Foto: Ditchling en la década de 1920
Mostrando las entradas con la etiqueta Capitalismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Capitalismo. Mostrar todas las entradas

lunes, 6 de marzo de 2017

La mirada de un ovejero inglés a la Norteamérica rural




James Rebanks*
Páginas de Opinión, The New York Times, 1º de marzo de 2017.

Matterdale (Inglaterra) – Soy un pequeño granjero tradicional en el norte de Inglaterra. Crío ovejas en una región montañosa, en las colinas Fells del Distrito de los Lagos. Es un sistema agropecuario que data de al menos 4500 años. Una supervivencia subrayable. Mi majada pace en una montaña junto a otras diez majadas, mediante un antiguo sistema comunal de pastos que de alguna manera ha sobrevivido los últimos dos siglos de cambios. Wordsworth lo llamó la “república perfecta de pastores”.

No es el agronegocio moderno y eficiente. Mi granja lucha por hacer el suficiente dinero para mi familia pueda vivir de ello, incluso con 900 ovejas. El precio de mis corderos está gobernado por la oferta de corderos importados desde la otra punta del mundo. Por lo que tengo un pie en algo antiguo y otro en la economía global del siglo XXI.

Menos de 3% de la gente en las economías industriales modernas son granjeros. Pero alrededor del mundo, no estoy solo: las Naciones Unidas estiman que hay más de dos mil millones de granjeros, la mayoría de ellos pequeños productores; esto es aproximadamente una de cada tres personas en el planeta.

La falta de rentabilidad de mi granja tal vez no debería preocupar a nadie más. Soy adulto y he elegido este tipo de vida. Lo elijo porque todos mis antepasados lo hicieron y porque lo amo, aunque a los demás les pueda parecer condenado.

La granja es donde yo vivo y no existe de hecho ninguna otra forma de operar mi tierra, razón por la cual no ha cambiado mucho en el último milenio o quizá más. En verdad, podría aceptar los cambios alrededor filosóficamente, incluyendo la desaparición de granjas como la mía, si los resultados fuesen un mundo y una sociedad mejores. Pero el mundo que veo evolucionar frente a mis ojos no es mejor, es peor. Mucho peor.

En la semana anterior a que en los Estados Unidos fuese electo Donald J. Trump a la presidencia, viajé por Kentucky, a través de interminables millas de granjas y pueblos pequeños. Fue mi primera visita a los Estados Unidos, para presentar mi libro. Me chocaron las señales de decadencia que vi de la Norteamérica rural.

Vi desordenadas casas de madera pudriéndose junto al camino y cercas blancas arrancadas por los vientos. Pasé por comercios clausurados en los centros de los pequeños pueblos, graneros derribados y granjas abandonadas. Las carteleras de las iglesias estaban llenas de ofrecimientos de ayuda para drogadictos y alcohólicos. Y sí, frecuentemente pasaba junto a automóviles con calcomanías de Trump en sus paragolpes y casas con banderas de apoyo a Trump en sus jardines.

La angustia económica y el apoyo a Trump no están desconectados, por supuesto. Áreas significativas de la Norteamérica rural están quebradas, en estado económico terminal, a medida que la producción de alimentos se traslada a algún otro lugar donde supuestamente se hace de manera más eficiente. En muchas áreas, nada reemplazó a las viejas industrias. Éste es un ciclo de degeneración que pone a millones de personas del lado equivocado de la historia económica.

Los economistas dicen que cuando el mundo cambia la gente se adaptará, se mudará y cambiará para encajar en este mundo nuevo. Pero por supuesto, los seres humanos reales con frecuencia no hacen eso. Se aferran a los lugares que aman y su identidad permanece atada a las cosas viejas e ineficientes que solían hacer, como ser obreros metalúrgicos o granjeros. A menudo, sus experiencias no son transferibles de ninguna forma y no tienen ningún interés en las nuevas oportunidades. Entonces esta gente queda atrás.

Me pregunto a mí mismo qué haría si no produjese ovejas o si no pudiese seguir criando ovejas. No tengo idea.

Tal vez no debería meterme en cómo los norteamericanos conducen sus negocios y lo que piensan sobre la economía. Sin duda debería volver a mi casa en las montañas aquí en Cumbria y cerrar la boca. Pero durante mi vida entera, mi propio país ha aceptado sin chistar el modelo norteamericano agropecuario y de comercialización de alimentos, mayormente pensando que era el camino del progreso y del curso natural del desarrollo económico. Como resultado, el futuro norteamericano es, por defecto, el nuestro.

Es un futuro en el cual la producción agropecuaria y de comida ha cambiado y está cambiando radicalmente—según creo, para peor. Por lo tanto veo el futuro con una mirada escéptica. Todos nos hemos convertido en tan consumidores de baratijas que damos por sentado los bajos precios de la comida y, de alguna manera, no podemos ver la conexión entre estos precios de baratija que pagamos con la incapacidad de nuestros hijos para conseguir un trabajo con sentido a un salario decente.

Nuestra demanda de comida barata está matando el “sueño americano” de millones de personas. Entre sus efectos colaterales, está creando terribles problemas de salud como la obesidad y las infecciones resistentes a los antibióticos, y está destruyendo los hábitats de los cuales depende la vida salvaje. También concentra vastas riquezas y poder en cada vez menos manos.

Tras mi viaje a la Norteamérica rural, regresé a mis ovejas y a mi vida extrañamente arcaica. Estoy rodeado de belleza, de una comunidad y de una manera vieja de hacer las cosas que ha funcionado bastante bien durante muchísimo tiempo. He regresado a casa convencido de que es tiempo de pensar con cuidado, tanto dentro como fuera de los EE.UU., acerca de la comida y la producción agropecuaria, y sobre qué clase de sistema deseamos.

El futuro que nos han vendido no funciona. Aplicar los principios de la fábrica al mundo natural no funciona. Una granja es más que una empresa. La comida es más que un commodity. La tierra es más que un recurso mineral.

A pesar del creciente tamaño del problema, ningún político importante durante décadas se ha ocupado con seriedad del problema rural o de la alimentación. Con la campaña presidencial terminada y con una presidente en la Casa Blanca a quien los kentuckianos rurales ayudaron a elegir, el nuevo establishment político debería comenzar a pensar en esto cuidadosamente.

De repente, la Norteamérica rural importa. Importa para todo el mundo.

Edificio abandonado en Owsley County, Kentucky. [Mario Tama/Getty Images]


*James Rebanks es el autor del libro de memorias “The Shepherd’s Life: Modern Dispatches From an Ancient Landscape”.
[https://www.nytimes.com/2017/03/01/opinion/an-english-sheep-farmers-view-of-rural-america.html?_r=0]

viernes, 6 de junio de 2014

Los juegos del hambre y la creación del capitalismo


Lo que dice este artículo a modo de reseña de un nuevo libro es importantísimo. No miren quién lo dice (es una web marxista), sino lo qué dice. Desde un punto de vista diametralmente opuesto, autores liberales dicen exactamente lo mismo (claro que justificando todo esto). Y, curiosidades de la vida, también autores más progres, como los autores de "Why nations fail" (D. Acemoglu & J. A. Robinson), que llegan a dedicar capítulos enteros a cómo el capitalismo naciente expulsó violentamente al campesinado y la población rural para volcarlos al mercado del salariado como mano de obra barata y hacinarlos en las ciudades en pocilgas inhumanas.

La Invención del Capitalismo: De cómo un campesinado autosuficiente fue arrastrado hacia la esclavitud asalariada industrial


“…todos excepto los idiotas saben que las clases bajas deben ser mantenidas en la miseria o nunca serán industriosas.”
—Arthur Young; 1771

El conocimiento económico vulgar dice que el capitalismo es sinónimo de libertad y sociedad libre, ¿correcto? Bueno, si alguna vez sospechó que la lógica de esto no cierra, entonces le recomiendo que revise un libro intitulado La Invención del Capitalismo (The Invention of Capitalism), escrito por un economista e historiador llamado Michael Perelman, que se encuentra exiliado en Chico State, una pequeña universidad rural en California, debido a su falta de cariño hacia el mercado libre. Y Perelman ha dedicado su tiempo en el exilio para un muy buen uso, excavando en la obra y la correspondencia de Adam Smith y sus contemporáneos para escribir una historia de la creación del capitalismo que va más allá de los cuentos de hadas superficiales sobre La Riqueza de las Naciones y se dirige a las fuentes, permitiéndole leer a los primitivos capitalistas, economistas, filósofos, clérigos y estadistas en sus propias palabras. Y no son lindas…

Algo que los registros históricos dejan perfectamente en claro es que Adam Smith y sus amigos del laissez-faire eran un grupo de cripto-estatistas, que necesitaban de políticas brutales del gobierno para convertir al orgulloso campesinado inglés en una dócil fuerza de trabajo capitalista que aceptara la esclavitud asalariada.
Francis Hutcheson, de quien Adam Smith aprendió todo sobre las virtudes de la libertad natural, escribió:

“Es la principalísima intención de las leyes civiles endurecer, mediante políticas penales, las leyes de la naturaleza. … El populacho necesita ser instruido, y forzado por la ley, acerca de los mejores métodos para manejar sus asuntos y ejercitar las artes mecánicas.”

Sí, a pesar de lo que le hayan enseñado, la transición hacia la sociedad capitalista no se dio natural o tranquilamente. Verá, el campesinado inglés no estaba dispuesto a renunciar a su modo de vida rural y comunal, dejar sus tierras e ir a trabajar por salarios por debajo del nivel de subsistencia en fábricas sucias y peligrosas, levantadas por una nueva clase de ricos capitalistas terratenientes. Y tenían sus buenas razones.
Según las estimaciones del propio Adam Smith acerca de los salarios industriales de su tiempo en Escocia, un obrero debía trabajar más de tres días enteros para poder comprar un par de zapatos hechos industrialmente. Cuando podrían haber hecho sus propios zapatones tradicionales con el cuero de sus propios animales en cuestión de horas y pasar el resto del tiempo tomando cerveza. No había mucho que decidir, ¿no?

Pero para que el capitalismo funcionara, los capitalistas necesitaban de un depósito de trabajo barato y productivo. ¿Qué hacer entonces? ¡Llamar a las fuerzas del orden!

Enfrentados a un campesinado que no estaba dispuesto a desempeñar el papel de esclavo, filósofos, economistas, políticos, moralistas y grandes empresarios comenzaron a exigir la intervención del Estado. Con el tiempo, lograron que se sancionara una serie de leyes y normas designadas para empujar a los campesinos fuera de lo viejo y soltarlos en lo nuevo, destruyendo sus formas tradicionales de vida autosuficiente.

“Los actos brutales realizados con el fin de despojar a la mayoría de la población de sus medios de autosuficiencia parecen completamente ajenos a la reputación de laissez-faire de la economía política clásica”, escribe Perelman. “En realidad, el despojo de la mayoría de productores a pequeña escala y la construcción del liberalismo están íntimamente conectados; tanto que Marx, o al menos sus divulgadores, llamaron a esta expropiación de las masas ‘acumulación primitiva’.”

Perelman subraya las muy distintas políticas por medio de las cuales los campesinos eran forzados a abandonar la tierra —desde la imposición de las llamadas Leyes del Venado que prohibían a los campesinos cazar, hasta la destrucción de la productividad campesina al subdividir las tierras comunales en terrenos mínimos— pero por lejos las partes más interesantes del libro son cuando podemos leer a los colegas protocapitalistas de Adam Smith quejarse de la independencia y confort de los campesinos no permitiendo su apropiada explotación, y las formas en que se las ingeniaron para forzarlos a aceptar una forma de esclavitud asalariada.

Este panfleto, por ejemplo, captura la actitud general del grupo hacia los campesinos autosuficientes y exitosos:

“La posesión de una vaca o dos, con un cerdo y unos pocos gansos, naturalmente agradan al campesino. … Paseando su ganado, éste adquiere el hábito de la indolencia. Un cuarto, medio y, ocasionalmente, todo un día se pierden imperceptiblemente. El día laboral se hace desagradable; su aversión se incrementa con la indulgencia. Al final, la venta de un ternero o de un cerdo, logran los medios para agregar la falta de moderación a la vagancia.”

Otro panfleto agregaba:

“No puedo concebir una mayor maldición para el pueblo que ser arrojado a un terreno, donde la producción de comida y otros medios de subsistencia son, en gran medida, espontáneos, y donde el clima requiera o admita pocos cuidados en la ropa y la vivienda.”

John Bellers, un “filántropo” cuáquero y pensador económico, vio en los campesinos independientes el gran impedimento para el plan de forzar a las gentes a meterse en fábricas-prisiones en las que vivirían, trabajarían y arrojarían ganancias del 45% a sus dueños aristocráticos:

“Los bosques y las tierras de labranza comunales hacen de los pobres que están en ellos algo así como los indios, siendo un impedimento para la industria y la cría de la vagancia y la insolencia.”

Daniel Defoe, el novelista y comerciante, notaba que en la Tierras Altas escocesas “la gente tiene demasiadas provisiones. … El venado abunda y en todas las estaciones jóvenes y adultos los matan con sus armas donde los encuentran.”

Para el botánico Thomas Pennant, esta autosuficiencia estaba arruinando a la población productiva:

“Los modos de los highlanders nativos pueden resumirse en estas palabras: indolentes en un alto grado, a menos de que sean convocados a la guerra o animados por las fiestas.”

Si tener el estómago lleno y la propiedad de tierras productivas era el problema, entonces la solución pasaba por expoliar a estas muchedumbres vagas e informes, dejándolos sin tierras y haciéndolos pasar hambre.

Arthur Young, un escritor popular y pensador económico respetado por John Stuart Mill, escribió en 1771, “…todos excepto los idiotas saben que las clases bajas deben ser mantenidas en la miseria o nunca serán industriosas.”

Sir William Temple, politico y patron de Jonathan Swift, estaba de acuerdo y sugería la creación de altos impuestos a la comida que impidieran una vida de “desidia y disipación” en las clases obreras.

Temple también recomendaba que ya desde los cuatro años los niños trabajasen en las fábricas, agregando “gracias a esto esperamos la crianza de una generación que estará tan acostumbrada al empleo constante que se les hará agradable y entretenido trabajar”. 

Pero algunos pensaban que un niño de cuatro ya era demasiado viejo. Según Perelman, “John Locke, con frecuencia recordado como un filósofo de la libertad, exigía comenzar la vida laboral a la edad de tres”. El trabajo infantil también entusiasmaba a Defoe, quien se regodeaba pensando que “los niños de cuatro o cinco años… pudiesen también ganar su propio sustento”. Pero nos estamos yendo de tema…



También David Hume, el gran humanista, creía que la pobreza y el hambre eran experiencias positivas para las clases bajas y culpaba a la “pobreza” de Francia de ser el fruto de su clima templado y suele fértil:

“Puesto que siempre se observa que, en años de escasez, aunque ésta no sea extrema, los pobres trabajan más y, en realidad, viven así mejor.”

El reverendo Joseph Townsend creía que restringir el acceso a la comida era una buena medida:

“La represión legal directa de los vagos… require demasidos problemas, violencia y ruido, … mientras que el hambre no sólo es una forma de presión pacífica, silenciosa y persistente, sino también la forma más natural para motivar la industriosidad, provocando el más poderoso esfuerzo. … El hambre, que forja los animales más fieros, les enseñará decencia y civilidad, obediencia y subyugación, a los hombres más brutales, obstinados y perversos.”

Patrick Colquhoun, un comerciante que fundó la primera “policía preventiva” para evitar que los obreros portuarios hurtaran mercaderías y se contentaran con sus míseros salarios, nos da la explicación quizá más lúcida acerca de cómo el hambre y la pobreza se correlacionan con la productividad y la creación de riqueza:

“La pobreza es el estado y la condición de la sociedad en que el individuo no puede acumular trabajo o, en otras palabras, no tiene propiedad o medios de subsistencia sino los que se derivan del ejercicio constante en la vida de la industria en sus ocupaciones diversas. Por lo tanto, la pobreza es el ingrediente más extremadamente necesario o indispensable de la sociedad, sin el cual las naciones y comunidades no podrían existir civilizadamente. Es la herencia del hombre. Es la fuente de la riqueza, dado que sin pobreza no podría haber trabajo; no habría lujos ni refinamientos ni confort ni posesiones para quienes gozasen de la riqueza.”

El resumen de Colquhoun es tan explícito que merece ser repetido. Puesto que lo que fue cierto para los campesinos ingleses tal vez es cierto también para nosotros:

“La pobreza es el ingrediente más extremadamente necesario o indispensable de la sociedad …  Es la fuente de la riqueza, dado que sin pobreza no podría haber trabajo; no habría lujos ni refinamientos ni confort ni posesiones para quienes gozasen de la riqueza.”

+++

*Yasha Levine es el editor fundador de The eXiled.




jueves, 25 de octubre de 2012

El viejo “distributismo” cobra nuevo impulso




Por David Gibson, Religion News Service, The Washington Post, 17 de octubre de 2012.

(Nueva York) ¿Puede un teólogo anglicano de Gran Bretaña revivir una teoría de justicia social católica de hace 80 años y dar solución a los problemas económicos y a la polarización política de los Estados Unidos?

Phillip Blond [foto], filósofo y pensador político, piensa que sí, y está empeñando en ello todo lo que tiene.

Blond, que ha sido asesor del primer ministro británico David Cameron, acaba de finalizar una gira de dos semanas por los Estados Unidos para publicitar su versión renovada del “distributismo”, una teoría que argumenta que el capitalismo y el gobierno están fuera de control.

En ese sentido, para los que así piensan, tanto los indignados de Wall Street como el Tea Party están en lo cierto.

“Lo que estamos generando en nuestra sociedad es un nuevo modelo de servidumbre”, declaró Blond el viernes (14 de octubre) en una conferencia que dio en la Universidad de Nueva York. “La retórica del libre mercado no ha producido mercados libres; ha producido mercados cerrados”, y el “capital social” de la nación está en decadencia, dejando detrás individuos aislados y familias fracturadas que deben depender de Washington para sobrevivir.

Con una tormenta de cuadros, Blond demostró gráficamente el quiebre de las normas sociales y de la unidad familiar —y el crecimiento del gobierno que debe encargarse de estos males— así como el mayor dominio de las corporaciones y los ricos en la economía actual.

Es el resultado de la “oscilación entre el colectivismo extremo y el individualismo extremo”, dice Blond. Ambas son manifestaciones del mismo impulso: la concentración del poder, primero en el Estado y luego también en los mercados. Y las “ortodoxias” liberal y conservadora han conducido al mismo resultado destructor de la sociedad.

O, como dijo en forma cortante, el liberalismo, tanto de izquierda como de derecha, “produjo una economía donde la gente piensa que puede aprovecharse del vecino y que todos se harán ricos”.

“Los indignados de Wall Street y el Tea Party son esencialmente expresiones diferentes de un mismo fenómeno”, dijo Blond. Ambos están enojados con la concentración del poder, pero los dos se encuentran en terreno pedregoso cuando exigen salvación a los dioses del mercado o a los del gobierno.

El distributismo, argumenta Blond, llama a una búsqueda más pequeña y local de soluciones (música para el oído de los conservadores clásicos), al mismo tiempo que deja al gobierno central ocuparse de construir la infraestructura y garantizar lo básico como la educación y el cuidado de la salud (ideas que enternecen a cualquier corazón herido).

Pocos saben que Blond ha adoptado la etiqueta de “conservador rojo”, o, lo que los americanos llamarían “derechista rojo” o, tal vez, “socialista del Tea Party”.

De hecho, el distributismo siempre ha sido algo extraño.

La idea se originó en Inglaterra en la década de 1920 con escritores profundamente católicos como G. K. Chesterton y Hilaire Belloc, que fundaron la Liga Distributista católica para desarrollar las teorías inspiradas en la encíclica Rerum Novarum de 1891 de León XIII sobre la justicia social y que desafiaba las problemas emergentes de la era industrial.

La preocupación por la enorme y deshumanizante fuerza del capitalismo y el comunismo ganó algo de peso en la Gran Depresión. Sin embargo, los que abogaban por esta teoría eran tenidos por excéntricos o directamente maniáticos, y fueron criticados como diletantes que “conducían sus automóviles para venir a discutir la abolición de las máquinas”.

Chesterton y Belloc convencía más como escritores que como economistas, y aunque su llamado a proteger a los pequeños comercios más que a las grandes cadenas podía sonar lindo, no tenían mucho que ofrecer en términos de soluciones reales.

Con el crecimiento impresionante de la economía posterior a la Segunda Guerra Mundial, dominada por las superpotencias y los mercados financieros globalizados, el distributismo se convirtió en una nota al pie y, en el peor de los casos, en el equivalente intelectual de los “aplanadores” —neo-medievalistas que propician una economía que se asemejara a la Tierra Media de J. R. R. Tolkien—.

Hasta hace muy pocos años esta teoría no hubiese obtenido demasiada atención.

Pero ahora, el distributismo se ha convertido quizá en la idea más intrigante de las que emergieron de las ruinas del colapso económico del siglo XXI, en no menor medida por el potencial que tiene de tender puentes entre los polos ideológicos que dominan el panorama político en los Estados Unidos.

Blond fue bien ponderado por David Brooks, columnista conservador de The New York Times, y por Adrianna Huffington, magnate izquierdista de los medios, y se encontró con políticos de ambos partidos durante su gira estadounidense. Fue invitado a hablar en la Universidad Católica en Washington por Stephen F. Schneck, el politólogo asesor de Obama, y en Nueva York fue incluido en una reunión a puertas cerradas con Philip K. Howard, el apóstol de las políticas públicas “de bien común” y ex asesor de Al Gore.

¿Pero puede el distributismo encontrar una audiencia dispuesta al cambio radical si apela a los defectos de ambos extremos pero niega sus remedios?

Blond es, sin complejos, un conservador con “c” minúscula. Sus teorías se inspiran en ideales religiosos, pero habla abiertamente de la centralidad de la renovación moral para restaurar la sociedad. Eso lo hace sospechoso para muchos en la izquierda. Pero existe también una vigorosa oposición desde la derecha a las críticas de Blond a los dogmas del libre mercado, sin mencionar su apertura al papel clave del gobierno en muchos sectores.

Dice Blond, por ejemplo, que se vio impresionado por la “sorprendentemente pobre” infraestructura urbana y de transportes que encontró al montar un tren desde Washington hasta Nueva York.

La infraestructura cultural y política estadounidense no es mejor, dijo Blond. Si los estadounidenses no llaman a una tregua en sus guerras culturales y terminan la “parálisis política endémica” que es causada por un sistema de controles y contrapesos, pero no por consensos, va a ser difícil lograr cualquier progreso.

Los norteamericanos, dijo, tienen que sentarse y decidir qué quieren ser como nación —y ésa es una respuesta de largo plazo que puede ser difícil de alcanzar en medio de esta crisis de corto plazo—.

“Es muy difícil ver alrededor de qué se pueden sentar los estadounidenses”, dijo al Religion News Service. “Se necesita una nueva cultura, o una nueva ‘comunalidad’ alrededor de la cual uno pueda asociarse y crear.”

“Y el problema es que no lo tienen porque están metidos en una guerra cultural. Y una vez que uno tiene una guerra cultural, lo que uno tiene es una sociedad fragmentada… lo que quiere decir que se ha convertido en una sociedad que no puede resolver problemas. Lo que es preocupante.”



jueves, 5 de julio de 2012

Distributismo en castellano: Profundizando un poco




Existen numerosos escritos en internet, en publicaciones y en este mismo sitio que sirven de introducción al tema del Distributismo. Incluso hemos tenido ocasión de leer algunas monografías universitarias, un par de tesinas y hasta una tesis doctoral.

Pero, en general, todos estos escritos en castellano se limitan a presentar una panorámica o una introducción de lo que es el Distributismo. Otras veces, se confunde parcialmente al Distributismo con otras teorías en boga en aquellos tiempos: crédito social, corporativismo o agrarismo. No pocas veces, se piensa el Distributismo como una especie de pensamiento precursor del ecologismo, del socialismo del siglo XXI, de la permacultura, de la responsabilidad social empresaria, etc.

No hay duda de que todas estas teorías, doctrinas, escuelas, modas o como se las quiera llamar, pueden aportar algo (o mucho) al Distributismo, pero no son —propiamente— el Distributismo, puesto que éste es una doctrina económica (pero con consecuencias políticas y sociales) basada en un capital equitativamente distribuido en propiedad entre las familias. Y, por lo tanto, cualquier medida o política que no tienda a esto, no es distributista y, en el mejor de los casos, es un “parche” a un sistema intrínsecamente perverso; “parches” que, en el peor de los casos, refuerzan este mismo sistema o aceleran sus efectos perjudiciales… aún con las mejoras intenciones.

El Distributismo no es, por lo tanto, filantropía, ni “voluntarismo” de la caridad — aunque la gratuidad y la caridad bien entendida están en el corazón de esta doctrina.

No se engaña tampoco el Distributismo con las intenciones de grandes organizaciones sin fines de lucro que necesitan del sistema para financiarse (directa o indirectamente), que ocultan en sí mismas un gigantismo deshumanizante en el trato de sus voluntarios, empleados y beneficiarios, que responden a ideologías y planes de ingeniería social (nuevo nombre para la eugenesia que tanto combatieron los distributistas) — aún cuando pueda adoptar circunstancialmente las formas legales de este tipo o aprovechar las ventajas fiscales o normativas que el sistema concede a estas organizaciones.

Tampoco es el Distributismo un “código de ética” del capitalismo — si bien los distributistas no dejaron nunca de denunciar a los capitalistas que ni siquiera se atienen a las reglas por ellos fijadas (ejemplos son el escándalo Marconi, la oposición a la estatización del transporte público de Londres o las denuncias al sistema financiero actual).

Ni siquiera el Distributismo pretende “suspender” las (supuestas) leyes de la economía como algunas escuelas que dependen de exigir de sus cultores una heroicidad quasi angelical sostenida (algo así sería la denominada “Economía de Comunión”) o que viven de los flujos de dinero que reciben desde fuera de su microcosmos por medio de las donaciones que les hace el mismo sistema (caso del método Yunus de microcréditos) — aunque no teme poner en duda las supuestas “leyes” de esta supuesta “ciencia” que es la Economía, tanto desde dentro con sus técnicas y métodos (Belloc, Schumacher), como desde el simple sentido común (Chesterton).

Menos que menos es el Distributismo el propulsor de soluciones “éticas” individualistas que no van a la raíz estructural de los problemas de la economía actual y sus proyecciones en la sociedad y la política, y que pretenden que —contra toda lógica sana— hacer más de lo mismo, pero con buena intención y cuidando las formas, va a cambiar algo. En este mismo sentido, el Distributismo no pretende un simple “cambio cultural” de las organizaciones o de la economía, ni confía en un “hombre nuevo” que advenirá en un futuro incierto.


Y por todo esto, el Distributismo no es utópico puesto que confía en el hombre común de hoy y, al mismo tiempo, cree en el pecado original y la consecuente tendencia al mal en una naturaleza humana que de por sí es buena y ha sido redimida por Cristo. Y es justamente por el pecado original y sus consecuencias que el Distributismo pretende limitar a aquellos que, aunque digan abogar por la propiedad privada o la propiedad común, quieren —en el fondo— toda la propiedad para sí mismos.

Y es que el Distributismo no es un “ismo” en el sentido que este sufijo confiere a las palabras hoy. No es una técnica diseñada por expertos, ni una ideología pergeñada en la reclusión de una biblioteca, ni un pedante magisterio impartido en las aulas desde un taburete. Menos aún es una escuela de la economía o la sociología.

Es, por el contrario, algo anterior a todo ello, surgido de los mismos hombres antes de que éstos se viesen en el infeliz trance de descubrir que existía una disciplina como la sociología o la economía. Fue durante siglos la marca de la vida del hombre común en la Europa cristiana e, imperfectamente, lo ha sido en las culturas tradicionales de todo el mundo cuando aún no se veían inficionadas de las ideologías ilustradas e ilustrantes. Y aunque el Distributismo no haya nunca madurado del todo, y aunque se encontrase momentáneamente confundido con formas sociales y políticas accidentales, lo propio del mismo, la realidad de la propiedad familiar de los medios de producción como distingo determinante de la vida económica ha sido reconocida por estudiosos de muy distintas ideas.

Es la familia la principal preocupación del Distributismo y es, por lo tanto, su clave de interpretación. Al distributista no le preocupa el Estado porque amenace la libertad individual, sino porque pretende arrogarse el papel que sólo corresponde a los padres de familia. Al distributista no le preocupa el monopolio porque amenace la libertad de mercado, sino porque termina sacando a los padres del hogar esclavizándolos en una línea de producción alienante e internando a los hijos en escuelas donde son un número más que debe cumplir con ciertos estándares promedios igualmente deshumanizantes.

Para el distributista, por lo tanto, la libertad y la vida de la familia —y, por consecuente, de las sociedades y la comunidad política, en cuanto son conjuntos orgánicos de familias— están atadas a la propiedad de la vivienda familiar y de los medios de producción de autosubsistencia (tierra laborable y/o taller artesanal). Autosubsistencia que tampoco es una especie de aislamiento familiar, sino que se trata de una familia implantada en el seno de una comunidad local —llámese aldea, pueblo, comarca, comuna, en cualquier caso una ciudad que pueda caminarse de punta a punta en el día, como decía Aristóteles— único lugar donde es posible una democracia real, una representación no atada al “sistema de partidos” (o partidocracia) que ya hace un siglo denunciaba Belloc.


De todo lo dicho, podría parecer que el Distributismo es una doctrina católica en cuanto emergente de su Credo y de su teología. Más en concreto, tanto desde dentro como desde fuera, se la hace derivar de la encíclica Rerum Novarum de León XIII, es decir una “alternativa más” de aplicación concreta de la Doctrina Social de la Iglesia.

Sobre este asunto podríamos aplicar análogamente lo que el cardenal Newman decía sobre la imposibilidad de una literatura cristiana en cuanto tal. O, mejor, lo que Graham Greene aclaraba: “no soy un escritor católico, sino un escritor en el que se da el caso de ser católico”. Queremos decir que el Distributismo no es una excusa apologética puesto que no pretende por sí mismo convertir a nadie, ni hay que ser católico (cristiano o simplemente “creyente”) para adoptarlo como ciertos experimentos voluntaristas de que hablamos más arriba. Se puede ser judío, musulmán, budista o ateo y distributista, aunque —creemos— no se puede ser verdaderamente católico (en todos los sentidos del catolicismo) sin ser distributista — puesto que el Distributismo, sin pretender ser el paraíso en la tierra, es el que mejor se adapta al orden natural y cristiano de la sociedad y la economía.

Nadie duda, por supuesto, de la influencia que la Rerum Novarum pudo haber tenido directa e indirectamente sobre el Distributismo, aunque mejor sería hablar de una feliz coincidencia. Puesto que, como ya hemos dicho anteriormente, excepción hecha de Hilaire Belloc, los demás distributistas no eran católicos en sus comienzos, sino socialistas y liberales disidentes — más cercanos a Morris o a Cobbett, a los utopistas o a los socialistas cristianos (anglicanos). Y, a diferencia de lo que es el método común entre los social-católicos del siglo XX (no era así en Le Play, de Mun, La Tour du Pin, Vogelsang, von Ketteler, etc.), las citas de autoridad pontificia brillan por su ausencia en toda la obra distributista, prefiriéndose el sentido común, la deducción lógica o las citas literarias.

Se apoyó, además, al menos en sus comienzos, también en una importante tradición agrarista o ruralista; larga tradición, amenazada por la Revolución Industrial, en la que también se vieron enlazados movimientos socio-religiosos ingleses como los cuáqueros o clases sociales en decadencia como la “gentry”, lo que se refleja en forma crítica en casi toda la literatura victoriana.

Podría parecer, entonces, que la Revolución Industrial es para el Distributismo, a la manera de Marx, el acontecimiento más importante de la modernidad. Ciertamente que los distributistas denunciaron el carácter catastrófico de los cambios económicos, geográficos y sociales provocados por el industrialismo, expulsando a millones de minifundistas rurales hacia los centros urbanos, para trabajar en condiciones de semi esclavitud para empresas cada vez más grandes.

Pero ni Belloc ni Chesterton se engañaron y explicaron bien que el principio de los males ingleses se encontraba remotamente en la Reforma de Enrique VIII e Isabel I (“la revolución de los ricos contra los pobres”), y en forma más próxima en la llamada “Revolución Gloriosa” de 1688, donde “el rey ya no es el que cuenta. Príncipes mercaderes han reemplazado a todos los príncipes; Inglaterra se ha entregado al comercio y al desarrollo capitalista… [Con su] secuela moderna de monopolios metropolitanos, su control financiero complejo y prácticamente secreto, su marcha de maquinarias y su destrucción de la propiedad privada y de la libertad personal.” (Chesterton)

Donde la creación del Banco (Central) de Inglaterra de la mano de los más grandes financistas británicos y holandeses, es “luego de la Reforma y la destrucción de la monarquía, el evento más importante en la historia inglesa moderna” (Belloc).


Llegados a este punto podría ser que el Distributismo se limite a una crítica histórica que no tiene nada que aportar al mundo surgido de la Revolución Industrial. Tampoco el Distributismo es un aporte teórico-periódistico. Nada más lejos de ello. La prédica distributista se ha plasmado en experiencias prácticas muy distintas y originales, que van desde una “guilda” de artistas en la pequeña aldea de Ditchling en Sussex, hasta la instrumentalización de la participación accionaria de los empleados en las empresas, pasando por la adquisición de tierras laborables para revender al costo y en cómodas cuotas a obreros industriales que buscaban “volver a la tierra”, o la elaboración de una propuesta concreta y pormenorizada para la organización corporativa de los pequeños propietarios de ómnibus de Londres ante la amenaza (finalmente realizada) de la nacionalización del transporte de la capital británica.

Pero, claro, el Distributismo se ha visto siempre desdeñado, incluso por muchos supuestos chestertonianos que lo consideran una excentricidad o hobby de Gilbert Keith, cuando en realidad fue su principal preocupación y para cuya financiación fue que escribió novelas policiales o ensayos de crítica literaria. Y siendo esto así, lo que podemos apreciar como principal éxito distributista fue su capacidad de anticipación en muchas materias.

Décadas antes de Burnham, ya los distributistas habían advertido sobre la autonomía burocrática de los gerentes, funcionarios y tecnócratas que terminan tomando el control de sus empresas y convirtiendo a los accionistas en sólo una fuente más de financiamiento. No casualmente fueron los fabianos, con su prédica en pos de la profesionalización de las funciones directivas en la actividad privada y pública que finalmente confluirían en un Estado tecnocrático como paso previo a la etapa comunista profetizada por Marx.

También desde el Distributismo se denunció el consumismo —o el “comercialismo”, como lo llamó Chesterton— décadas antes de que existieran las complejas técnicas de comercialización y publicidad que hoy son moneda común y sus críticos “anti-mercado” à la “No logo”.

Entonces, se preguntará legítimamente, ¿por qué el Distributismo no se ha dado?

Es una pregunta de difícil respuesta. Cabe decir que la polarización producida tras la Segunda Guerra Mundial y durante la Guerra Fría no ayudó al surgimiento de verdaderas terceras posiciones —el “capitalismo de Estado” promovido por algunos gobiernos del Tercer Mundo en aquellos años no fue verdadera alternativa sino más de lo mismo, un camino a medio camino entre el capitalismo liberal y el comunismo soviético, pero esencialmente concentracionista—.

Pero, por otro lado, es innegable que muchas de las ideas surgidas originalmente en torno al Distributismo terminaron siendo adoptadas por programas políticos muy diferentes. La línea interna de Sir Henry Slesser, dentro del Partido Laborista británico, sostuvo en un comienzo los principios distributistas; pero la crisis de 1930, forzó al gobierno y a la oposición a ocuparse de soluciones de urgencia y relegar cualquier cambio estructural para tiempos más tranquilos… que nunca llegan. Lo mismo pasó con el programa adoptado por el Partido Laborista Democrático de Australia en 1955 y que tuvo buenos resultados electorales por lo menos hasta fines de los ’60 cuando el partido empezó a disolverse por influencia de otras ideologías. En esa misma época, el escocés Jo Grimond adoptó planes distributistas con los que pudo resucitar al Partido Liberal y convertirlo en tercera fuerza a nivel nacional —aunque también en los ’70, sin embargo, este partido “sufrió” la modernizacion de su programa político—. Tiempo después, la política de Thatcher para permitir que los inquilinos de casas estatales pudiesen adquirirlas en propiedad fue de directa inspiración distributista. También en Canadá, India, Ceilán (Sri Lanka) y Nueva Zelanda se encuentran muchas influencias del Distributismo en los proyectos y planes de gobiernos y oposición.

Podría parecer ésta una historia de fracasos o éxitos parciales a manos de políticos que no necesariamente compartían la cosmovisión de Chesterton y Belloc. Sin embargo, creemos que hoy, tras la caída del Bloque Soviético y las sucesivas crisis del capitalismo desatado, es tiempo de sumar nuestras voces a las críticas que se hacen a la ciencia económica —al menos en sus síntesis neoclásica y neokeynesiana—; críticas que se hacen no sólo desde afuera, desde supuestos movimientos anti-sistema o anti-globalización, sino también desde otras ciencias (la estadística matemática principalmente) y desde la misma ciencia —cuando está en duda no sólo la raíz epistemológica de la Economía, sino también el mismo lenguaje monetario-contable que es su materia prima—. Es éste, decimos, el momento de volver a poner sobre la mesa las geniales intuiciones y las lógicas deducciones que, hace más de 70 años, un grupo de pensadores, con mucho sentido común y amor por el hombre concreto, hicieron en materia económica, social y política, para ayudar a que éstas vuelvan a estar dentro de un “marco de cordura”.



lunes, 15 de agosto de 2011

¿Por qué el teléfono BlackBerry se llama así?


Le pusieron así porque cuando había esclavitud en los Estados Unidos, a los esclavos nuevos se les ataba una bola negra de hierro muy irregular y cacariza, vamos, no era una bola perfecta, con una cadena y un grillete al pie, para que no escaparan corriendo de los campos de algodón. Los Amos, para usar un eufemismo (palabra políticamente mas correcta que suena más bonito), le llamaban "BlackBerry" (cereza negra) porque se asemejaba a dicha fruta. Ese era el símbolo antiguo esclavitud que decía que estaría forzado a dejar su vida hasta perecer sin poder escapar en esos campos de siembra.

En los tiempos modernos, a los nuevos empleados no se les puede amarrar una bola de hierro para que no escapen, en cambio, se les da un "BlackBerry" y quedan inalámbricamente atados con ese grillete, que al igual que los esclavos, no pueden dejar de lado y que los tiene atados al trabajo todo el tiempo. Es el símbolo moderno de la esclavitud.

Yo tengo uno, al igual que todos los demás gerentes y directores y basta ver como están pegados a la dichosa maquinita todo el tiempo, como adicción; en el baño, en el auto, en el cine, en la cena, al dormirse y no hay forma de escapar cuando llama el jefe o cuando te mandan correos.No hay manera de decir que no te llegó o que no escuchaste porque este teléfono chismoso te avisa si llamaron y no contestaste, si tienes mensajes por leer, si los leíste y si los demás abrieron tus correos, te marca citas, horarios, te despierta, se apaga solo, se prende solo, y te permite estar idiotizado horas en la internet, mientras tu esposa, esposo, novia o novio y tus hijos y familia te reclaman porque no les pones atención. Y ahí los ves, modernos ejecutivos que se sienten muy importantes porque "el jefe" les dio su BlackBerry" para que no escapen de los campos de trabajo.

No habrían podido pensar un nombre mejor, ¿no crees? 


Hemos encontrado este relato en la web en distintas versiones. Desconocemos el origen del mismo. Tampoco estamos seguros sobre la veracidad de la historia de los grilletes y la bola negra. Pero si non è vero è ben trovato...

lunes, 30 de mayo de 2011

Fuentes y aplicaciones del Distributismo (I)

Fuentes y aplicaciones del Distributismo:

La idea de un católico romano sobre el genio anglo-católico

Michael Black*

La popularidad pasada y la larga tradición

de la religión le proveyeron con campeones diversos

contra la desatención actual.

— Charles Williams, Shadows of Ecstasy

I- Crisis, tradición y Distributismo

La tradición se afirma a sí misma especialmente en tiempos de crisis. Creencias profundamente sostenidas pero olvidadas se nos presentan como novedades, un “commodius vicus de recirculación” de ideas que se ofrecen a sí mismas como soluciones a los problemas sociales contemporáneos. En nuestra crisis económica actual, el Distributismo, una idea de comienzos del siglo XX, recibe una atención renovada como una contribución seria a la política nacional del Reino Unido. Este ensayo es una respuesta personal que espero encuentre un lugar en este debate en crecimiento.

En septiembre de 2008, la quiebra del banco de inversión de Wall Street, Lehman Brothers, causó la paralización temerosa de los mercados financieros de todo el mundo. El consenso de los asesores financieros y políticos fue que el mundo había ingresado en “terra incógnita” en materia económica. No sólo quedó desacreditada la opinión de respetables economistas, sino también teorías de la ciencia económica que se tenían como firmes desde hacía tiempo. Probablemente fue inevitable el renacimiento de lo no convencional y lo marginal en este medioambiente de desesperación intelectual. A ambos lados del Atlántico llegó a tener cierta prominencia un concepto socio-económico poco conocido, el Distributismo, que fuera acaudillado por G. K. Chesterton y Hilaire Belloc en las décadas de 1920 y 1930.

En América del Norte, por ejemplo, a muy pocos meses de la bancarrota de Lehman, la revista trimestral estadounidense Chesterton Review condujo un simposio publicitando la relevancia del Distributismo como solución a la crisis económica global. El Padre Ian Boyd, editor de la revista, recomendaba lo que consideraba un “distributismo evolucionado” en muchos movimientos cooperativistas industriales como modelos económicos a una escala que pueden ser controlados por seres humanos.[1] En julio, el Padre Boyd dio una conferencia en Oxford con el título: “Una visión distributista sobre la crisis económica”. Thomas Storck, uno de los editores de la misma publicación y de la estadounidense Distributist Review, participó en Nueva York, en nombre del Distributismo, en un debate con uno de los teólogos “capitalistas” más conocidos, Michael Novak.

Durante el mismo período, Phillip Blond, ex académico y alumno del teólogo John Milbank (miembro del movimiento de Ortodoxia Radical, “primo menor” del Distributismo), escribió un artículo para su blog británico sobre “El surgimiento del conservadurismo rojo”.[2] En esta pieza, aboga por el divorcio entre el conservadorismo político y el liberalismo económico, una unión que parecía cementada para siempre por la “dureza” política de Margaret Thatcher. Sugiere también limitaciones de tamaño para las empresas en industrias claves. Para Blond, las raíces del conservadorismo hay que buscarlas en tradiciones inglesas mucho más antiguas que el liberalismo económico. Encuentra el pensamiento de Edmund Burke particularmente apto. La noción de Burke acerca de los “pequeños pelotones” de familia y asociaciones cívicas, siente que tienen alguna afinidad con las ideas distributistas de Belloc y Chesterton.[3] Siendo, según el periodismo, asesor del líder del Partido Conservador, David Cameron, Blond podría llegar a ser la vía para una mayor influencia de las ideas distributistas en la política británica moderna.[4] Es tiempo, entonces, de preguntarse si el Distributismo es un saber auténtico cuyo tiempo ha llegado o si se trata simplemente de viejas tonterías. Mi idea es que existen buenas razones para tomar al Distributismo seriamente a comienzos del siglo XXI. Pero también creo que, sacado de su contexto teológico e histórico, es incoherente y probablemente peligroso. Lo que puede ser más significativo acerca de ello es, por lo tanto, la motivación para recapitular algunas cuestiones culturales que son parte de una teología social específicamente inglesa.






Michael Black, “The sources and uses of Distributism: A Roman Catholic’s View of Anglo-Catholic genius”, The Chronicle (Oxford University C. S. Lewis Society), vol. 7, no. 2 (April 2010). [N. del T.: La division del texto y los subtítulos no estaban en el original, pero se incluyen con motivos didácticos.]

* Michael Black es investigador y bibliotecario del Blackfriars Hall de la Universidad de Oxford. Anteriormente estuvo en la consultora McKinsey & Co., luego fue director gerente de la bolsa American Stock Exchange International, co-fundador de Corporate Performance Systems y vicepresidente senior de CSC Index, antes de convertirse en director de Desarrollo Corporativo de la automotriz Lotus Cars y luego, en 2001, consultor independiente.

[1] El Chesterton Institute sostuvo dos conferencias más acerca del Distributismo en España, el mismo año. El G. K. Chesterton Institute for Faith and Culture inglés también organizó una conferencia sobre el tema en julio de 2009.

[2] http://www.prospectmagazine.co.uk/2009/02/riseoftheredtories/. Blond prometió un libro del mismo nombre que aparecería el 1 de abril de 2010. [N. del T.: Los conservadores “rojos” o red tories son aquéllos más preocupados por las cuestiones sociales. Para la política británica, el término fue acuñado por Blond; en Canadá suele darse ese nombre a los conservadores moderados.]

[3] Cf. los “pequeños reinos” en Man Unchained p. 8, citado más abajo.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...