Foto: Ditchling en la década de 1920
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lunes, 6 de marzo de 2017

La mirada de un ovejero inglés a la Norteamérica rural




James Rebanks*
Páginas de Opinión, The New York Times, 1º de marzo de 2017.

Matterdale (Inglaterra) – Soy un pequeño granjero tradicional en el norte de Inglaterra. Crío ovejas en una región montañosa, en las colinas Fells del Distrito de los Lagos. Es un sistema agropecuario que data de al menos 4500 años. Una supervivencia subrayable. Mi majada pace en una montaña junto a otras diez majadas, mediante un antiguo sistema comunal de pastos que de alguna manera ha sobrevivido los últimos dos siglos de cambios. Wordsworth lo llamó la “república perfecta de pastores”.

No es el agronegocio moderno y eficiente. Mi granja lucha por hacer el suficiente dinero para mi familia pueda vivir de ello, incluso con 900 ovejas. El precio de mis corderos está gobernado por la oferta de corderos importados desde la otra punta del mundo. Por lo que tengo un pie en algo antiguo y otro en la economía global del siglo XXI.

Menos de 3% de la gente en las economías industriales modernas son granjeros. Pero alrededor del mundo, no estoy solo: las Naciones Unidas estiman que hay más de dos mil millones de granjeros, la mayoría de ellos pequeños productores; esto es aproximadamente una de cada tres personas en el planeta.

La falta de rentabilidad de mi granja tal vez no debería preocupar a nadie más. Soy adulto y he elegido este tipo de vida. Lo elijo porque todos mis antepasados lo hicieron y porque lo amo, aunque a los demás les pueda parecer condenado.

La granja es donde yo vivo y no existe de hecho ninguna otra forma de operar mi tierra, razón por la cual no ha cambiado mucho en el último milenio o quizá más. En verdad, podría aceptar los cambios alrededor filosóficamente, incluyendo la desaparición de granjas como la mía, si los resultados fuesen un mundo y una sociedad mejores. Pero el mundo que veo evolucionar frente a mis ojos no es mejor, es peor. Mucho peor.

En la semana anterior a que en los Estados Unidos fuese electo Donald J. Trump a la presidencia, viajé por Kentucky, a través de interminables millas de granjas y pueblos pequeños. Fue mi primera visita a los Estados Unidos, para presentar mi libro. Me chocaron las señales de decadencia que vi de la Norteamérica rural.

Vi desordenadas casas de madera pudriéndose junto al camino y cercas blancas arrancadas por los vientos. Pasé por comercios clausurados en los centros de los pequeños pueblos, graneros derribados y granjas abandonadas. Las carteleras de las iglesias estaban llenas de ofrecimientos de ayuda para drogadictos y alcohólicos. Y sí, frecuentemente pasaba junto a automóviles con calcomanías de Trump en sus paragolpes y casas con banderas de apoyo a Trump en sus jardines.

La angustia económica y el apoyo a Trump no están desconectados, por supuesto. Áreas significativas de la Norteamérica rural están quebradas, en estado económico terminal, a medida que la producción de alimentos se traslada a algún otro lugar donde supuestamente se hace de manera más eficiente. En muchas áreas, nada reemplazó a las viejas industrias. Éste es un ciclo de degeneración que pone a millones de personas del lado equivocado de la historia económica.

Los economistas dicen que cuando el mundo cambia la gente se adaptará, se mudará y cambiará para encajar en este mundo nuevo. Pero por supuesto, los seres humanos reales con frecuencia no hacen eso. Se aferran a los lugares que aman y su identidad permanece atada a las cosas viejas e ineficientes que solían hacer, como ser obreros metalúrgicos o granjeros. A menudo, sus experiencias no son transferibles de ninguna forma y no tienen ningún interés en las nuevas oportunidades. Entonces esta gente queda atrás.

Me pregunto a mí mismo qué haría si no produjese ovejas o si no pudiese seguir criando ovejas. No tengo idea.

Tal vez no debería meterme en cómo los norteamericanos conducen sus negocios y lo que piensan sobre la economía. Sin duda debería volver a mi casa en las montañas aquí en Cumbria y cerrar la boca. Pero durante mi vida entera, mi propio país ha aceptado sin chistar el modelo norteamericano agropecuario y de comercialización de alimentos, mayormente pensando que era el camino del progreso y del curso natural del desarrollo económico. Como resultado, el futuro norteamericano es, por defecto, el nuestro.

Es un futuro en el cual la producción agropecuaria y de comida ha cambiado y está cambiando radicalmente—según creo, para peor. Por lo tanto veo el futuro con una mirada escéptica. Todos nos hemos convertido en tan consumidores de baratijas que damos por sentado los bajos precios de la comida y, de alguna manera, no podemos ver la conexión entre estos precios de baratija que pagamos con la incapacidad de nuestros hijos para conseguir un trabajo con sentido a un salario decente.

Nuestra demanda de comida barata está matando el “sueño americano” de millones de personas. Entre sus efectos colaterales, está creando terribles problemas de salud como la obesidad y las infecciones resistentes a los antibióticos, y está destruyendo los hábitats de los cuales depende la vida salvaje. También concentra vastas riquezas y poder en cada vez menos manos.

Tras mi viaje a la Norteamérica rural, regresé a mis ovejas y a mi vida extrañamente arcaica. Estoy rodeado de belleza, de una comunidad y de una manera vieja de hacer las cosas que ha funcionado bastante bien durante muchísimo tiempo. He regresado a casa convencido de que es tiempo de pensar con cuidado, tanto dentro como fuera de los EE.UU., acerca de la comida y la producción agropecuaria, y sobre qué clase de sistema deseamos.

El futuro que nos han vendido no funciona. Aplicar los principios de la fábrica al mundo natural no funciona. Una granja es más que una empresa. La comida es más que un commodity. La tierra es más que un recurso mineral.

A pesar del creciente tamaño del problema, ningún político importante durante décadas se ha ocupado con seriedad del problema rural o de la alimentación. Con la campaña presidencial terminada y con una presidente en la Casa Blanca a quien los kentuckianos rurales ayudaron a elegir, el nuevo establishment político debería comenzar a pensar en esto cuidadosamente.

De repente, la Norteamérica rural importa. Importa para todo el mundo.

Edificio abandonado en Owsley County, Kentucky. [Mario Tama/Getty Images]


*James Rebanks es el autor del libro de memorias “The Shepherd’s Life: Modern Dispatches From an Ancient Landscape”.
[https://www.nytimes.com/2017/03/01/opinion/an-english-sheep-farmers-view-of-rural-america.html?_r=0]

martes, 5 de enero de 2016

Encontrando la libertad en tu bolsillo




Como muchos otros, encuentro algo perturbadora la reciente Conferencia sobre Cambio Climático de las Naciones Unidas. Y, como no mucha gente, mi preocupación tiene poco o nada que ver con el cambio climático en sí mismo. Si el calentamiento global está sucediendo realmente o no, y si está sucediendo, si ello es por la contaminación generada por el hombre, es un asunto interesante y, de hecho, importante. Sin embargo, existe otro peligro que la Conferencia de la ONU destacó que sería peligroso para nosotros subestimar, esto es el peligro de un Gobierno Mundial aún en embrión que está desarrollándose ante nuestros ojos. Cuanto más poder y espacio se le da a las Naciones Unidas, o que ella se toma para sí, tanto más cerca estamos de un mundo en el que nosotros, como individuos, no tengamos libertad política.

Una de las más grandes amenazas para nuestra libertad es el problema de la progresiva centralización del poder en formas cada vez más grandes de gobierno que están cada vez más alejadas de la gente y que cada vez menos responden, en la práctica, a la voluntad de la gente. En otras palabras, poniendo el asunto en términos toscos, el mundo en el que vivimos se está haciendo progresivamente menos democrático a medida que su gobierno se hace progresivamente más grande. Así, por ejemplo, la progresiva centralización de poder en entes supranacionales, tales como la Unión Europea o las Naciones Unidas, representa una salida desde una genuina democracia hacia una tiranía globalista en la cual las masas plebeyizadas sean efectivamente menos poderosas, sin importar si tienen el derecho a votar en elecciones cada vez menos significativas.

El mismo principio se aplica mucho más cerca en la centralización progresiva del poder en manos del cada vez más grande gobierno nacional, que continuamente y habitualmente usurpa los derechos de las familias y las comunidades locales en su obsesiva y maníaca búsqueda de imponer su ideología todo terreno a todos.

Para hacer las cosas aún peor, estos gobiernos monstruosos son asistidos y alentados en su usurpación de poder por entes económicos supranacionales, como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y las grandes corporaciones globales, cada una de las cuales trabaja con las instituciones políticas supranacionales para “armonizar” el mundo de una manera en que el Gran Gobierno y el Gran Negocio gobiernen el nido para su mutuo beneficio y a expensas de la libertad política de la gente ordinaria.

Frente a tal alianza nada santa de poderes megalíticos sería fácil bajar los brazos desesperados o levantar las manos para rendirse. Y aún así no hay necesidad realmente de hacerlo. Los enemigos de la libertad pueden ser poderosos pero sus amigos no son para nada débiles. En vez de bajar los brazos y levantar las manos, simplemente tenemos que empezar a ponerlos en nuestros bolsillos de modo que podamos soltar el poder que aún guardamos en nuestra billetera. Tenemos que educarnos y educar a otros para ver cada peso que gastamos de manera correcta es un voto por el tipo de mundo en el que queremos vivir, del mismo modo en que cada peso gastado de forma incorrecta es un voto por la clase de mundo en la que nos encontramos. De hecho, cada peso que gastamos es más poderoso que nuestro voto, ya que un peso nos garantiza que obtengamos aquello por lo que pagamos mientras que un voto no nos garantiza que nos den aquello por lo que votamos. En otras palabras, cada vez que metemos las manos en nuestros bolsillos estamos excavando en busca de nuestra libertad o nos estamos enterrando en nuestra tumba política, dependiendo de si gastamos como sabios o como tontos.



miércoles, 16 de julio de 2014

Producto Nacional Bruto

[Tomado del cuaderno de bitácora Firmus Et Rusticus.]



Durante los años posteriores a la segunda guerra mundial, el crecimiento económico, es decir, el incremento del PNB (producto nacional bruto), se convirtió en el test del buen funcionamiento económico de un país y, en cierta medida, de su virtud nacional. Se decía de un país que iba bien o mal según que la tasa de crecimiento de su PNB fuese más rápida o más lenta. A tal punto llegaban las cosas, que cuando un economista o un político se presentaban a las puertas del paraíso, san Pedro sólo les hacía una pregunta: «¿Qué habéis hecho por vuestro PNB?». [...] En realidad, la importancia del PNB ha sido más bien sobrevalorada.

¿Acaso porque es necesariamente incompleto y no puede medir más que una parte de las cosas de la vida?

En parte sí. El PNB no incluye sino aquello que puede ser cuantificado. Si yo trabajo a mi satisfacción, como debe hacerlo un profesor de Harvard, mi producción, en forma del sueldo que percibo, se contabiliza en el PNB.

Pero mi mujer, que realiza un trabajo mucho más duro ocupándose de nuestra familia y de nuestra casa, no es tomada en cuenta por el hecho de que no percibe un salario. Una buena manera de hinchar el PNB sería incluir en él el trabajo no retribuido de las mujeres. Y puesto que estamos con el sexo, existen otras singularidades. Una mujer de la vida que haga pagar sus afectos contribuye al PNB, al menos en principio. Ahora bien, una amante que ame y sea amada está excluida.

Pero tomemos un ejemplo más serio. Una ciudad bien cuidada cuyos parques sean arreglados y cuyas calles se distingan por su limpieza y seguridad puede tener una incidencia menor en el PNB que una ciudad que carezca de todas estas cualidades pero en la que la industria y el comercio sean más activos. [...]
Es evidente que no se puede cuantificar el placer de vivir en una ciudad tranquila, de pasearse por bellos jardines y calles seguras. Tampoco se puede medir el amor verdadero.

Ésta es la razón por la que no se tiene en cuenta todo esto, lo que es completamente arbitrario. Sin duda, hay muchas cosas no cuantificables que nos proporcionan una satisfacción mucho mayor que lo que puede ser medido.

¿Se aplica esto también al arte?

El arte, el amor, un marco de vida agradable, autopistas en las que el paisaje no esté desfigurado por horribles paneles publicitarios. Todas estas cosas nos proporcionan bastante placer, pero escapan al cálculo del PNB.

Se ha dicho que habría que establecer un bienestar nacional bruto más que un PNB. ¿Acaso no sería preferible dar cuenta de la calidad de vida más que de la cantidad de productos?

Algún intento se ha hecho en esta dirección, pero sin gran éxito. ¿Qué unidad de medida podría aplicarse a las satisfacciones y a los placeres de los hombres? Una de las razones por las que el PNB ha progresado poco en Gran Bretaña es que los ingleses confieren más importancia a los valores no cuantificables. Sus campos están mejor atendidos que en cualquier otro país, bastante mejor que en los Estados Unidos e incluso que en Francia. Tienen buenos servicios públicos. El trayecto de la periferia al centro está mejor organizado y es más agradable en Londres que en Nueva York. Por todo esto puede sostenerse con facilidad que el inglés medio disfruta en Londres de un PNB por cabeza inferior pero de un grado de bienestar superior al de un americano medio en Nueva York. [...] El PNB no mide la calidad de vida. Sin embargo, nos da indicaciones útiles acerca de los movimientos de la producción de bienes y servicios. Hay que utilizarlo para lo que nos sirve sin perder de vista lo que se le escapa. [...]

Marx era muy clarividente situando en Alemania el punto de partida del socialismo. Y en el plano puramente material, el desarrollo de Alemania del Este le da la razón. Según ciertas estimaciones, la renta nacional por cabeza es en este país ahora más elevada que en Gran Bretaña. Pero ya hemos visto que el PNB no es la medida del bienestar de un pueblo. En otro caso, ¿para qué serviría el muro de Berlín?”
—J.K. Galbraith, entrevistado por Nicole Salinger en Introducción a la economía, una guía para todos (o casi), 1978.
 

lunes, 1 de octubre de 2012

Sobre el estado de la ciencia económica



El mapa no es el territorio: 
Ensayo sobre el estado de la ciencia económica

John Kay*, Institute for New Economic Thinking, 26 de septiembre de 2011.

La reputación de la ciencia económica y de los economistas, que nunca fue buena, es una de las víctimas de la crisis económica de 2008. La Reina [de Gran Bretaña] no estaba sola cuando preguntó públicamente por qué nadie la había predicho. Una crítica aún más seria es que el debate sobre la política económica que siguió parece una representación del que tuvo lugar tras 1929. La cuestión está en la disyuntiva austeridad presupuestaria versus estímulo fiscal, y las posiciones de los protagonistas son completamente predecibles en base a sus lealtades políticas previas.

El caudillo de los macroeconomistas modernos, Robert Lucas, respondió la pregunta de la Reina en un artículo escrito por invitación en la revista The Economist de agosto de 2009.[1] La crisis no fue predicha, explicaba, porque la teoría económica predice que tal tipo de eventos no pueden ser predichos. Ante una respuesta como esa, un soberano inteligente va a buscar respuestas en otro lado.

Pero no irá a buscarlas al principal socio de Lucas, que está aún menos dispuesto a pedir disculpas. Edward Prescott, como Lucas, un ganador del Premio Nobel, comenzó un reciente discurso ante un grupo de premiados anunciando que “ésta es una buena época para la economía agregada”. Thomas Sargent, cuyo rol en el desarrollo de las ideas de Lucas ha sido decisivo, aún es más duro.[2] Sargent observa que los críticos como Su Majestad “reflejan una triste ignorancia o un desprecio intencional de lo que trata la macroeconomía moderna”. “Cortadle la cabeza”, tal vez. Pero antes de considerar este tipo de respuestas como ridículas, consideremos por qué estos economistas las consideran apropiadas.

En su conferencia ofrecida al recibir el Premio Nobel de Economía en 1995,[3] Lucas describió su modelo básico. Ese modelo se ha desarrollado convirtiéndose en el enfoque dominante de la macroeconomía actual, llamado actualmente equilibrio general estocástico dinámico. En ese paper, Lucas hace los siguientes supuestos (entre otros): todos vivimos por dos períodos, de igual duración, y trabajamos en uno y gastamos en otro; sólo existe una mercancía y no hay posibilidad de atesorarla o invertirla; sólo existe un único tipo homogéneo de trabajo; no existe ningún tipo de mecanismo de apoyo familiar entre las generaciones más vieja y más joven. Y así otras.

Toda ciencia usa supuestos simplificadores irreales. Los físicos describen el movimiento en un plano sin fricción y la gravedad en un mundo sin resistencia aérea. No porque alguien crea que existe un mundo sin fricción o sin aire, sino porque es demasiado difícil estudiar todo a la vez. Un modelo simplificador elimina factores co-fundantes y se enfoca en un asunto particular que sea de interés. Para poner en práctica ese tipo de modelos, uno debe estar dispuesto a volver a incluir los factores excluidos.  Probablemente uno se encontrará con que esta modificación tiene importancia en algunos problemas y no la tiene en otros —la resistencia del aire hace la diferencia cuando se trata de la caída de una pluma, pero no con una bala de cañón.

Pero Lucas y los que lo siguen, se empeñan sin disimulo en un ejercicio muy distinto, de la clase explicada por la filósofa Nancy Cartwright.[4] La característica distintiva de este enfoque es que la lista de supuestos irreales simplificadores es demasiado larga. Lucas fue explícito en cuanto a sus objetivos: [5] “la construcción de un mundo mecánico artificial poblado por robots interactivos como lo que estudia la economía de manera típica”. Una teoría económica, explica, es algo que “puede ser introducido y corrido en una computadora”. Lucas llamó a las estructuras como éstas “economías análogas”, porque son, de alguna forma, sistemas económicos completos. Se parecen al mundo desde lejos, pero un mundo tan rebajado que todo en él es conocido o puede ser fabricado. Estos modelos se parecen a la Tierra Media de Tolkien o a un juego de computadoras como el “Grand Theft Auto” (GTA).

El creer que todo problema tiene una respuesta, incluso y tal vez especialmente si tal respuesta es difícil de encontrar, llena una necesidad muy humana. Por esa razón, mucha gente tiene obsesión con estos mundos artificiales, como los juegos de computadora, en que pueden verse las conexiones entre las acciones y los resultados. Muchos economistas que persiguen este tipo de enfoques son similarmente a-sociales. Probablemente no es un accidente que la economía sea, por lejos, una de las ciencias sociales con mayor proporción de varones.

Uno puede aprender técnicas o adquirir ideas útiles jugando estos juegos, y algunos lo hacen. Si los compiladores son buenos en su trabajo, como lo son, los efectos de sonido, los eventos y los resultados de los juegos de computadora se parecen a los que escuchamos y vemos —pueden, para utilizar un término que Lucas y sus colegas han popularizado, ser calibrados frente al mundo real. Pero esa correspondencia no valida el modelo de ninguna forma. La naturaleza de estos sistemas auto-contenidos es que las estrategias exitosas son el producto de los supuestos hechos por los autores. Obviamente no se puede inferir que las políticas que resultaron en el Grand Theft Auto sean políticas apropiadas para los gobiernos y las empresas.

Sin embargo, esta correspondencia parece ser lo que los proponentes de este enfoque esperan lograr —e incluso dicen haber logrado. El debate entre la austeridad y el estímulo, en los círculos académicos, es en gran parte un debate sobre la validez de una propiedad llamada equivalencia ricardiana, que se observa en este tipo de modelo. Si el gobierno emprende el estímulo fiscal de gastar más o reducir impuestos, la gente se dará cuenta de que esa política significa mayores impuestos o un menor gasto en el futuro. Incluso si creen estar mejor hoy, se verán más pobres en el futuro, y por una cantidad similar. Anticipando esto, se retraerán y el gasto público reemplazará al gasto privado. La política fiscal será, por lo tanto, ineficaz como medio para responder a la dislocación económica.

En una defensa más extendida del enfoque DSGE, John Cochrane, colega de Lucas en Chicago, presenta la tesis de la ineficacia de la política —reconociendo inmediatamente que los supuestos que levanta “son, como es costumbre, obviamente irreales”.[6] Para la mayoría de la gente, eso puede ser el final de la discusión. Pero no lo es. Cochrane prosigue diciendo que “si uno quiere entender los efectos del gasto público, tiene que especificar por qué los supuestos que llevan a la equivalencia ricardiana son falsos”. Ésta es una exigencia razonable, aunque sea demasiado fácil de satisfacer —como el mismo Cochrane reconoce.

Pero Cochrane no se va a rendir tan fácilmente. Sigue diciendo que “los economistas han pasado una generación dándole vueltas a la teoría de la equivalencia ricardiana y calculando los efectos probables del estímulo fiscal a la luz de esta teoría, generalizando los ‘qué pasa si’ e imaginando los ‘por lo tanto’. Justamente ésta es la forma correcta de hacer las cosas.” El programa que describe Cochrane modifica el modelo básico de un modo mecánico que lo hace más complejo, pero no necesariamente más realista, al introducir parámetros adicionales que llevan etiquetas como “fricciones” o “costos de transacción” —del mismo modo que el compilador de un videojuego puede introducir un módulo nuevo o un efecto de sonido adicional.

¿Por qué es ésta “justamente la forma correcta de hacer las cosas”? Existen, al menos, dos formas alternativas de proceder.  Uno podría construir una economía análoga distinta. Joe Stiglitz, por ejemplo, favorece un modelo que retiene muchos de los supuestos de Lucas pero que da importancia crítica a las imperfecciones de la información.[7] Después de todo, la equivalencia ricardiana requiere que los hogares posean mucha cantidad de información acerca de sus futuras opciones presupuestarias o que, al menos, se comporten como si la tuvieran. Una modificación más radical podría ser un modelo basado en agentes, por ejemplo, que asume que los hogares responden rutinariamente a los eventos de acuerdo con reglas específicas de comportamiento. Estos modelos pueden también ser “introducidos y corridos en una computadora”. No es obvio al comienzo —ni en retrospectiva generalmente— si los supuestos, o conclusiones, de estos modelos son más, o menos, plausibles que las del tipo de modelo que favorecen Lucas y Cochrane.

Pero otro enfoque descartaría en su conjunto la idea de que el mundo económico puede ser descripto por un modelo de aplicación universal en que todas las relaciones claves estén predeterminadas. La conducta económica está influenciada por la tecnología y la cultura, las cuales evolucionan de maneras que, si bien no son aleatorias, no pueden ser descriptas totalmente, o tal vez,  no pueden ser descriptas con las variables y las ecuaciones que son familiares para los economistas. Los modelos, al ser empleados, deben por lo tanto especificar su contexto, de la manera sugerida en un libro reciente por Roman Frydman y Michael Goldberg.[8]

En ese mundo ecléctico, la equivalencia ricardiana no es más que una hipótesis sugerente. Es posible que algunos de sus efectos existan. Un puede ser escéptico acerca de si son muchos efectos y sospechar su tamaño depende de un rango de factores co-fundantes y contingentes —la naturaleza del estímulo, la situación política completa, la naturaleza de los mercados financieros y de los sistemas de seguridad social. Esto es lo que la generación de economistas que siguieron a Keynes hicieron cuando estimaron la función de consumo —intentaron medir cuánto del estímulo fiscal se gastaba— y el “multiplicador” que de ello resultaba.

Pero hoy en día uno no puede publicar artículos similares en las buenas revistas de economía. Se le dirá que su modelo es teóricamente inadecuado —carente de rigor, sin demostrar consistencia. Sería acusado del pecado cardinal de ser “ad hoc”. Rigor y consistencia son las palabras más poderosas en la ciencia económica actual.

Tienen virtudes innegables, pero para los economistas tienen interpretaciones particulares. La consistencia significa que cualquier proposición acerca del mundo debe ser hecha a la luz de una teoría descriptiva y comprensiva del mundo. El rigor significa que las únicas afirmaciones válidas son las deducciones lógicas a partir de supuestos específicos. La consistencia es, por lo tanto, una invitación a la ideología, y el rigor es una invitación a la matemática. Esta curiosa combinación de ideología y matemática es el fundamento de lo que con frecuencia llamamos “economía de agua dulce” —nombre que refleja la proximidad de Chicago, y otros centros académicos como Minneapolis y Rochester, a los Grandes Lagos.

La consistencia y el rigor son característicos del enfoque deductivo que saca conclusiones de un grupo de axiomas —y cuya relevancia empírica depende por completo de la validez universal de sus axiomas. Las únicas descripciones que llenan por completo los requisitos de consistencia y rigor son los mundos completos artificiales, como los del Grand Theft Auto, que pueden ser “introducidos y corridos” en una computadora.

Para muchos, el razonamiento deductivo es la marca de la ciencia, mientras que la inducción —en la que el argumento es derivado de la materia objeto— es la característica del método de la historia y la crítica literaria. Pero ésta es una distinción artificial y exagerada. “La primera sirena de la belleza”, dice Cochrane, “es la consistencia lógica”. Parece imposible que cualquiera que conozca los grandes logros de la humanidad —en el arte, en las humanidades o en las ciencias— pueda realmente creer que la primera sirena de la belleza es la consistencia. Ésta no es la forma en que Shakespeare, Mozart o Picasso —o Newton o Darwin— enfocaron su tarea.

El asunto aquí no es, por lo tanto, la matemática contra la poesía. El razonamiento deductivo de cualquier tipo necesariamente se basa en la matemática y la lógica formal. El razonamiento inductivo se basa en la experiencia y, sobre todo, en la cuidadosa observación y puede, o no, hacer uso de la estadística y la matemática. La mayor parte del progreso científico ha sido inductivo: se observan las regularidades empíricas antes de tener una comprensión clara de los mecanismos que las generan. Esto es cierto incluso en las ciencias duras como la física, y más cierto aún en las disciplinas aplicadas como la medicina o la ingeniería. Los economistas que afirman que las únicas prescripciones válidas de política económica son las deducciones lógicas de un sistema axiomático completo, siguen las recetas de doctores que, con frecuencia, no saben de esas medicinas mucho más de que aparentemente sirven para tratar esa enfermedad. Esos médicos son “ad hoc” sin vergüenzas; aunque tal vez pragmático es un término mejor. Con ironía exquisita, Lucas está a cargo de la cátedra John Dewey, el teórico del pragmatismo norteamericano.

Tal vez se puede criticar a los ingenieros y a los doctores por dar demasiada ponderación a su propia experiencia y a sus observaciones personales. Con frecuencia son escépticos, no sólo respecto a la teoría, sino también en relación a datos que no hayan relevados ellos mismos. Por el contrario, la mayoría de los economistas modernos no realizan observaciones personales de ningún tipo. El trabajo empírico de la ciencia económica, del que hay bastante, consiste predominantemente en el análisis estadístico de grandes series de datos compilados por otra gente.

Pocos economistas modernos, por ejemplo, monitorearían la conducta de Procter & Gamble, recolectarían datos del mercado del acero, u observarían el comportamiento de los corredores de valores. El economista moderno es un médico clínico sin pacientes, un ingeniero sin proyectos. Y dado que estos economistas no parecen relacionarse con los asuntos que preocupan a las empresas reales y a los hogares reales, los clientes no llegan.

Sin embargo, existen muchos trabajos bien remunerados para los economistas fuera de la academia. Ya no en empresas industriales y comerciales, que mayormente han decidido que los economistas no les sirven. Los economistas empresariales trabajan en instituciones financieras, que principalmente los usan para entretener a sus clientes en el almuerzo o hacer publicidad de sus bancos en entrevistas televisivas. Las consultoras económicas emplean a economistas que escriben panfletos dirigidos a los economistas que trabajan en el gobierno o en agencias regulatorias.

El desprecio mutuo entre el economista y la gente práctica no es el resultado del desinterés de la gente práctica en los asuntos económicos —están obsesionados con ellos. Frustrados, basan sus ideas macroeconómicas en un razonamiento inductivo rudimentario, como en los intentos de encontrar algún patrón elemental en los datos —¿la recesión tendrá la forma de una “V” o de una “L”? El libro Freakonomics,[9] que aplica pensamiento analítico simple a los problemas diarios, ha sido un best-seller por muchos años. Ideas elegantemente etiquetadas que resuenan con la experiencia reciente —como el momento Minsky, el punto crítico [10], el Cisne Negro [11]— son absorbidas entusiastamente por la cultura popular.

Si mucho del trabajo de investigación moderna de la profesión del economista está, por lo tanto, desconectada del mundo diario de las empresas y las finanzas, lo mismo puede decirse de lo que se enseña a los alumnos. La mayoría de los finalizan un curso de grado de economía hoy no está equipada para leer el Financial Times. Pueden importar datos del PBI o del índice de inflación minorista desde un paquete estadístico, y lo habrán hecho ya, pero no tienen idea de dónde provienen esos números. Apenas estarán mejor preparados que la gente de la calle para responder a preguntas como “¿por qué las industrias nacionalizadas en Francia fueron más eficientes que las nacionalizadas en Gran Bretaña?”, “¿por qué un maestro de escuela en Suiza recibe un mejor salario que uno en la India?”, o la vieja pregunta filtro de examen, “¿los asientos de cine en Londres son caros porque los alquileres en Londres son caros o viceversa?”

En una defensa muy comentada de su reciente educación de postgrado, Kartik Athreya explica —aprobándolo— que “la mayor parte de mi trabajo de primer año (del doctorado) consistió en escribir definiciones tediosas de resultados internamente consistentes. No analizarlos, sólo definirlos”.[12] Muchas disciplinas incluyen la tediosa adquisición repetitiva de conocimientos básicos —pensemos en el derecho o la medicina— ¿pero puede ser correcto que la esencia de la capacitación avanzada en economía consista en el chequeo de definiciones de consistencia?

Un informe sobre la enseñanza de la economía de hace dos décadas concluyó que los estudiantes debían aprender a “pensar como economistas”. Pero “pensar como economista” se ha llegado a ser interpretado como la aplicación del razonamiento deductivo sobre la base de un conjunto particular de axiomas. Otro premio Nobel de Chicago, Gary Becker, ofrece la siguiente definición: “la combinación de supuestos de conducta maximizadora, equilibrio de mercado y preferencias estables, utilizados de manera continua y consistente, constituyen el centro del enfoque económico”.[13] El Nobel de Becker le fue otorgado por “haber extendido el dominio del análisis microeconómico a un amplio abanico de conductas económicas”. Pero tal extensión no es un fin en sí misma: su valor sólo puede descansar en nuevos estudios de esas conductas.

“El enfoque económico” descripto por Becker no es, en sí mismo, absurdo. Lo que es absurdo es pretender la exclusividad como él hace: la deducción a priori de un conjunto particular de supuestos simplificadores irreales no es una buena herramienta sino “el centro del enfoque económico”. La exigencia de universalidad va adherida a los requerimientos de consistencia y rigor. Creyendo que la economía es como suponen que es la física —en forma no necesariamente correcta—, los economistas como Becker consideran una teoría científicamente válida como una representación de la verdad —una descripción del mundo que es independiente del tiempo, el lugar, el contexto o el observador.  Eso es lo que Prescott tiene en mente al insistir en el término “economía agregada” en vez de macroeconomía —sólo existe una única economía, explica.

El requisito de universalidad, unido al supuesto de consistencia, lleva a la hipótesis de las expectativas raciones y a un conjunto de argumentos agrupados bajo la rúbrica de “la crítica de Lucas”. Si existiese un modelo universal como ése del mundo económico, los agentes económicos deberían comportarse como si tuvieran conocimiento del mismo o, al menos, como si contasen con todo el conocimiento de aquél que está disponible, sino su conducta maximizadora sería inconsistente con las predicciones del modelo. Éste es un argumento de reductio ad absurdum que demuestra la imposibilidad de cualquier modelo universal —dado que las implicancias de la conclusión de la conducta de todos los días son ridículas, el supuesto de un modelo universal es falso.

Pero ésta no es la forma en que dicho argumento ha sido interpretado. Dado que los seguidores de este enfoque creen fuertemente en la premisa—negar que exista un único modelo pre-especificado que determine la evolución de las series económicas sería, según ellos, negar que pueda existir una ciencia económica— aceptan la conclusión de que las expectativas sean conformadas por un proceso consistente con el conocimiento general de ese modelo. Bajo ningún aspecto es la primera vez que gente cegada por la fe o la ideología han seguido premisas falsas hacia conclusiones absurdas —y, como sus predecesores religiosos y políticos, han llegado a creer que aquéllos que no están de acuerdo lo hacen por “triste ignorancia o desprecio intencional”.

Sin embargo, esto no es ciencia, sino lo opuesto. La ciencia practicada apropiadamente siempre es provisoria y abierta a revisión a la luz de nuevos datos o la experiencia; pero la mayoría de la macroeconomía moderna tortura los datos para demostrar la consistencia de una cosmovisión a priori o elabora la definición de racionalidad para hacerla consistencia con cualquier conducta observada.

Esta falacia es bien descripta por Donald Davidson:

“Tal vez es natural pensar que existe una única forma de describir las cosas que llega a su naturaleza esencial, ‘una interpretación del mundo que es correcta’, y, una descripción de ‘la realidad como es en sí misma’. Por supuesto que no existe una ‘interpretación’ o descripción única, ni siquiera en el o los idiomas que dominemos, ni en ningún lenguaje posible. O tal vez deberíamos sólo decir que ésta es una idea sobre la cual nadie ha pensado lo suficiente.” [14]

Y los economistas no han pensado lo suficiente en esto, aunque han sido persistentes intentándolo.

Los modelos económicos no son más, ni menos, que abstracciones potencialmente iluminadoras. Otro filósofo, Alfred Korzybski, lo pone en términos sintéticos: “el mapa no es el territorio”.[15] La economía no es una técnica en busca de problemas sino un conjunto de problemas en busca de una solución. Estos problemas son variados y las soluciones serán inevitablemente eclécticas.

Esto es cierto especialmente al analizar la crisis del mercado financiero de 2008. La afirmación de Lucas de que “nadie pudo haberla predicho” contiene una verdad importante, aunque parcial. No existe base objetiva para predicciones del tipo “Lehman Brothers será liquidada el 15 de septiembre”, porque si así fuese, la gente actuaría con esa expectativa y, muy probablemente, Lehman sería liquidada inmediatamente. El mundo económico, mucho más que el mundo físico, está influenciado por sus propias creencias acerca de él mismo.

Esta forma de pensar lleva, como explica Lucas, directamente a la hipótesis del mercado eficiente —la información disponible ya está incorporada en el precio de los títulos valores. Y ciertamente hay una cuota sustancial de verdad en esto—las posibilidades de crecimiento de Apple y Google, los problemas de Grecia y la Eurozona, todos están reflejados en los precios de las acciones, los bonos y las divisas. La hipótesis del mercado eficiente es una idea iluminadora, pero no es “la realidad en sí misma”. La información se refleja en los precios, pero no necesariamente de manera correcta o completa. Existe una enorme diferencia entre comprender y creer, y las diferentes percepciones acerca del futuro apenas si son perceptibles.

En su respuesta en The Economist, Lucas reconoce que se han descubierto “excepciones y anomalías” de la hipótesis de mercado eficiente, “pero que a los fines de los análisis y pronósticos macroeconómicos son demasiado pequeñas para importar algo”. ¿Cómo puede alguien prever por adelantado no sólo esta crisis sino también cualquier crisis futura, si las excepciones y las anomalías de la hipótesis de mercado eficiente son “demasiado pequeñas para importar algo”?

Se puede aprender bastante acerca de los desvíos a la hipótesis de la eficiencia de mercado y del rol que éstos jugaron en la reciente crisis financiera, a partir de las descripciones periodísticas realizadas por gente como Michael Lewis [16] y Greg Zuckerman [17] que relatan las acciones de algunos individuo que sí los predijeron. El gran volumen de material de este tipo que ha aparecido sugiere distintos caminos que podemos explorar para comprender. Podríamos desarrollar modelos en los que algunos agentes comerciales tienen incentivos alineados con los de los inversores que los financian y otros no. Podríamos describir cómo los precios son productos del choque entre narraciones que compiten entre sí para explicar el mundo. Podríamos apreciar las reacciones humanas naturales que hacen difícil mantener posiciones cortas [es decir, sin la posesión del activo subyacente] cuando éstas generan pérdidas trimestre tras trimestre.

Este pensamiento pragmático, que emplea numerosas herramientas, es una forma mejor de comprender el fenómeno económico que “la combinación de supuestos de conducta maximizadora, equilibrio de mercado y preferencias estables, utilizados de manera continua y consistente” —y la exclusión de cualquier otro enfoque “ad hoc”. Un análisis más ecléctico requeriría no sólo de una lógica deductiva sino también de la comprensión de la formación de los procesos de creencias, de la antropología, de la psicología y del comportamiento organizacional, y de la meticulosa observación de lo que la gente, las empresas y los gobiernos hacen realmente. No se puede aprender nada acerca de cómo estas cosas influyen en los precios con la premisa de que los desvíos a una teoría específica de la determinación de precios son “demasiado pequeños para importar” porque todo lo que es conocible ya es sabido y, por lo tanto, está “en el precio”. Y ésta es la razón por la cual los estudiantes, de hecho,  no aprenden nada de estas materias, excepto tal vez mediante las lecturas extracurriculares.

Lo que Lucas quiere significar cuando afirma que los desvíos son “demasiado pequeños para importar” es que los intentos de construir modelos generales a partir de los desvíos a la hipótesis del mercado eficiente —especificando reglas mecánicas de transacciones o desarrollando ecuaciones para identificar burbujas en los precios de activos financieros— no han tenido demasiado éxito. Pero esto es equivocar el tiro: el jugador experto de billar realiza un juego casi perfecto [18], pero son las imperfecciones de juego entre los expertos las que determinan el resultado del partido. Hay un cierto sentido—trivial—en el cual los desvíos en los mercados eficientes son demasiado pequeños para importar —y hay otro sentido, más importante, donde los desvíos son lo principal que importa.

La afirmación de que la mayoría de las oportunidades de ganancias en los negocios o en los mercados de títulos valores ya han sido aprovechadas está justificada. Pero es la búsqueda de oportunidades de negocios que no han sido aprovechadas las que llevan adelante los negocios, la creencia de que aún existen oportunidades de ganancias que no han sido arbitradas es la que explica por qué aún se negocian tantos títulos valores. Lejos de ser “demasiado pequeños para importar”, estos desvíos de los supuestos del mercado eficiente, no necesariamente grandes, son la dinámica de la economía capitalista.

Estas anomalías son idiosincrásicas y no pueden, por su propia naturaleza, ser derivadas de deducciones lógicas a partir de un sistema axiomático. La característica distintiva de un Henry Ford, un Steve Jobs, un Warren Buffett o un George Soros es que sus conductas no pueden ser predichas por ningún modelo pre-especificado. Si el comportamiento de estos individuos pudiese ser predicho de esta forma, no hubiesen sido innovadores ni ricos. Por eso las consecuencias no son simplemente “demasiado pequeñas para importar”.

La afirmación prepostera de que los desvíos de la eficiencia del mercado no sólo son irrelevantes en la reciente crisis sino que nunca podrían ser relevantes, es el producto de un medioambiente en el que la deducción ha reemplazado a la inducción y en el que la ideología ha tomado el lugar de la observación. La creencia en que los modelos no sólo son herramientas útiles sino incluso capaces de producir descripciones comprehensivas y universales del mundo, han cegado a sus proponentes ante realidades que les dan en la cara. Esa ceguera fue un elemento de la crisis actual y condiciona nuestras aún ineficaces respuestas. Los economistas—tanto en la función pública como en la academia—estuvieron jugando obsesivamente al Grand Theft Auto mientras que el mundo a su alrededor se desmoronaba.




* John Kay es un economista británico (n. 1948 en Edinburgo, Escocia). Educado en Oxford, donde fue profesor durante 8 años, pasó luego al Instituto de Estudios Fiscales durante similar período. Ingresó posteriormente a la London Business School y fundó la consultora London Economics. Cuando la Universidad de Oxford creó su Escuela de Negocios, fue designado su primer director; pero renunció a los 2 años por diferencias con las autoridades. Desde entonces, además de consultor, dicta conferencias y contribuye regularmente al Financial Times. Su último libro, en el terreno de la divulgación, es Obliquity: Why our goals are best achieved indirectly, donde demuestra por qué las empresas que van detrás de objetivos económicos terminan perdiendo vigor y decayendo, mientras que aquéllas que persiguen la excelencia en lo que hacen, luego consiguen el éxito económico necesario.
[1] Robert Lucas, “In defence of the dismal science”, The Economist, 6 de agosto de 2009.
[2] “Interview with Thomas Sargent”, The Region: Banking and Policy Issues Magazine (The Federal Reserve Bank of Minneapolis), agosto de 2010.
[3] Robert Lucas, “Monetary Neutrality”, Prize Lecture to the Memory of Alfred Nobel, 7 de diciembre de 1995, Nobel Lectures: Economics 1991-1995 (Singapore: Torsten Persson/World Scientific Publishing, 1997).
[4] Nancy Cartwright, Hunting Causes and Using Them: Approaches in Philosophy and Economics (Cambridge: University Press, 2007).
[5] Robert E. Lucas Jr., “On the mechanics of economic development”, Journal of Monetary Economics, vol. 22, issue 1, Julio de 1988, pp. 3-42.
[6] John H. Cochrane, “How did Paul Krugman get it so Wrong?”, Chicago Faculty Research Paper, 16 de septiembre de 2009.
[7] Joseph E. Stiglitz y Andrew Murray Weiss, “Credit Rationing in Markets with Imperfect Information”, American Economic Review, vol. 71, issue 3 (1981), pp. 393-410.
[8] Roman Frydman y Michael D. Goldberg, Imperfect Knowledge Economics: Exchange Rates and Risk (Princeton: University Press, 2007).
[9] Steven D. Levitt y Stephen J. Dubner, Freakonomics: A Rogue Economist Explores the Hidden Side of Everything (Nueva York: Harper Collins, 2005).
[10] Malcolm Gladwell, The Tipping Point: How Little Things Can Make a Big Difference (Nueva York: Little, Brown & Co., 2000).
[11] Nassim Nicholas Taleb, The Black Swan: The Impact of the Highly Improbable (Nueva York: Random House, 2007).
[12] Kartik Athreya, “Economics is Hard: Don’t Let Bloggers Tell You Otherwise”, Research Department, Federal Reserve Bank of Richmond, 17 de junio de 2010.
[13] Gary S. Becker, The Economic Approach to Human Behavior (Chicago: University Press, 1978).
[14] Robert B. Brandom (Ed.), Rorty and His Critics (Malden, MA: Blackwell, 2000).
[15] Alfred Korzybski, A Non-Aristotelian System and its Necessity for Rigour in Mathematics and Physics, Paper presentado ante la American Mathematical Society, en Nueva Orleans, el 28 de diciembre de 1931.
[16] Michael Lewis, The Big Short: Inside the Doomsday Machine (Nueva York: W. W. Norton, 2010).
[17] Gregory Zuckerman, The Greatest Trade Ever: The Behind-the-Scenes Story of How John Paulson Defied Wall Street and Made Financial History (Nueva York: Crown Business, 2009).
[18] El famoso ejemplo utilizado por Milton  Friedman y L. J. Savage, “The Utility Analysis of Choices Involving Risk”, The Journal of Political Economy, vol. LVI, number 4 (Agosto, 1948).

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