| Cribb en su taller de Ditchling [FUENTE: The Eric Gill Society.] |
Foto: Ditchling en la década de 1920
viernes, 24 de febrero de 2012
Ditchling: Joe Cribb
miércoles, 3 de noviembre de 2010
Distributismo (iv)
[Escrito original de Karl Jahn. Traducción, títulos y notas de la Liga Distributista.]
La persona, la familia, el hogar y la comunidad como claves de interpretación
El distributismo se dirigía a mejorar la condición espiritual del pueblo tanto como su condición material y política, asegurando que los hombres tengan suficiente seguridad material, comodidades y tiempo libre como para vivir una vida humana completa. Pero más allá de esto, se dirigía a infundir de valores espirituales la vida ordinaria misma, incluyendo el trabajo.
El control espiritual sobre el entorno de uno es al menos tan importante como el control físico sobre los medios de subsistencia. Los distributistas creían que un hombre se siente más feliz, más digno y más imagen de Dios, cuando (por ejemplo) el sombrero que lleva es su propio sombrero; y no sólo su sombrero, sino su casa, el piso que camina y así sucesivamente. La propiedad es algo sobre lo que el hombre impone, y con ello expresa, su personalidad —aquello a lo que puede imprimirle su propia imagen—. Sin la propiedad, el hombre no sólo está empobrecido, sino que también está deshumanizado.
Por esa razón, el hombre se ve también deshumanizado por la avaricia y el consumismo —lo que lo lleva a adquirir propiedad sin límite, subordinando todas las preocupaciones humanas a las demandas brutales del frío y duro dinero—. El individualista moderno está perdido en una bruma de abstracciones a la deriva, ve libertad donde los hombres están realmente sometidos a la servidumbre, ve independencia donde los hombres están en realidad confinados a la especialización del hormiguero, ve iniciativa individual donde los hombres están realmente sometidos a una rutina aburrida.
El artesanado y la agricultura campesina eran ideales distributistas porque son ocupaciones creativas, más que meramente productivas, que han sido destruidas por el desalmado sistema de fábricas. Esto se ve demostrado históricamente por el hecho de que no existe algo así como un “Arte Proletario”, al mismo tiempo que sí existe y muy enfáticamente algo como un “Arte Campesino”. Esto explica porqué las políticas económicas propuestas para el Estado distributivo giran en torno a la tierra y las guildas: esto es, la restauración del campesinado y el establecimiento del control popular sobre el resto de la industria.
Casi tan importante, en el esquema distributista de las cosas, son las instituciones interrelacionadas del matrimonio, la familia y el hogar. Dado que cada individuo está incompleto, la familia es la unidad básica de la sociedad, en la cual el varón y la mujer, el anciano y el joven, se unen como partes complementarias de un todo. Las disposiciones de la raza humana para reproducirse son apenas menos importantes que las disposiciones de ella para producir su subsistencia. Estas disposiciones deben ser estables, estar bien protegidas y, sobre todo, privadas. Del mismo modo que el sacramento del matrimonio es una garantía espiritual para la seguridad de la familia, la casa privada es su garantía material (propietaria). De hecho, “el reconocimiento de la familia como la unidad del Estado es el centro del Distributismo. La insistencia en la propiedad para proteger su libertad es lo periférico.”
El hogar, como el pequeño comercio o el minifundio, es un lugar de privacidad y poder individual, tanto para el varón como para la mujer. Consecuentemente, es absurdo hablar de “emancipar” a la mujer del hogar. “No daría a la mujer más derechos, sino más privilegios. En vez de enviarla a buscar la libertad tal como la proveen los bancos y las fábricas, diseñaría una casa en la cual ella pueda ser libre.” En el Estado distributista ideal, también los varones podrán trabajar en casa —en sus propios terrenos o en sus propios tallerres—. La idea distributista de que el trabajo de la mujer es distinto al trabajo del hombre está con seguridad fuera de moda, pero es tan buena como importante. Tanto para el varón como para la mujer, el trabajo debe ser creativo y significativo. La domesticidad no puede ser degradante, pues ¿qué puede ser más digno que cuidar y educar a seres humanos jóvenes?
Más allá de la misma familia, los distributistas tenían a la comunidad campesina como el ideal social, una sociedad que es “comunal pero no comunista”. Como siempre, prefiriendo el ejemplo concreto a la idea abstracta, Chesterton declaró que “no existe palabra más noble en toda la poesía que pub”. Esto nos provee con un tercer lugar para la libertad, fuera del hogar y del trabajo, la que nutre “el espíritu masculino de igualdad” —la igualdad de la camaradería genuina, espontánea porque tradicional, a diferencia de la “camaradería” falsa y forzada del socialismo—.

Or if ever I grow to be old,
I will build a house with deep thatch
To shelter me from the cold,
And there shall the Sussex songs be sung
And the story of Sussex told." *
martes, 2 de noviembre de 2010
El Movimiento de Artes y Artesanías en un nuevo libro
viernes, 22 de octubre de 2010
Las aplicaciones inglesas de la Estética de Maritain: Eric Gill y David Jones (iii)
Aidan Nichols, O. P., Redeeming Beauty: Soundings in Sacral Aesthetics (
Modelo del artesano maritaniano: Eric Gill
Todo esto del mensaje de Maritain se puede aplicar pertinentemente a Eric Gill. Gill nació en 1882 en Brighton, hijo de un ministro de una pequeña comunidad no-conformista llamada “Connexion” de la Condesa de Huntingdon. Tras trabajar como aprendiz de arquitecto, su formación profesional derivó a la escultura en el Westminster Technical Institute y la caligrafía —bajo la supervisión del principal cultor inglés de este arte, Edward Johnston— en la Central School of Arts and Crafts. Inmediatamente encontró su verdadera vocación: como tipógrafo, tal vez el más grande de los tiempos modernos. Se casó, y se mudó desde el Londres urbano a una aldea de Sussex llamada Ditchling que creía mejor para hacer crecer a la familia. Su carrera como escultor, comenzada en 1909, reflejaría sus estudios caligráficos: visualizaba las figuras de perfil, no como volúmenes interrelacionados. Comenzó a ocuparse del arte del grabado que, junto con la acuarela, es históricamente la fuerza principal del arte inglés, con vínculos con la caligrafía y la escultura de la forma que Gill las concebía. En 1913 fue recibido en la Iglesia Católica, habiendo llegado a creer (en palabras de su amigo Donald Attwater) que ésta era “la Iglesia de la tradición cristiana más antigua —algo que enseña las necesarias verdades acerca de los primeros principios y el último fin del hombre—”. [1] En Ditchling comenzó su larga vinculación con la Orden de Predicadores, así como su aceptación de los principios de la filosofía y la teología de Santo Tomás de Aquino. Canalizó su entusiasmo por Tomás en dos áreas: la consideración, a la luz de la doctrina tomista del ars, de la cultura material de la civilización del siglo XX (fundamentalmente incompatible con el bien natural del hombre como lo creía Gill), y el tema relacionado del hombre en la sociedad —¿cómo llevar una vida íntegra, y por lo tanto, al menos potencialmente, santa, en la ciudad humana?—. Su mudanza desde Sussex hasta las montañas de Gales en Capel-y-ffin (dictada por el deseo de escapar de los curiosos, y también, como devela una reciente biografía, la creciente preocupación en Ditchling por su antinomianismo sexual [2]) y subsecuentemente el marco más lírico, a la vez que más accesible a Londres, en las colinas de Chiltern: estas mudanzas ocultan la homogeneidad esencial de su vida como artista, ensayista y conferencista sobre cuestiones sociales hasta su repentina muerte de cáncer de pulmón en 1940.
El anterior aprendizaje de Gill como artesano nos ofrece una pista importante acerca de la aplicación que pudo hacer de Art et Scolastique. El Movimiento inglés de Artes y Artesanías, con raíces en la obra de William Morris y, antes, en la de John Ruskin, fue un asunto inseparablemente estético y social. Gill había conocido al verdadero fundador de Ditchling, el trabajador social convertido en editor e imprentero Hilary Pepler, como vecino durante los comienzos de su vida de casado en Hammersmith: era emblemático que una imprenta manual de hierro usada en Ditchling había pertenecido a Morris en su famosa “Kelmscott Press” en el mismo distrito de Londres. Sin Morris ni Ruskin, el fenómeno Gill —y cómo Gill leyó y utilizó la estética de Maritain— sería difícil de entender.
Morris había aprendido leyendo The Stones of Venice de Ruskin —así como Past and Present de Thomas Carlyle, un estudio inmortal de una comunidad monástica—. En palabras de uno de los intérpretes de su pensamiento, Morris comprendió cómo:
La Edad Media había sido mucho más que caballería feudal y arte gótico: había sido un modo de vida coherente con una profunda comprensión de los deberes sociales y comunales, y su arte era la expresión de la vida libre y feliz de sus artesanos. [3]
Ruskin, el mentor de Morris, había atacado la división del trabajo manual e intelectual que promovía la sociedad a la que él se refirió como de:
Pensadores mórbidos y obreros miserables… Sería bueno [opinaba Ruskin] si todos nosotros fuésemos buenos artesanos de alguna clase y que el deshonor del trabajo manual fuese completamente erradicado.[4]
Desde la postura de Morris como artesano-diseñador, Ruskin había llegado a la percepción crucial de que, bajo las condiciones de la fábrica moderna, el trabajo no podía ser otra cosa que mecánico y descuidado. Como para Gill, sus escritos, sus discursos y todo su bien difundido estilo personal podrían considerarse como un comentario extenso de las palabras de Ruskin. [5]
En Gill, la tradición “gótica”, a la vez social y estética, originada en último término con A. W. Pugin a comienzos del renacimiento cultural católico victoriano, se vio enriquecida por otras contribuciones, como repatriadas, sobre su suelo nativo tomista. La clave de esta tradición era la inseparabilidad de la estética y la ética social. El arte medieval, como había afirmado Morris, debía su grandeza a su base social. En sus palabras:
Era común a todo el pueblo; era gratuita, progresiva, esperanzada, llena de sentimientos y humor humanos;… el producto del sentir corporativo y social, la obra no de un individuo sino de un genio colectivo; la expresión de un gran cuerpo de hombres concientes de su unión. [6]
La doctrina de Gill fue expuesta tanto en numerosos ensayos, gradualmente recopilados en un libro, así como en su autobiografía y su correspondencia. Nunca (pensaba) hasta la era del capitalismo industrial se había considerado al deseo de riquezas francamente como el único motivo del trabajo. La “Era de la Máquina” había secularizado al hombre, aboliendo moral e intelectualmente el criterio cristiano de la santidad. Degradaba el placer y el recreo haciendo de ellos algo puramente auto-satisfactorio. Del mismo modo, degradaba el trabajo y la destreza plasmando al primero como algo despreciable y haciendo del segundo algo superfluo, y a través del pago del salario más bajo posible, impidiendo al obrero practicar la limosna. Quitaba la ternura y la humanidad de los objetos hechos y de los edificios que los cobijaban. Esto era inevitable bajo el capitalismo, dado que una sociedad anónima, cuyos inversores no tienen el menor interés en la calidad del trabajo realizado, naturalmente harán de la comerciabilidad la única prueba de la bondad de sus productos. [9] En términos aristotélicos, las prácticas de la Era de la Máquina nunca requieren de la virtud ni la engendran.
Gill describía a las máquinas industriales como patético-cómicas, incongruentes con su entorno humano. Una locomotora a vapor es una caricatura de un caballo de carga, y cuanto más rápido más, cuanto más gracioso se ve, “como una vieja bailarina de ballet representando un hada”. [10] (En realidad, Gill podía admirar la belleza de un motor de avión. Sus limitaciones podrían no haber sido tan severas respecto a la maquinaria de principios del siglo XX, cuando el toque caricaturesco del que se burlaba desapareció casi completamente del diseño industrial de entreguerras.) Citaba aprobándolo a T. S. Eliot:
La vida natural y la vida sobrenatural tienen una conformidad entre ellas que ninguna tiene con la vida mecánica. [11]
La consecuencia en el hogar —en la ropa, el mobiliario, el aspecto del pueblo— es la vulgaridad, al mismo tiempo que las guerras asesinas —peleadas en última instancia para controlar los mercados disponibles— son su fruto mortal en el extranjero. El producto de la Era de la Máquina sólo puede ser (dicho en términos sarcásticos) el Estado del Bienestar, donde en el mundo de las máquinas de trabajo y máquinas de pensamiento, los seres humanos son considerados una fatuidad. Para Gill, esto era un falso angelismo, o, peor, esteticismo, con lo que definía el culto del placer sensitivo.
Aquí no existe el deseo de un tiempo futuro cuando los hombres tengan mejor comida y mejor bebida, mejor y más linda ropa, ropas más apropiadas para adornar y proteger las partes más bellas del cuerpo humano, mejores casas y, sobre todo, mejores lugares para el culto de Dios y Su mejor contemplación; aquí, ¡ay!, no hay más que el deseo de liberarse de los dolores inflingidos por un capitalismo egoísta y, de otro modo, ninguna idea más noble o más humana que pasar un buen rato. [12]
El respeto de Gill por las herramientas y los materiales, y su deseo de que todo hombre tenga la oportunidad de trabajar de un modo que respete inteligentemente la tarea a mano, cuentan como sus contribuciones a la “estética social” más duraderas. La crisis de las bellas artes no podrá resolverse, consideraba, hasta que el arte común del trabajo diario vea restaurada su cordura. Como el sacerdote calígrafo estadounidense Edward Catich escribió tratando de capturar la idea raíz de Gill:
En nuestro tiempo, la mayoría de los artistas “cultos”, los escultores y los músicos han perdido su camino. Sentimentalmente, creen que el fin de sus obras es una especie de expresionismo revelador del alma en el que el énfasis está más en el cómo y en el quién, que en el bien de la obra a realizar —el qué y el por qué—. [13]
Necesitamos este marco para comprender la introducción que Gill escribió a la traducción inglesa del libro de Maritain, que no estaba en el original francés como uno esperaría. Recomendando Maritain al público inglés, escribe Gill:
Éste es uno de los peores síntomas de nuestra enfermedad: hemos hecho del Arte la provincia de unos pocos especialmente cultos y hemos hecho del obrero común el responsable sólo del actuar y para nada del hacer; pues de ningún artículo de fábrica puede decirse que tal o cual hombre lo hizo —lo máximo que puede decirse es que tal artículo es el resultado de una cantidad de hombres haciendo lo que se les dice—. [14]
El contraste del “actuar” y el “hacer” evidentemente retoma aquí el contraste de Maritain entre faire y agir. Y así, sigue Gill:
El artista se ha saturado con la noción de su propia superioridad intelectual, mientras que el obrero ha perdido su apetito por cualquier otra cosa que no sea lo que puede comprar en su tiempo libre. El Arte incluye toda obra y no debería existir la necesidad de hablar de ello. Pero aquel estado paradisíaco donde todas las cosas son hechas y ninguna de ellas es llamada “obra de arte” sólo es recuperable abandonando nuestro culto actual por las Riquezas y el Poder, y por la aceptación de la filosofía de la Pobreza, la Castidad y la Obediencia. [15]
Art et Scolastique en su versión inglesa es, declara Gill, una “medicina” para el pueblo inglés. Debe ser poderoso si quiere hacer algo para curar la enfermedad de que sufre, cuyas causas son: primero, el Renacimiento, que derrotó la “Humildad”; y segundo, la Reforma Protestante, cuyo resultado fue el “triunfo del mercader”. Gill no era demasiado optimista. Lo más que los ingleses podían hacer al verse confrontados con el desafío de Maritain era ofrecer un compromiso, de cuya práctica habitual se enorgullecen tan injustamente. Nada más debe esperarse de nosotros dada “nuestra aptitud para la autodecepción, nuestro disgusto por… no, nuestro rechazo del pensamiento lógico, nuestro respeto de la respetabilidad”. [16] Inglaterra está demasiado aliada del Infierno como para tener las agallas necesarias para el Arrepentimiento. Sin embargo, “un poco de Verdad humildemente asimilada” puede llegar lejos.
Para Gill, una vez que la actitud artesanal correcta esté en su lugar, la “belleza se cuidará a sí misma”, una frase feliz que fue también el título de uno de sus libros de ensayos. [17] Aceptaba la explicación de Maritain de la belleza en gran parte porque en ella encontraba la mentalidad de Santo Tomás. Pero dejaba de lado la explicación de Maritain sobre las bellas artes en particular —las artes cuya práctica es animada por la “intuición creativa”, que iba a dominar cada vez más la propia idea de Maritain al considerar la pintura moderna y también la poesía moderna—.

[1] D. Attwater, Eric Gill: Workman (Londres: 1941), p. 26.
[3] P. Thompson, The Work of William Morris (Oxford: 1991, 3ª ed.), p. 5. Acerca de la deuda de Gill con las ideas de Morris, ver P. Faulkner, William Morris and Eric Gill (Londres: 1975).
[5] Ver su expresión de gratitud en ‘John Ruskin’, Essays: Last Essays and In a Strange Land (Londres: 1947), pp. 169–72.
[8] Incluso si bien Gill llegó a burlarse de cualquier pretensión de ese movimiento de ser socialmente significativo: ver ‘The Revival of Handicraft’, en idem, Art Nonsense and Other Essays (Londres: 1929), p. 118.
lunes, 18 de octubre de 2010
Las aplicaciones inglesas de la Estética de Maritain: Eric Gill y David Jones (ii)
Aidan Nichols, O. P., Redeeming Beauty: Soundings in Sacral Aesthetics (
La virtud
En congruencia con el marco moral de la discusión medieval sobre el ars, Maritain argumenta que el arte es una virtud que posee el artifex en su inteligencia práctica. La virtud del arte, insiste, pertenecen no al orden especulativo sino al práctico. No hay duda de que existen disciplinas que podríamos llamar “artes especulativas” —la lógica sería un ejemplo— en tanto que estas disciplinas comprenden alguna clase de trabajo, tal como, en la lógica, el ordenamiento de los conceptos o la construcción de un argumento secuencial. No obstante, el saber —el objeto del intelecto especulativo— difiere esencialmente del arte, sobre todo porque el saber es intransitivo o inmanente, mientras que el arte, no. Al conocer la verdad, la mente se deleita en el ser. Ésta es una acción que permanece en el sujeto humano. No cruza el límite sobre el que se asienta cualquiera que se propone hacer algo mediante el ejercicio de sus potencias. Aquí Maritain apela no a los escolásticos en general sino a su doctor favorito, Tomás de Aquino, en particular. [1]
Pero incluso cuando, con Tomás, distinguimos entre actividad especulativa y práctica, aún necesitamos, dentro de la última categoría, hacer un refinamiento adicional, como él hizo. Existe una diferencia entre actuar (transitivamente) y hacer: entre, agir y faire, según el vocabulario de Maritain. Si el intelecto sabe cómo saber, también sabe, en sus momentos más prácticos, cómo actuar. Pero la acción moral clara no es lo mismo que hacer, que es, más bien, una acción productiva. Así como los griegos tenían dos palabras para ello (prakton —de ahí nuestra palabra “practicabilidad”— y poiêton —de ahí nuestra palabra “poesía”—), del mismo modo lo hacían los escolásticos latinos. Ellos distinguían primero lo agibile, de donde usamos nuestra libertad para tender por nuestra acción hacia el bien humano como tal. De esto se trata la moral, y si en este contexto nuestros actos son buenos, lo son porque se corresponden con la norma propia del acto humano distintivo y tienen en vistas los verdaderos fines de la vida humana. Ello dejaba a los académicos con lo factible donde el bien en juego es bastante distinto. Lo factible —lo “hacible”— es el bien de “conformidad con las normas y el fin propio del trabajo a ser producido”. [2] Estas normas, fines, valores no son los del ser humano como tal. Sino más bien, son los de la obra. Esto pone al artista —dejando de lado toda exageración romántica— en un mundo aparte. Por supuesto, la manera del trabajo artístico es humano e, incluso, demasiado humano. Pero su fin no lo es. Es por eso que, escribe Maritain, en uno de esos destellos de perspectiva psicológica que hacen de este librito algo brillante, “cualquier aburrimiento anexo a la vida y a la voluntad queda en la puerta del atelier”, el taller-estudio. El trabajo de la creación artística puede ser, debido a impedimentos, frustrante. Pero la creación nunca puede ser aburrida.
Maritain no hace más que dar lugar a sus fuentes medievales aristotélicas cuando define el arte como la “determinación recta de las obras a ser hechas”. [3] La frase “determinación recta” nos habla de que la inteligencia regula al arte. Alguna idea debe pasar a la materia. Para que esto tenga lugar suavemente o, al menos, felizmente, la espontaneidad de las potencias humanas necesitan ser moduladas por el tipo de disposición estable que llamamos virtud —en este caso, la virtud del arte desarrollando el intelecto práctico en una dirección apropiada—. De hecho, Maritain llega tan lejos como para decir que el artista “de alguna manera es su obra antes de que la lleva a cabo”. [4] El arte, sin embargo, busca el “bien de la obra”, bonum operis, no el “bien de quien obra”, bonum operantis. Ésta no es una receta para la glorificación del artista como una clase especial de hombre. Es decir que, cuando los escolásticos medievales pensaban el arte, no lo limitaban de ninguna manera a las bellas artes como sus ejemplos preeminentes sino que tomaban ejemplos mucho más simples de arte como la construcción de un bote o el armado de un reloj. Esto iba a ser música para los oídos de artistas católicos ingleses que buscaban sobretodo el renacimiento del artesanado y despreciaban el “arte sin sentido” de los traficantes y coleccionistas, gente que pagaba sumas infladas por lo que podía ser considerado por su propietario como una alternativa al papel tapiz. Los escolásticos, parecía, habían reconocido la “nobleza de la inteligencia” en el taller del herrero y el del carpintero, y no sólo en los “Fidias y Praxiteles”, los exaltados (y tal vez sobrevaluados) artistas de la antigüedad clásica. [5] No por casualidad, pensaba el mismo Maritain, la Palabra encarnada se había hecho artesano, y así reveló al divino Artifex, su Padre. ¿No estaba el origen trascendente de toda artesanía testimoniada cuando en la Summa contra Gentiles, basándose en el Libro de la Sabiduría, 7:21, Tomás declaró que hay ars en Dios?
Aún así, las bellas artes sólo las hemos mencionado para enfatizar que no eran lo único en vista. Pero para fines de la Edad Media, la razón para la antigua división de los artistas entre serviles y liberales estaba cayendo en el olvido. Para los medievales, la única cuestión era, ¿produce este o aquel arte su efecto en la materia? Para ellos, la música, como la lógica, era un arte liberal, mientras que la escultura y la pintura, al contrario de las percepciones posteriores, no lo eran. Subsecuentemente, la escultura y la pintura se elevarían más allá del alcance de las artesanías humildes, que ya no parecían lo suficientemente buenas como para aparecer a su lado. En una larga nota al pie, Maritan traza el camino de la palabra “artista”, al menos en Francia, hasta el siglo XIX, y llega a la conclusión de que la elevación de las bellas artes y la depresión del status de la artesanía fue esencialmente una respuesta al crecimiento de la burguesía. [6] Que Maritain lamente la dicotomía post-medieval entre el artista y el artesano se revela en uno de los pasajes más celebrados de Arte y Escolástica.
En la estructura social potencial de la civilización medieval, el artista sólo tenía el rango del artesano. Y cualquier tipo de desarrollo anárquico quedaba limitado a su individualidad, debido a que una disciplina social natural le imponía ciertas condiciones limitantes desde fuera. No trabajaba motivado por la moda ni por la clase comercial, sino por el pueblo fiel para quien tenía la misión de acoger la oración, instruir la inteligencia y regocijar los ojos y el alma. Época incomparable cuando la gente de corazón simple estaba formada inconcientemente en la belleza, del mismo modo que el religioso perfecto debe rezar sin darse cuenta, los doctores e iconógrafos enseñaban al pobre y el pobre saboreaba sus enseñanzas porque todos eran de la misma raza real nacida del agua y del Espíritu. [7]
El Renacimiento cambiaría todo esto al hacer conciente al artista de su propia grandeza y dejar libre en él aquella bestia salvaje, lo “bello”, que la fe alguna vez —pero ya no— tuvo el poder de atraer.

[1] Este puede ser un buen lugar para ofrecer algunos comentarios acerca de las conexiones de Maritain con el tomismo. Originalmente, Tomás no tuvo ninguna influencia sobre la conversión de los Maritain, que, a través de la fiera figura profética de Léon Bloy, se debió más a la Escritura, la liturgia y los escritos místicos y las vidas de santos que Bloy les presentó, así como aquel curioso episodio de la historia católica francesa del siglo XIX, las Apariciones de La Salette. Pero unos cuatro años después de su bautismo, recibido en 1904 en coincidencia con el bautismo condicional de Jacques, Raïssa Maritain se vio introducida en los escritos de Tomás por un sacerdote dominico que le fue de ayuda, el padre Humbert Clérissac. Para 1914, no sólo la posición intelectual de Jacques era crecientemente tomista en su temperamento, juntos fundaron y dirigieron el primero de los Cercles d’Etudes Thomistes en su casa de Meudon. Tomás fue “visto como una asistencia especial del Espíritu Santo para dispensar las gracias necesarias para lograr el objeto del estudio”: dice R. McInerny, The Very Rich Hours of Jacques Maritain: A Spiritual Life (Notre Dame, Ind.: 2003), p. 72. El librito de los Maritains llamado De la Vie de l’Oraison (París: 1925) con sus dos partes, “La vida intelectual y la oración” y “La vida espiritual”, es su testimonio del deseo de una existencia espiritual-intelectual integrada. Desde la otra orilla del Canal de la Mancha se admiró esta postura.
[2] J. Maritain, Art et Scolastique, p. 10.
[3] Ibid., p. 12.
[4] Ibid., p. 17. El énfasis agregado.
[5] Ibid., p. 31.
[6] J. Maritain, Art et Scolastique, pp. 246–9.
[7] Cita tomada del original francés en ibid., p. 34. La frase acerca de la oración inconciente deriva de la sentencia de San Antonio de Egipto en las Conferencias de San Juan Cassiano, IX.
jueves, 14 de octubre de 2010
Las aplicaciones inglesas de la Estética de Maritain: Eric Gill y David Jones (i)
Aidan Nichols, O. P., Redeeming Beauty: Soundings in Sacral Aesthetics (
¿Cuál es el mensaje —o, mejor, los mensajes, puesto que, aunque breve, ésta es una obra compleja— de este libro? El capítulo introductorio de Maritain busca diagnosticar las razones por las cuales es necesario su estudio. Los estetas modernos hablan de arte sólo en conexión con las bellas artes, les beaux-arts en francés, literalmente: las artes bellas. Con la misma delimitación, tratan de la belleza como si ella fuese el dominio exclusivo del arte: el dominio de “lo estético”. Al hacerlo, dice Maritain, los pensadores modernos vician ambas nociones: arte y belleza. Maritain pretende regresar a los medievales, para quienes los moralistas (no los estetas) estudiaban el ars en general y cuya metafísica (recordar que no eran estetas) exploraban la belleza —o lo que los escolásticos denominaban pulchrum—. Quería ver qué pasaría si ambas empresas —preguntarse acerca de la moralidad del ars e investigar la metafísica de la belleza— se juntaban. Propone mostrar la utilidad de recurrir a la sabiduría de los antiguos; demostrar el valor interesante del diálogo entre los filósofos y los artistas; ayudar a limpiar lo que él consideraba un “desorden intelectual” heredado del siglo XIX; y —lo que sería de especial interés para el gremio o guilda artesanal de terciarios dominicos ingleses de San José y Santo Domingo, para quienes, en primer lugar, hizo la traducción O’Connor— hacer algo para recrear las condiciones espirituales que son prerrequisitos para el “obrar honesto” (teniendo el francés honnête, como el latín honestum, un espectro más amplio de resonancias éticas que el inglés “honest”). [2] Uno de los fundadores de este gremio artesanal de laicos dominicos, el escultor y tipógrafo Eric Gill, discípulo en estos asuntos de Maritain, remarcó:
Lo que yo logre como escultor no importa si tan sólo puede ser el comienzo —tomará generaciones, pero si sólo fuesen los comienzos que impulsaran una tradición razonable, decente y santa de trabajo— ése es el asunto. [3]
Puesto en la simplicidad anglosajona, ése es pues el trabajo “honesto” de Maritain.

[2] L’honnête homme era el ser humano ideal del siglo XVII francés: alguna luz arroja sobre ello la propia definición que da Tomás de honestum como “cuando una cosa tiene alguna excelencia digna de honor en razón de su belleza espiritual”, Summa Theologiae IIa. IIae., q. 145, a. 3.
[3] Citado en D. Jones, ‘Eric Gill as Sculptor’, Blackfriars. XXII, 250 (1941), p. 73. Esa frase, registrada por Jones de una de sus conversaciones, sirve como título exacto de B. Keeble (editor), A Holy Tradition of Working: Passages from the Writings of Eric Gill (Ipswich: 1983).