Ditchling en la década de 1920

miércoles, 22 de junio de 2011

Vincent McNabb (1868-1943)


Joseph McNabb nació el 8 de Julio de 1868 en Portaferry, Condado de Down, Irlanda, a pocos kilómetros de la tumba de San Patricio, aunque poco después se mudaron a Belfast. Era el décimo de once hermanos, hijos de “un maestre de buque mercante (para darle su título de nobleza) y una costurera”. Su padre pasaba tanto tiempo en el mar, que pocos recuerdos dejó al pequeño. Pero, en cambio, su madre, quien de joven había trabajado en Nueva York en una tienda por departamentos, era la heroína de los hermanos McNabb. En Eleven, thank God! (Once, ¡gracias a Dios!), que fue una especie de recopilación de recuerdos de la niñez, dedicada a su madre, McNabb cuenta cómo además de criar su numerosa prole, ella tenía tiempo para atender enfermos limpiando sus hogares y asistir en las obras de caridad de la parroquia.

Pronto Joseph asistió como pupilo a la escuela del St. Malachy’s College, seminario diocesano de Belfast. Cuando nuestro biografiado tenía 14 años, los McNabb se vieron forzados a emigrar a Inglaterra, asentándose en Newcastle-upon-Tyne, donde el padre obtuvo un trabajo. Hasta los 16, el joven Joseph regresaba regularmente a St. Malachy’s, donde permanecía por el resto del año lectivo. Sin embargo, las vacaciones con su familia en Newcastle fueron suficientes para que el adolescente conociera a los frailes dominicos que atendían la parroquia local.

Pasó un año en la escuela St. Cuthbert’s de Newcastle, pero ya estaba decidido. El 10 de noviembre de 1885, tras una difícil y paciente persuasión de su padre, ingresó al rudimentario noviciado de la Orden de Predicadores en Woodchester, Gloucestershire. En honor de San Vicente Ferrer, adoptó el nombre de religión Vincent, con el cual será recordado. Tras un noviciado brillante en logros académicos, fue ordenado sacerdote en septiembre de 1891, poco después de cumplir 23 años. Y viajó a Bélgica, para estudiar en la Universidad de Lovaina, siguiendo el ejemplo de otro dominico de su Provincia, el P. Humbert Everest. Allí, en 1894, obtuvo el grado de Lector en Sagrada Teología.

Durante sus 58 años como dominico, McNabb vivió en Inglaterra, su segunda patria. Alguna vez dijo que amaba a Irlanda como su madre y a Inglaterra como su esposa. Cuando el editor de The Catholic Times, periódico de la colectividad irlandesa de Manchester, le preguntó porqué no ayudaba más a sus compatriotas, le dijo que los ingleses también lo necesitaban y que eran tan víctimas como ellos de la Reforma.

En el convento de Hawkesyard, Staffordshire, a su regreso de Lovaina fue profesor de Teología para los novicios. Luego, fue el prior de ese mismo convento por seis años, antes de ser enviado a Londres como vicario de la parroquia-convento de los dominicos, St. Dominic’s. A continuación, fue prior del convento Holy Cross de Leicester por otros seis años.

Fue con este último cargo que debió visitar los Estados Unidos en la primavera de 1913. Sus conferencias de Nueva York le ganaron buena fama en este país y las iglesias católicas norteamericanas se lo disputaban como predicador.

Posteriormente, regresó a Hawkesyard, esta vez como prior nuevamente.

Durante la Gran Guerra del ’14, se preocupó mucho por la suerte de los belgas, especialmente los inmigrados a Gran Bretaña. Terminada la contienda, el soberano de Bélgica lo hizo caballero.

También durante este tiempo, comenzaron sus problemas: personales y espirituales.

Podía leer y citar el Antiguo Testamento en hebreo, el Nuevo en griego y las obras de Santo Tomás de Aquino directamente del latín. En la pobreza de su celda, no había

nada más que breviario, una biblia, las Constituciones dominicanas y una copia de la Summa.

Dormía en el piso de madera de su celda y leía y escribía —siempre a mano, con una letra siempre legible— de rodillas, en hojas que le regalaban y sino, en los márgenes de diarios, en sobres usados o en el reverso de cartas recibidas, que iba acumulando en una caja. Además, comía poco por culpa de su “estómago protestante”, según bromeaba.

La Santa Misa y el Oficio Divino eran algo a lo que el Padre McNabb no podía faltar. Y se enojaba con quienes consideraban el Rosario como una oración para principiantes.

Siendo prior en Hawkesyard, ayudó a bien morir a las poetas Katherine Harris Bradley y, su sobrina, Edith Emma Cooper (“Michael Field”).

Pero su ascetismo radical se proyectaba sobre sus frailes y algunos de éstos pronto se quejaron ante los superiores de McNabb por considerarlo inhumano. En 1917 renunció como prior para ir a Roma por breve tiempo, pero ya nunca más se lo pondría al frente de un convento.

Viajó, entonces, a Roma para tomar su examen ad gradum. Como reconocimiento del manejo que tenía de las ciencias religiosas —entre sus examinadores en Roma se contaba el P. Réginald Garrigou-Lagrange O.P.—, obtuvo la Maestría en Sagrada Teología.

A su regreso de Italia, fue designado profesor de Dogma en el noviciado dominicano inglés, antes de ser nombrado párroco de St. Dominic’s, en Cobbets, Londres. Allí, a los 52 años, pudo finalmente encontrar un ámbito apropiado para su labor de predicador, convirtiéndose, per accidentem —como dice uno de sus biógrafos—, en toda una figura del catolicismo inglés.

De sus tiempos de profesor, recordaban sus alumnos salidas como la siguiente: “Pensad en cualquier cosa si deseáis, pero por el amor de Dios ¡pensad!”

En su tiempo, Blackfriars, el periódico de los dominicos de Oxford, era muy leído, incluso (quizá más) por gentes extrañas a la fe católica. Allí también escribió regularmente el Padre McNabb, donde aparecieron algunos de sus más famosos ensayos.

Como Santo Domingo, caminaba a todas partes, con su hábito tejido por sus amigos de Ditchling, sus botas militares, su capa raída y un saco de loneta donde cargaba la Vulgata, el breviario y algún que otro libro que fuese a necesitar. Incluso llegaba admirar a otro gran caminante, su amigo Hilaire Belloc —récord de caminata entre Londres y Oxford—.

En 1941, cuando cumplió el 50º aniversario de su ordenación sacerdotal, quiso viajar a pie hasta Roma siguiendo el trayecto que Belloc hizo a los 31 años y cuenta en The Path to Rome. Pero su provincial, atendiendo a los 68 años de McNabb, se lo prohibió, obligándolo a tomar el tren y el ferry. En esa oportunidad declaró que en esta vida sólo hay tiempo para pelear, pero que hay una eternidad para disfrutar de los amigos, y él los tenía en abundancia: Belloc y Chesterton, Blunt, Chute, Gill y Pepler, y tantos otros pobres desconocidos.

Verlo con su hábito y capa al viento, caminando hacia el Hyde Park, la Parliament Hill, la Universidad de Londres o algún teatro, donde iba a sostener alguna de sus famosas polémicas, lo convertía en un excéntrico personaje del siglo XIII en pleno siglo XX.

Con dificultades para decir que no, colaboró con entusiasmo en todas las obras católicas que aparecieron en la Inglaterra de su tiempo, tiempo que muy fértil en obras católicas. Acompañó a la Catholic Evidence Guild, grupo apologético animado por los esposos Frank y Maisie Ward de la célebre casa editorial católica, en sus debates de Hyde Park o Parliament Hill.

Lejos del polemismo agrio de tanto apologeta al uso, el Padre Vincent conquistaba a su audiencia con humor y respuestas sagaces, como aquella mujer que le gritó: “Si fuese su esposa, le pondría veneno en el té”; a lo que él respondió: “Pues, señora, si yo fuese su esposo, me lo bebería.” O en aquella oportunidad en una audiencia pública ante la Cámara de los Comunes cuando un grupo de expertos médicos proponía esterilizar a grupos de pobres miserables que vivían en condiciones que los podrían convertir en degenerados. Alzó la voz y sentenció: “Como experto en Moral, certifico a ustedes —señalando al grupo de médicos— como degenerados morales.” La asamblea estalló en risas y aplausos.

No pocas veces fue invitado a conferenciar ante una audiencia anglicana y apoyó varias asociaciones de anglo-católicos urgiéndolos a una pronta re-unión con Roma.

También la creación de la comuna de Ditchling, se debió —al menos en parte— a su influencia, diciendo Misa en su capilla, cada vez que los visitaba. Aunque cierto “vedetismo” de sus artistas, lo iría alejando del proyecto, a medida que sus protagonistas se alejaban del ideal original.

Fue, asimismo, uno de los líderes del movimiento Back-to-the-Land (De Regreso al Campo), que buscaba aliviar la durísima vida de los barrios obreros, mediante la creación de comunas rurales autosuficientes. “La ciudad —afirmó rotundamente en su clásico The Church and the Land (La Iglesia y el campo)— es la tumba de la religión, y la era de la máquina es la condena de la humanidad.” Así impulsó también el Distributismo, junto a Chesterton y Belloc, recordando que la Economía es un capítulo de la Ética y que sin moral queda desenraizada.

En una ocasión predicaba en Hyde Park, “vuestra vida es una locura, debéis liberaros, dejad Londres y volved a la naturaleza”. Cuando alguien le preguntó, “¿cómo se supone que lo haremos?”, sólo respondió: “caminando”.

Abominaba de todo tipo de máquina, incluso la de escribir puesto que temía empeorar su cuidada letra cursiva —cosa que nosotros, en la era del “mouse” y el teclado de computadora bien sabemos—. Y Belloc, siempre fascinado por los mecanismos, cuanto más complicados mejor, solía intercambiar bromas con él al respecto.

No sólo teorizó sobre estos temas, sino que los puso en práctica. Con la ayuda de algunos frailes, convirtió el jardín de Hawkesyard en una huerta que permitía alimentar no sólo a los dominicos del convento sino a los pobres de la zona.

Los pobres fueron siempre su principal preocupación. Incluso las colectividades judías de Whitechapel y de todo el East London, lo reconocían con afecto y esperaban sus visitas. Hay cientos de anécdotas sobre McNabb y sus obras de caridad “uno por uno”, sólo conocidas por él, sus beneficiarios y Dios.

Anécdotas como la de aquel pobrecillo del barrio de St. Pancras, cuya esposa e hija (católicas ellas, él no) habían muerto y por las que el Padre Vincent dijo la Misa de réquiem y pagó las flores del funeral, que quiso forzar al viejo dominico a tomar un taxi que lo devuelva a su convento en medio de una terrible tormenta. “Bienaventurados los pobres. Pocas cosas me han conmovido más que esa. A pesar de su miseria, me ofrecía pagar el viaje. Imaginemos eso de alguien que no tiene fe. ¿Qué voy a hacer cuando lo vea de nuevo? Besar sus pies sería indigno de él. Rezaré… para que Dios le dé el consuelo de la fe.”

Durante meses, quizá años, de camino a Parliament Hill, limpió semanalmente la habitación de una anciana postrada, en un mísero edificio cercano a Camden Lock. Como otras muchas de sus obras de caridad a escala humana, sólo se conoció tras su muerte.

Con el cuerpo debilitado desde hacía décadas y con problemas en la garganta, siguió predicando hasta el fin de sus días. Murió en la parroquia St. Dominic de Londres el 17 de junio de 1943. Un tiempo antes, el 14 de abril, su médico le avisó que ya no le quedaba mucho de vida pues tenía un tumor incurable en la garganta.

Siempre fiel a su estilo, dijo a las Hermanas de la Misericordia un par de días después, en su sermón luego de predicar sobre la Pasión y Muerte de Nuestro Señor: “Ahora, queridas hermanas, tengo una muy buena noticia para ustedes. Ésta es la última vez que estaré hablando en esta capilla ante ustedes. Saben que en estos tiempos —en medio de la Segunda Guerra Mundial— todos son llamados… ¡Yo también he sido llamado!... ¿Y para qué? Para encontrarme con el Rey de Reyes, y no por una vida sino ¡para la Vida Eterna!”

En otra oportunidad, consolaba a un interlocutor: “No veo por qué deberíamos hacer una tragedia de todo esto. Es para lo que me estuve preparando toda mi vida. Estoy en manos de mis doctores o, mejor, en las manos de mi Dios.”

En la mañana del 17 de junio llamó al prior hasta su celda, donde se encontraba sentado en una silla de paja (aún no podían convencerlo de recostarse en una cama). Cantó el Nunc Dimitis por última vez, se confesó con el padre prior, renovó sus votos religiosos y, a continuación, entregó la condecoración de caballero belga y su anillo como maestro en Teología. Durante hora y media perdió el conocimiento, suspiró y se durmió para siempre.

Su cuerpo fue expuesto, portando el hábito blanco, durante tres días en la Capilla de la Virgen del convento de Santo Domingo en Londres, mientras una multitud de jóvenes y ancianos, pobres y ricos, pero especialmente pobres, desfilaban para dar su último adiós. El lunes 21 de junio tuvo lugar la Misa de réquiem en St. Dominic’s, mientras las calles de los alrededores se encontraban completamente cortadas de tanta gente allí reunida. Siguiendo sus deseos, fue enterrado en un cajón simple con una cruz negra pintada encima. Una muchedumbre acompañó el cajón hasta el Kensal Green Cemetery, a pesar de los peligros en esos tiempos de guerra.

“Me pone nervioso escribir aquí lo que realmente pienso del Padre Vincent McNabb —remarcó G. K. Chesterton en su prólogo a Francis Thompson and Other Essays de McNabb— por temor a que de alguna manera me lo censure. Pero diré breve y firmemente que él es uno de los pocos grandes hombres que he conocido en mi vida; que él es grande en muchos sentidos: mental, moral, mística y prácticamente… Nadie que alguna vez haya conocido, visto u oído al Padre McNabb lo podrá olvidar.”

Por su parte, Hilaire Belloc publicó en Blackfriars, tras el fallecimiento del P. McNabb: “La grandeza de su personalidad, de su enseñanza, de su experiencia y, sobre todo, de su juicio, se destacaba totalmente por encima del mundo cercano a él… El aspecto más destacable de todos era el temperamento de santidad… Puedo escribir aquí desde una experiencia personal e íntima… He conocido, visto y sentido la santidad en persona… He visto la santidad a pleno en los muy domésticos caminos de mi vida, y el recuerdo de esa experiencia, que es también una imagen, me sobrepasa ahora que escribo — tanto me sobrepasa que ya no hay nada más que decir”.

Monseñor Ronald Knox, quien de alguna forma era tan distinto, dijo cuando se le consultó acerca de la posibilidad de iniciar un proceso de beatificación en los años ’50, “el Padre Vincent es la única persona que yo he conocido respecto de la cual he sentido, y lo he dicho más de una vez, ‘él te da la idea de cómo deben ser un santo’. Había una especie de luz en torno a su presencia que no parecía ser de este mundo”. En una oportunidad, según contaba Bernard Wall, luego de un almuerzo al que Knox lo había invitado, el dominico se arrojó a sus pies y los besó —según una antigua práctica dominica para agradecer a un buen anfitrión—.

Su obra, entre escritos completos y recopilaciones de sus numerosos artículos y charlas, es vastísima: conferencias sobre la oración, la fe, la razón y Tomás de Aquino, textos apologéticos, catequesis para niños, ensayos sobre Distributismo y agrarismo, ensayos de filosofía y Tomismo, poesía y cuentos, crítica literaria, biografías y hagiografías, estudios sobre la guerra y el orden mundial, entre muchos otros tópicos.

Pocos se han atrevido a escribir una biografía completa. El dominico Ferdinand Valentine, que apenas conoció al Padre Vincent, intentó escribir la “oficial”, The Portrait of a Great Dominican (Retrato de un Gran Dominico), pero —en realidad— se limita a una cuasi exculpación psicológica de cosas que no entiende y no comparte de su biografiado. Por su parte, es interesantísima la del ateo Edward A. Sidermann, With Father Vincent at Marble Arch (Con el Padre Vincent en Marble Arch), “enemigo” de McNabb en el Hyde Park, que no duda en expresar su admiración por su raro contendiente. En 1996 la Chesterton Review le dedicó un número especial. Poco antes, también Fidelity ocupó un número.

Desde la Liga Distributista queremos aquí y así expresar nuestro más sentido homenaje.


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