fuerte de “hermandad” basado en la adhesión a la integridad de la Fe verdadera y sobre la base de la virtud teologal de la Caridad fraterna. Nuestro compromiso, como individuos y como comunidad, debe ser asegurar a la totalidad de los grupos de familias, cuanto más grandes mejor, la supervivencia, la prosperidad, la crianza y la educación de sus hijos, y la persistencia en la práctica de la religión verdadera frente a un mundo completamente hostil y un “sistema” anticristiano. Ésta será nuestra oportunidad para desinvertir de un sistema económico comprometido con la destrucción de las grandes familias verdaderamente católicas y para reinvertir en un esfuerzo microeconómico que no sólo sostendrá a la familia católica tradicional en tanto familia católica tradicional, sino también inevitablemente ayudará a sostener capillas y escuelas tradicionales que den vida a las almas y a las mentes de tantos.

A) Guildas

El primer paso en la organización de un sistema microeconómico así es la organización de guildas. Las guildas (gremios y corporaciones) eran los órganos del sistema económico distributista que floreció en los siglos católicos del pasado. En tiempos recientes, el arzobispo Lefebvre y el obispo Fellay han específicamente abogado por la formación de este tipo de organizaciones vocacionales entre los fieles católicos tradicionales.

Por su naturaleza, las guildas demandan una fuerza de trabajo dividida según ciertas especialidades. Para nuestros propósitos, dado que estamos considerando una pequeña fuerza laboral en términos relativos, debemos establecer guildas cada una dedicada a la satisfacción de una de las necesidades básicas mencionadas antes (esto es, comida, vivienda, vestimenta y cuidado médico). Dado que estas guidas serán cuerpos corporativos, uniendo a todos los miembros de un cierto tipo de labor, estos cuerpos necesitarán estar animados de almas espirituales. La primera necesidad de una organización de trabajadores de este tipo es el cuidado moral y espiritual a cargo de un capellán. El rol del capellán será orientar propiamente las mentes de los “hermanos” de modo que puedan tratar entre ellos y con sus clientes, puedan implementar propiamente las enseñanzas de la Iglesia en su propio campo específico de trabajo,  puedan asegurarse que los hombres entiendan siempre su trabajo y su labor como guilda desde una perspectiva de Fe y de la meta última de la vida humana. También, en el espíritu de las guildas medievales, una especial devoción a un santo patrono debería unir la vida católica de cada cuerpo específico; San Rafael para los trabajadores médicos y San José para los obreros de la construcción, se me ocurren. Dando al trabajo un espíritu católico, y trabajando con aquéllos que tienen la misma fe y luchan por lograr la misma vida moral, habrá inevitablemente una gran integración de fe y trabajo, lo cual ayudará a un catolicismo más integral de parte de aquéllos que formen parte de la guilda en cuestión.

Al mismo tiempo que integra fe y trabajo, el sistema de guildas ayudará a lograr un significado económico para la guilda como un cuerpo de trabajadores y profesionales. Por un lado, la guilda en conjunto, por ejemplo la guilda de trabajadores de la construcción, estará en mejor posición para negociar respecto a contratos específicos puesto que tienen un equipo ya armado y con cierta reputación en el área; y, por otro lado, el empleado individual, digamos un radiólogo, como miembro de una guilda de servicios médicos, tendrá un grupo de profesionales de la misma profesión en general apoyándolo. El fin último de estas guildas, por supuesto, será servir como los “órganos” primarios para proveer a las necesidades de bienes básicos para el mantenimiento de la comunidad.

Pero no sólo el trabajo de las guildas estará específicamente dirigido al bien de sus propias comunidades específicas. Los miembros de las comunidades servidas por las guildas deben también obligarse a apoyar a sus hermanos, empleándolos. Las comunidades católicas tradicionales deben comenzar empleando a su propia gente para servir a las necesidades primarias de las familias que las integran. Cuando un hombre católico tradicional está buscando una esposa, él, si es sano, “buscará” en lugares específicos y entre ciertas familias. ¿Por qué no hacer lo mismo cuando buscamos empleado?

B) Guildas y empresas de propiedad familiar

Al organizar el trabajo en la forma de un sistema de guildas, los recursos financieros pueden conseguirse también en forma fácil si se adquieren empresas en operación en el área en que la mayoría de la comunidad vive. Una verdulería, una cooperativa agraria o un comercio de ropa que tienen como fin servir a la comunidad más que hacer ganancia únicamente, deben ser meta de las guildas relevantes. Son estos tipos de negocios, tanto organizados como guilda o como propiedad familiar, los que pueden lograr la exigencia de la Iglesia de un precio justo y alcanzable. Establecer precios alcanzables y proveer salarios justos para los empleados puede ser económicamente realizable si existe una clientela estable o un alto volumen de ventas.

La propiedad comercial también significa algún grado de control político a nivel local. El dinero significa poder; no olvidemos este razonamiento, antes bien, empleemos esta verdad para el bienestar financiero y social de nuestras comunidades.

Por supuesto que, en nuestro tiempo, uno de los campos en los cuales se pueden encontrar muchas prácticas y actitudes moralmente objetables es en el campo médico. Seguramente, con todas las necesidades médicas de las familias numerosas, incluyendo los remedios y los servicios pre- y post-natales, una de las metas de una guilda de servicios médicos debe ser el establecimiento de una clínica médica independiente o la adquisición de una clínica ya en operación. Incluso debería haber una búsqueda concertada para encontrar personal para tal clínica de entre los profesionales médicos católicos tradicionales que quieran mudarse a una de estas comunidades, ya sea en los Estados Unidos o en otros lugares. En un todo de acuerdo con la orientación de esta propuesta “hacia lo básico”, un servicio de nacimientos en casa seguramente beneficiará a aquellas familias numerosas o nuevas que busquen evitar los precios astronómicos, la esterilidad y la atmósfera no familiar del hospital moderno.

C) Hogar familiar

A medida que un número creciente de jóvenes familias se den cuenta que sus hijos necesitan los beneficios de la educación en una escuela católica tradicional, necesariamente considerarán migrar a una comunidad católica tradicional formada alrededor de una institución educacional en operación, normalmente una que pueda ofrecer educación para todas las edades, incluyendo el secundario.

Uno de los esfuerzos concertados que deben hacerse es proveer vivienda a precios razonables para estas familias nuevas y en crecimiento. Una casa a precio razonable sólo es posible cuando hay tierra a precio razonable para construir una casa. Será muy probable que las comunidades que puedan atraer a tales familias nuevas o numerosas estén situadas en áreas rurales o semi rurales. En estas áreas, los terrenos pueden comprarse sin necesidad de tener que recurrir a los “servicios” de la rama local de la usura internacional. Si la propiedad inmueble es la meta, la tierra a precio razonable es una necesidad.

El próximo problema a resolver es la construcción de una casa a precios razonables. Aquí, creo que una guilda de la construcción puede hacer de esto su tarea central y su “apostolado”. ¿Qué mejor modo de animar a las familias jóvenes y en crecimiento a mudarse a comunidades que también provean escuela para sus hijos que haciendo disponible para ellas la vivienda a precios verdaderamente razonables? ¿Qué mejor modo de ofrecer un trabajo estable y continuo en la guilda de la construcción que servir a la demanda que sin duda existirá si se conoce la existencia de esta oferta segura? Nuestro lema aquí debe ser “¡trabajemos en serio!”

Por supuesto que, en estas comunidades individuales, existirá la necesidad de alguien que coordine la oferta y la demanda. Este programa debe incluir necesariamente a la guilda de la construcción. La acumulación de capital por la misma guilda podrá facilitar la compra inicial de terrenos sobre los cuales la guilda construirá sus casas. Casas en general no pensadas para solteros y familias pequeñas, sino para familias numerosas. De nuevo, un volumen incremental hará posible precios razonables. El objetivo, por supuesto, debe ser que el máximo número de familias posible tenga la propiedad de su vivienda libre de toda hipoteca.

D) Programas de aprendices


Una de las metas del sistema de guildas propuesto debe ser la iniciación de un sistema de aprendices. Los aprendices han sido siempre el futuro de cualquier guilda. Y estos programas son la fuente de esperanza para los jóvenes. La esencia del sistema de aprendices es la existencia de un maestro o maestro-artesano y de un discípulo o aprendiz. La relación entre el maestro y el discípulo es el fundamento de todo sistema educativo verdadero de cualquier tipo que sea. Este tipo de relación, sea dentro del ámbito de una guilda particular o, incluso, entre un hijo y su padre en el rol de maestro artesano, remediará muchos de los dilemas que minan las mentes y los corazones de nuestra juventud católica tradicional.

Primero, hará posible una mayor integración psicológica. Al formar lazos fraternales con los hombres que trabajan en la misma profesión y que, también, comparten la misma fe, la Fe verdadera será algo más que una serie de proposiciones aprendidas en la niñez, con poca relevancia para el mundo del trabajo, del dinero y de los amigos. En cambio, sintiéndose parte vital de un cuerpo corporativo de hombres unidos no sólo por un trabajo común sino también por una fe en común, estará en condiciones de entender la Fe como algo para mentes maduras. Además, en este caso, la Fe le dará amigos, mentores, clientes, una ocupación, esperanza para el futuro y pan.

Segundo, el sistema de aprendices ofrecerá algo que desesperadamente necesitan nuestros jóvenes hoy: una más rápida transición de la adolescencia a la adultez. El trabajo serio en un negocio serio no sólo hará al joven más responsable de sí mismo, sino que le hará posible prever el día en que tendrá los medios suficientes para formar su propia familia.

Junto a esta idea de revivir la antigua posición de aprendiz, está otra propuesta que tiene un conjunto similar de metas. Es la relación maestro-aprendiz aplicada a las carreras profesionales “de cuello blanco”. Necesariamente, la mayoría de éstas carreras caerá fuera del sistema de guildas que tiene su fin en proveer lo que llamamos “bienes primarios”; si un joven quiere convertirse en profesor, abogado o contador, por ejemplo. Para estos jóvenes, adelanto la idea de un programa de “hermano mayor” con una red estable de contactos profesionales.

Estos “hermanos mayores”, que son católicos tradicionales que ya trabajan en la profesión a la que el joven está buscando ingresar, actuarán como asesores, confidentes, patrones y proveedores de contactos para el joven profesional mientras éste recorre su camino a lo largo del laberinto educacional y profesional que es parte del inicio en cualquier profesión. De este modo nos aseguraremos que las comunidades de las que hablamos tengan un ensamble completo de profesionales dedicados a su servicio o tendremos jóvenes católicos tradicionales cuidadosamente guiados a las posiciones “correctas”. Debemos cultivar a los mejores y más brillantes de entre los nuestros. ¡Recuerden que los masones tomaron esta idea de nosotros!

E) Trueque y cooperativas de crédito

Uno de los problemas más obvios que encontramos en el jefe de familia en su intento por lograr la propiedad real para su familia es el hecho de que, en la sociedad contemporánea, los salarios no son lo suficientemente altos como para satisfacer la demanda de bienes primarios necesarios para la supervivencia de su propia familia. Nuestro estilo de vida no puede mantenerse sin incurrir en deuda con una u otra institución financiera que, a través de la usura y la explotación de un sistema económico basado en los deseos y los caprichos, ha obtenido el control de la oferta de dinero y de alguna manera recibe “permiso” para crear “dinero” sobre la base de la sola palabra de dicha institución. ¿Cómo podemos evitar que nuestros hermanos incurran en deudas?

Ésta debe ser una de las metas primarias de una economía paralela basada en los principios distributistas de la Rerum Novarum. En cuanto a eso, junto con la guilda de la construcción que ayuda a mantener los precios bajos gracias a una demanda estable y a que su objetivo es el sostenimiento de la familia y no la sola ganancia, existen otras dos formas en que sugiero evitar el endeudamiento de nuestros correligionarios. Ellas son: el uso prudente y restringido del sistema del trueque, y el establecimiento de cooperativas de crédito no usurario.

Por el “sistema de trueque”, simplemente me refiero el cambio de un servicio por otro servicio, más que el intercambio de un servicio por dólares. No sólo el intercambio del trabajo de un hombre por el de otro hombre fortalece los vínculos entre ambos hombres y ambas familias, sino que también permite a la familia conservar el capital monetario que tenga, al mismo tiempo que evita totalmente la necesidad de recurrir a los prestamistas para pagar por un servicio. Más aún, hasta donde sé, un servicio intercambiado por otro servicio (por ejemplo, un trabajo de plomería por huevos y gallinas), no figura como ingreso monetario anual. Es así otra forma de “desinvertir” legalmente en el sistema y reinvertir en hogares cristianos.

La otra forma que propongo para ayudar a los hermanos católicos tradicionales a evitar la esclavitud de la usura y, aún así, obtener fuentes de financiamiento para algunos de los proyectos sugeridos aquí, es establecer cooperativas de crédito no usurario.

¿Cómo puede ser esto posible si los préstamos típicos de las cooperativas de crédito prestan dinero a una tasa de interés a sus miembros aunque sea baja? Aquí debemos tener en mente la condena tradicional de la Iglesia a tomar intereses en todo tipo de préstamos no rentables. Los préstamos para la construcción son, excepto en los casos de especulación, préstamos no rentables. Un préstamo con interés que sirve como dinero de inversión inicial de un proyecto que arroja una ganancia, un censo de medievalistas lo probaría, fue siempre perfectamente aceptable para la Iglesia. El prestamista, en este caso la cooperativa de crédito propuesto, simplemente sirve como un socio en lo que será un emprendimiento conjunto. Al recibir parte de la ganancia de estos emprendimientos conjuntos, la cooperativa de crédito, que debió haberse establecido por la recaudación de capital, estará en condiciones de prestar dinero a aquéllos en la comunidad que construyan casas o provean otras necesidades básicas y primarias. Estos préstamos serán devueltos, a tiempo, sin ninguna carga usuaria adyacente.

F) No tratar a los hermanos como extraños

Las propuestas de arriba están basadas en un hecho frío y duro. Esto es que, en el futuro próximo, en la escena geopolítica y a nivel macroeconómico, no hay esperanza alguna de que las ideas adelantadas por los distributistas en la primera parte del siglo XX se vean implementadas. Sin embargo, dado que son parte de una visión católica integral del recto orden de la sociedad humana y que, de acuerdo con
 Rerum Novarum y Quadragesimo Anno, son parte de la total realización del Reinado Social de Nuestro Señor Jesucristo, debemos intentar implementar estas ideas aunque sea a nivel local y comunitario.

Pero para ello, necesitamos comunidades. Existen comunidades así ya establecidas tanto en los Estados Unidos como en otros lugares, por ejemplo en Tynong (Australia), y otras que aún están en etapa de nacimiento.

Si es que las comunidades de familias, animadas y adheridas a la Tradición, deben sobrevivir e, incluso, prosperar; si es que nuestros jóvenes deben ser alejados de la tentación a cruzarse de lado en sus mentes o en sus corazones, y si es que debemos vivir los principios y las doctrinas a las que adherimos con nuestras mentes en medio de una sociedad hostil, debemos considerar seriamente la pregunta: ¿cómo hacerlo?

La respuesta básica a esta pregunta es no tratar a los hermanos como extraños.


[1] Nacido en New Britain (Connecticut, EE.UU.) en 1965, el Dr. Peter E. Chojnowski es profesor en la Academia de la Inmaculada Concepción en Post Falls (Idaho). Graduado “magna cum laude” en Filosofía, Ciencia Política y Economía en el Colegio Universitario Christendom, tiene una maestría y un doctorado en Filosofía en la Universidad de Fordham. Ha sido profesor en numerosos institutos, academias y universidades de su país y dictado conferencias en Europa y Asia, también es frecuente colaborador de la revista “The Angelus”.

 

domingo, 8 de julio de 2012

jueves, 5 de julio de 2012

Distributismo en castellano: Profundizando un poco




Existen numerosos escritos en internet, en publicaciones y en este mismo sitio que sirven de introducción al tema del Distributismo. Incluso hemos tenido ocasión de leer algunas monografías universitarias, un par de tesinas y hasta una tesis doctoral.

Pero, en general, todos estos escritos en castellano se limitan a presentar una panorámica o una introducción de lo que es el Distributismo. Otras veces, se confunde parcialmente al Distributismo con otras teorías en boga en aquellos tiempos: crédito social, corporativismo o agrarismo. No pocas veces, se piensa el Distributismo como una especie de pensamiento precursor del ecologismo, del socialismo del siglo XXI, de la permacultura, de la responsabilidad social empresaria, etc.

No hay duda de que todas estas teorías, doctrinas, escuelas, modas o como se las quiera llamar, pueden aportar algo (o mucho) al Distributismo, pero no son —propiamente— el Distributismo, puesto que éste es una doctrina económica (pero con consecuencias políticas y sociales) basada en un capital equitativamente distribuido en propiedad entre las familias. Y, por lo tanto, cualquier medida o política que no tienda a esto, no es distributista y, en el mejor de los casos, es un “parche” a un sistema intrínsecamente perverso; “parches” que, en el peor de los casos, refuerzan este mismo sistema o aceleran sus efectos perjudiciales… aún con las mejoras intenciones.

El Distributismo no es, por lo tanto, filantropía, ni “voluntarismo” de la caridad — aunque la gratuidad y la caridad bien entendida están en el corazón de esta doctrina.

No se engaña tampoco el Distributismo con las intenciones de grandes organizaciones sin fines de lucro que necesitan del sistema para financiarse (directa o indirectamente), que ocultan en sí mismas un gigantismo deshumanizante en el trato de sus voluntarios, empleados y beneficiarios, que responden a ideologías y planes de ingeniería social (nuevo nombre para la eugenesia que tanto combatieron los distributistas) — aún cuando pueda adoptar circunstancialmente las formas legales de este tipo o aprovechar las ventajas fiscales o normativas que el sistema concede a estas organizaciones.

Tampoco es el Distributismo un “código de ética” del capitalismo — si bien los distributistas no dejaron nunca de denunciar a los capitalistas que ni siquiera se atienen a las reglas por ellos fijadas (ejemplos son el escándalo Marconi, la oposición a la estatización del transporte público de Londres o las denuncias al sistema financiero actual).

Ni siquiera el Distributismo pretende “suspender” las (supuestas) leyes de la economía como algunas escuelas que dependen de exigir de sus cultores una heroicidad quasi angelical sostenida (algo así sería la denominada “Economía de Comunión”) o que viven de los flujos de dinero que reciben desde fuera de su microcosmos por medio de las donaciones que les hace el mismo sistema (caso del método Yunus de microcréditos) — aunque no teme poner en duda las supuestas “leyes” de esta supuesta “ciencia” que es la Economía, tanto desde dentro con sus técnicas y métodos (Belloc, Schumacher), como desde el simple sentido común (Chesterton).

Menos que menos es el Distributismo el propulsor de soluciones “éticas” individualistas que no van a la raíz estructural de los problemas de la economía actual y sus proyecciones en la sociedad y la política, y que pretenden que —contra toda lógica sana— hacer más de lo mismo, pero con buena intención y cuidando las formas, va a cambiar algo. En este mismo sentido, el Distributismo no pretende un simple “cambio cultural” de las organizaciones o de la economía, ni confía en un “hombre nuevo” que advenirá en un futuro incierto.


Y por todo esto, el Distributismo no es utópico puesto que confía en el hombre común de hoy y, al mismo tiempo, cree en el pecado original y la consecuente tendencia al mal en una naturaleza humana que de por sí es buena y ha sido redimida por Cristo. Y es justamente por el pecado original y sus consecuencias que el Distributismo pretende limitar a aquellos que, aunque digan abogar por la propiedad privada o la propiedad común, quieren —en el fondo— toda la propiedad para sí mismos.

Y es que el Distributismo no es un “ismo” en el sentido que este sufijo confiere a las palabras hoy. No es una técnica diseñada por expertos, ni una ideología pergeñada en la reclusión de una biblioteca, ni un pedante magisterio impartido en las aulas desde un taburete. Menos aún es una escuela de la economía o la sociología.

Es, por el contrario, algo anterior a todo ello, surgido de los mismos hombres antes de que éstos se viesen en el infeliz trance de descubrir que existía una disciplina como la sociología o la economía. Fue durante siglos la marca de la vida del hombre común en la Europa cristiana e, imperfectamente, lo ha sido en las culturas tradicionales de todo el mundo cuando aún no se veían inficionadas de las ideologías ilustradas e ilustrantes. Y aunque el Distributismo no haya nunca madurado del todo, y aunque se encontrase momentáneamente confundido con formas sociales y políticas accidentales, lo propio del mismo, la realidad de la propiedad familiar de los medios de producción como distingo determinante de la vida económica ha sido reconocida por estudiosos de muy distintas ideas.

Es la familia la principal preocupación del Distributismo y es, por lo tanto, su clave de interpretación. Al distributista no le preocupa el Estado porque amenace la libertad individual, sino porque pretende arrogarse el papel que sólo corresponde a los padres de familia. Al distributista no le preocupa el monopolio porque amenace la libertad de mercado, sino porque termina sacando a los padres del hogar esclavizándolos en una línea de producción alienante e internando a los hijos en escuelas donde son un número más que debe cumplir con ciertos estándares promedios igualmente deshumanizantes.

Para el distributista, por lo tanto, la libertad y la vida de la familia —y, por consecuente, de las sociedades y la comunidad política, en cuanto son conjuntos orgánicos de familias— están atadas a la propiedad de la vivienda familiar y de los medios de producción de autosubsistencia (tierra laborable y/o taller artesanal). Autosubsistencia que tampoco es una especie de aislamiento familiar, sino que se trata de una familia implantada en el seno de una comunidad local —llámese aldea, pueblo, comarca, comuna, en cualquier caso una ciudad que pueda caminarse de punta a punta en el día, como decía Aristóteles— único lugar donde es posible una democracia real, una representación no atada al “sistema de partidos” (o partidocracia) que ya hace un siglo denunciaba Belloc.


De todo lo dicho, podría parecer que el Distributismo es una doctrina católica en cuanto emergente de su Credo y de su teología. Más en concreto, tanto desde dentro como desde fuera, se la hace derivar de la encíclica Rerum Novarum de León XIII, es decir una “alternativa más” de aplicación concreta de la Doctrina Social de la Iglesia.

Sobre este asunto podríamos aplicar análogamente lo que el cardenal Newman decía sobre la imposibilidad de una literatura cristiana en cuanto tal. O, mejor, lo que Graham Greene aclaraba: “no soy un escritor católico, sino un escritor en el que se da el caso de ser católico”. Queremos decir que el Distributismo no es una excusa apologética puesto que no pretende por sí mismo convertir a nadie, ni hay que ser católico (cristiano o simplemente “creyente”) para adoptarlo como ciertos experimentos voluntaristas de que hablamos más arriba. Se puede ser judío, musulmán, budista o ateo y distributista, aunque —creemos— no se puede ser verdaderamente católico (en todos los sentidos del catolicismo) sin ser distributista — puesto que el Distributismo, sin pretender ser el paraíso en la tierra, es el que mejor se adapta al orden natural y cristiano de la sociedad y la economía.

Nadie duda, por supuesto, de la influencia que la Rerum Novarum pudo haber tenido directa e indirectamente sobre el Distributismo, aunque mejor sería hablar de una feliz coincidencia. Puesto que, como ya hemos dicho anteriormente, excepción hecha de Hilaire Belloc, los demás distributistas no eran católicos en sus comienzos, sino socialistas y liberales disidentes — más cercanos a Morris o a Cobbett, a los utopistas o a los socialistas cristianos (anglicanos). Y, a diferencia de lo que es el método común entre los social-católicos del siglo XX (no era así en Le Play, de Mun, La Tour du Pin, Vogelsang, von Ketteler, etc.), las citas de autoridad pontificia brillan por su ausencia en toda la obra distributista, prefiriéndose el sentido común, la deducción lógica o las citas literarias.

Se apoyó, además, al menos en sus comienzos, también en una importante tradición agrarista o ruralista; larga tradición, amenazada por la Revolución Industrial, en la que también se vieron enlazados movimientos socio-religiosos ingleses como los cuáqueros o clases sociales en decadencia como la “gentry”, lo que se refleja en forma crítica en casi toda la literatura victoriana.

Podría parecer, entonces, que la Revolución Industrial es para el Distributismo, a la manera de Marx, el acontecimiento más importante de la modernidad. Ciertamente que los distributistas denunciaron el carácter catastrófico de los cambios económicos, geográficos y sociales provocados por el industrialismo, expulsando a millones de minifundistas rurales hacia los centros urbanos, para trabajar en condiciones de semi esclavitud para empresas cada vez más grandes.

Pero ni Belloc ni Chesterton se engañaron y explicaron bien que el principio de los males ingleses se encontraba remotamente en la Reforma de Enrique VIII e Isabel I (“la revolución de los ricos contra los pobres”), y en forma más próxima en la llamada “Revolución Gloriosa” de 1688, donde “el rey ya no es el que cuenta. Príncipes mercaderes han reemplazado a todos los príncipes; Inglaterra se ha entregado al comercio y al desarrollo capitalista… [Con su] secuela moderna de monopolios metropolitanos, su control financiero complejo y prácticamente secreto, su marcha de maquinarias y su destrucción de la propiedad privada y de la libertad personal.” (Chesterton)

Donde la creación del Banco (Central) de Inglaterra de la mano de los más grandes financistas británicos y holandeses, es “luego de la Reforma y la destrucción de la monarquía, el evento más importante en la historia inglesa moderna” (Belloc).


Llegados a este punto podría ser que el Distributismo se limite a una crítica histórica que no tiene nada que aportar al mundo surgido de la Revolución Industrial. Tampoco el Distributismo es un aporte teórico-periódistico. Nada más lejos de ello. La prédica distributista se ha plasmado en experiencias prácticas muy distintas y originales, que van desde una “guilda” de artistas en la pequeña aldea de Ditchling en Sussex, hasta la instrumentalización de la participación accionaria de los empleados en las empresas, pasando por la adquisición de tierras laborables para revender al costo y en cómodas cuotas a obreros industriales que buscaban “volver a la tierra”, o la elaboración de una propuesta concreta y pormenorizada para la organización corporativa de los pequeños propietarios de ómnibus de Londres ante la amenaza (finalmente realizada) de la nacionalización del transporte de la capital británica.

Pero, claro, el Distributismo se ha visto siempre desdeñado, incluso por muchos supuestos chestertonianos que lo consideran una excentricidad o hobby de Gilbert Keith, cuando en realidad fue su principal preocupación y para cuya financiación fue que escribió novelas policiales o ensayos de crítica literaria. Y siendo esto así, lo que podemos apreciar como principal éxito distributista fue su capacidad de anticipación en muchas materias.

Décadas antes de Burnham, ya los distributistas habían advertido sobre la autonomía burocrática de los gerentes, funcionarios y tecnócratas que terminan tomando el control de sus empresas y convirtiendo a los accionistas en sólo una fuente más de financiamiento. No casualmente fueron los fabianos, con su prédica en pos de la profesionalización de las funciones directivas en la actividad privada y pública que finalmente confluirían en un Estado tecnocrático como paso previo a la etapa comunista profetizada por Marx.

También desde el Distributismo se denunció el consumismo —o el “comercialismo”, como lo llamó Chesterton— décadas antes de que existieran las complejas técnicas de comercialización y publicidad que hoy son moneda común y sus críticos “anti-mercado” à la “No logo”.

Entonces, se preguntará legítimamente, ¿por qué el Distributismo no se ha dado?

Es una pregunta de difícil respuesta. Cabe decir que la polarización producida tras la Segunda Guerra Mundial y durante la Guerra Fría no ayudó al surgimiento de verdaderas terceras posiciones —el “capitalismo de Estado” promovido por algunos gobiernos del Tercer Mundo en aquellos años no fue verdadera alternativa sino más de lo mismo, un camino a medio camino entre el capitalismo liberal y el comunismo soviético, pero esencialmente concentracionista—.

Pero, por otro lado, es innegable que muchas de las ideas surgidas originalmente en torno al Distributismo terminaron siendo adoptadas por programas políticos muy diferentes. La línea interna de Sir Henry Slesser, dentro del Partido Laborista británico, sostuvo en un comienzo los principios distributistas; pero la crisis de 1930, forzó al gobierno y a la oposición a ocuparse de soluciones de urgencia y relegar cualquier cambio estructural para tiempos más tranquilos… que nunca llegan. Lo mismo pasó con el programa adoptado por el Partido Laborista Democrático de Australia en 1955 y que tuvo buenos resultados electorales por lo menos hasta fines de los ’60 cuando el partido empezó a disolverse por influencia de otras ideologías. En esa misma época, el escocés Jo Grimond adoptó planes distributistas con los que pudo resucitar al Partido Liberal y convertirlo en tercera fuerza a nivel nacional —aunque también en los ’70, sin embargo, este partido “sufrió” la modernizacion de su programa político—. Tiempo después, la política de Thatcher para permitir que los inquilinos de casas estatales pudiesen adquirirlas en propiedad fue de directa inspiración distributista. También en Canadá, India, Ceilán (Sri Lanka) y Nueva Zelanda se encuentran muchas influencias del Distributismo en los proyectos y planes de gobiernos y oposición.

Podría parecer ésta una historia de fracasos o éxitos parciales a manos de políticos que no necesariamente compartían la cosmovisión de Chesterton y Belloc. Sin embargo, creemos que hoy, tras la caída del Bloque Soviético y las sucesivas crisis del capitalismo desatado, es tiempo de sumar nuestras voces a las críticas que se hacen a la ciencia económica —al menos en sus síntesis neoclásica y neokeynesiana—; críticas que se hacen no sólo desde afuera, desde supuestos movimientos anti-sistema o anti-globalización, sino también desde otras ciencias (la estadística matemática principalmente) y desde la misma ciencia —cuando está en duda no sólo la raíz epistemológica de la Economía, sino también el mismo lenguaje monetario-contable que es su materia prima—. Es éste, decimos, el momento de volver a poner sobre la mesa las geniales intuiciones y las lógicas deducciones que, hace más de 70 años, un grupo de pensadores, con mucho sentido común y amor por el hombre concreto, hicieron en materia económica, social y política, para ayudar a que éstas vuelvan a estar dentro de un “marco de cordura”.



miércoles, 6 de junio de 2012

Feria de productos naturales en Buenos Aires



En un entorno entrañable donde aún se puede apreciar un paisaje que hasta hace 15 ó 20 años era común en la ciudad de Buenos Aires, allí donde termina el barrio de San Telmo y comienza Barracas, a metros del Parque Lezama y el Museo Histórico Nacional, tuvo lugar el pasado fin de semana la 2ª Edición de “Buenos Aires Market” — una feria de “productos orgánicos y alimentos saludables”, organizada por la revista gourmet Joy y el Gobierno de la Ciudad.

Estuvimos de visita el sábado por la mañana, curiosos pero con algunos prejuicios, nos llevamos una grata sorpresa. Pasa que los Distributistas tenemos un doble sentimiento hacia todo este movimiento moderno, llámese “slow food” (por oposición al “fast food” de las cadenas estadounidenses), permacultura (cuyos conceptos principales como el de transición o el de localismo han sido “prestados” por el Distributismo), alimentación orgánica (“tendencia” que involucra aristas muy diversas, algunas de ellas radicalmente anti-distributistas), etc. Es que muchas veces, estos movimientos tienen características de meras modas superficiales que nos dejan la conciencia tranquila a nivel “micro”, mientras los grandes procesos anti-distributistas, a nivel “macro”, siguen su rauda marcha hacia la concentración económica y la destrucción de la pequeña propiedad familiar o comunitaria.

Pero siendo que, al menos en la Argentina, la producción orgánica es aún a una escala muy pequeña, se trata, por lo general, de emprendimientos familiares o cooperativos. Por otro lado, notamos un sano interés en los concurrentes por una alimentación rica y sana, y no tanto por las clases de yoga, naturismo, vegetarianismo, etc., etc., que irremediablemente acompañan este tipo de muestras. Calculamos, a ojo, que menos del 5% de los visitantes se prestaron a estas cosas. Incluso entre quienes vimos preguntando en los stands referidos a lo vegetariano, por ejemplo, muchos eran personas que por razones médicas tienen ciertas comidas restringidas.

También da gusto ver producciones originarias del Interior argentino que nunca tienen lugar en las góndolas de los supermercados, como ciertas variedades de papas, tomates, porotos, cebollas, frutas… tan lejos de las variedades industriales, modificadas genéticamente, donde el sabor brilla por su ausencia.

Cuando las quintas productoras han desparecido de casi toda la Argentina (incluso en los pueblos del Interior es difícil conseguir productos alimenticios producidos localmente), lo cierto es que comer un pollo comprado allí es una experiencia única — nada más opuesto a los pollos de supermercado inflados a fuerza de hormonas y alimentos “balanceados”.

De acuerdo con los organizadores la próxima edición tendrá lugar durante el fin de semana largo del 7 al 9 de julio. Puesto que las producciones son limitadas y las mercaderías no tienen conservantes, recomendamos ir el primer día por la mañana para tener mayores alternativas de productos frescos.

Aprovechemos ahora, antes que se industrialice. Y, aunque podamos poner muchos reparos, no nos quedemos sin la posibilidad de conseguir productos saludables, locales y “a escala humana”.

Omnia autem probate,
quod bonum est tenete.

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