Foto: Ditchling en la década de 1920
martes, 10 de agosto de 2021
Una precisión sobre la palabra Distributismo
jueves, 25 de octubre de 2012
El viejo “distributismo” cobra nuevo impulso
jueves, 5 de julio de 2012
Distributismo en castellano: Profundizando un poco
viernes, 11 de mayo de 2012
martes, 10 de abril de 2012
La Liga Distributista
| Hilaire Belloc en una reunión pública de la Distributist League |
lunes, 3 de octubre de 2011
viernes, 17 de diciembre de 2010
Tres frases
jueves, 2 de diciembre de 2010
Más sobre Distributismo
Este movimiento político no partidario que creció en los ’20 y ’30, se dedicó a predicar la tenencia masiva y de pequeña escala de tierra y propiedad como un bastión contra el colectivismo, la gran empresa y las grandes instituciones, las que, según pensaban sus fundadores, conducirían inevitablemente a la esclavitud.
El Distributismo floreció bajo el liderazgo de antiguos liberales como Hilaire Belloc y G. K. Chesterton, se vio asociado con el catolicismo radical y con pioneros del Movimiento de Artes y Artesanías como Eric Gill, y se desintegró en los ’40; pero fue luego influyente sobre el Partido Liberal en los ’50 y sobre los pioneros del ecologismo de los ’70.
Las influencias inmediatas sobre el Distributismo fueron las ideas de Hilaire Belloc, especialmente su libro El Estado Servil (1912), y el periodismo prolífico de G. K. Chesterton (1874-1936). De acuerdo con sus exponentes, el Distributismo es una doctrina económica, sin embargo, mucho de lo que ellos escribieron era, además, una crítica histórica y profundamente espiritual de la sociedad.
Desde la renuncia de sus principales fundadores al Partido Liberal, fundamentalmente por la cuestión de la corrupción financiera en la política —que ellos creían había alcanzado una apoteosis simbólica durante el escándalo Marconi [1] de información privilegiada en 1912— el movimiento no estuvo alineado políticamente, pero su principal foco de campaña era anti-fabiano [2], anti-modernista y anti-corporativo.
Las influencias amplias detrás del Distributismo incluían también:
- La doctrina social de la Iglesia Católica, especialmente en la forma en que fue presentada por León XIII en la encíclica Rerum Novarum (1891) y aplicada en lo concreto por el cardenal Henry Manning (1807-92), donde primero se propagó la idea —que estaba en el corazón del Distributismo— de la “subsidiariedad”.
- El agrarismo inglés continuador de la tradición de William Cobbett (1763-1835) y Jesse Collings (1831-1920).
- El Movimiento de Artes y Artesanías que seguía las ideas de John Ruskin (1819-1900) y William Morris (1834-96) y sus críticas al industrialismo.
- El socialismo corporativista que fue impulsado por el periodista A. R. Orage (1873-1934) y otros anti-fabianos de izquierda, y que se reunió en torno al periódico New Age.
Los distributistas tendían a ser vagos acerca de aquello con lo que estaban de acuerdo. En su esencia, el movimiento era una crítica del prevaleciente socialismo estatista, la industrialización y el comercialismo monopolístico. Proponían una amplia distribución de la tierra y la propiedad, y buscaban revivir los valores de la agricultura a pequeña escala y de la artesanía, que tenían como bastión para defender el espíritu humano —y el Distributismo era fundamentalmente un credo espiritual— frente a la esclavitud de los monopolismos de derecha y de izquierda.
Además de Belloc y Chesterton, que de alguna manera se mantuvieron al margen de la organización de la Liga Distributista —fundada en 1926 por el arquitecto y ex fabiano Arthur Penty (1875-1937) junto con otros—, las principales figuras del Distributismo eran extremadamente diversas. Iban desde un pionero de las Artes y Artesanías como Eric Gill (1882-1940) y un periodista como “Beachcomber” (J. B. Morton, 1894-1979), hasta un agrarista como H. J. Massingham (1888-1952), lo mismo que apologistas católicos y reformadores campesinos.
De alguna manera, la diversidad del movimiento mitigaba la efectividad del mismo y, ciertamente, su coherencia frente al público.
Ante esto, el Distributismo languideció en los ’40 y ’50 sin ningún legado político. Su mismo tono, ciertamente contribución de Chesterton, era melancólico, nostálgico y casi sin ninguna propuesta detallada. Existía un pesimismo implícito en bastantes escritos distributistas, acerca de la inevitabilidad del cambio, la centralización y el gigantismo. Sus proyectos distributistas prácticos, incluyendo el desafío a los operadores monopolísticos de autobuses en Londres en los ’20 [3] y la campaña de reforma rural como solución al desempleo de Birmingham en los ’40 [4], no tuvieron eco.
Fueron obviamente más influyentes en la cultura, con la fundación de la comunidad distributista de Ditchling en Sussex [5], y fueron indudablemente una influencia que alimentó el renacimiento romántico de la Inglaterra de postguerra.
El Distributismo comenzó a ser identificado, no sólo con el romanticismo extremo, sino también con una forma particular de radicalismo católico que veía en Franco y Mussolini a defensores del catolicismo europeo. Sus vínculos con grupos agrarios reaccionarios en los ’30 significaron también que, algunas veces, el Distributismo se convirtiera en un camino hacia la extrema derecha de su tiempo.
Los distributistas no estaban decididos en el asunto del libre comercio, pero eran implacables en su oposición al modernismo o a lo que ellos llamaban “valores comerciales”. Aunque la mayoría de los pensadores distributistas rechazaban el vínculo, en la práctica existieron conexiones informales con el Movimiento del Crédito Social [6] que también salió del socialismo corporativista.
Sin embargo, existieron otras formas en que los distributistas se las ingeniaron para tener un impacto duradero en la política liberal. Su crítica del fabianismo estuvo disponible para aquellos políticos de postguerra que buscaban alternativas al colectivismo y al corporativismo. Existieron discusiones formales entre la Liga Distributista y el Partido Liberal en los ’50 y fueron, además, una influencia notable en la política industrial del Partido Liberal desde 1937, especialmente en los escritos de dicho Partido acerca de la propiedad y la democracia industrial durante los años de Jo Grimond [7].
Cuando en 1973 se publicó el influyente libro Lo Pequeño es Hermoso, el autor E. F. Schumacher incluyó un capítulo crítico con el título “Economía chestertoniana” [8], que tuvo gran influencia en el naciente campo de la “Economía ecologista”. También se le reconoció influencia al Distributismo en algunos de los aspectos más radicales del Thacherismo, incluyendo la decisión, en 1979, de vender las casas estatales a sus inquilinos. Sobre todo, es posible también argumentar que el Distributismo fue una de las más profundas y duraderas influencias en el periodismo británico moderno, construido sobre la base de la original influencia de Morton [9] y sus socios, preocupados por la prensa popular —la de los individuos en vez de la de las grandes instituciones—, aunque, con frecuencia, ello sea tildado de populismo.
Para profundizar:
Hilaire Belloc, El Estado servil (1912).
Hilaire Belloc, Economics for Helen (1924).
Hilaire Belloc, Un ensayo sobre la Restauración de la Propiedad (1936).
G. K. Chesterton, El marco de la cordura (1926).
John Sharpe (Ed.), Distributist Perspectives: Essays on the Economics of Justice and Charity (2004). [Puede leerse la traducción a la introducción a la serie aquí.]
Herbert Shove, The Fairy Ring of Commerce (1930).
[1] El “affaire Marconi” fue un escándalo político británico que estalló en el verano de 1912 alrededor de las denuncias del diario New Witness (dirigido entonces por Cecil Chesterton) contra altos funcionarios del gobierno liberal de H. H. Asquith que se habían beneficiado personalmente al comprar acciones de la subsidiaria estadounidense de la Marconi Company, conociendo de antemano la intención del Estado británico de firmar un contrato muy lucrativo con dicha empresa.
[2] La Sociedad Fabiana, que aún existe, era entonces un movimiento británico que propugnaba el socialismo por medios gradualistas y reformistas no revolucionarios. Durante un tiempo tuvo mucha influencia sobre el Partido Liberal y, posteriormente, tuvo bastante que ver con la creación del Partido Laborista.
[3] Al menos desde comienzos del siglo XX, se discutió la necesidad de centralizar el transporte público de Londres, alegando falta de eficiencia en algunas zonas provocada por las duplicaciones en los recorridos y, al mismo tiempo, la falta de atención de zonas menos rentables. En la década del ’20, el debate alcanzó su punto álgido y los distributistas fueron casi los únicos que defendieron a las pequeñas compañías de autobuses (privadas, cooperativas y municipales) en una campaña exitosa donde llegaron a recolectar más de un millón de firmas. Sin embargo, en 1933, la Ley de Transporte de Pasajeros de Londres fue el puntapié inicial de una rápida estatización y centralización del sistema que acabó con las pequeñas empresas de pasajeros.
[4] En 1928, los economistas K. L. Kenrick y Harold Robbins, miembros de la Rama de Birmingham de la Liga Distributista, publicaron el libro-panfleto “Unemployment: A Distributist solution”, que llegó a ser conocido como “El esquema de Birmingham”. En varias oportunidades, la Liga realizó campañas de concientización sobre la base de “El esquema”, del que se hicieron numerosas actualizaciones y reediciones, algunas de las cuales fueron distribuidas gratuitamente entre todos los miembros del Parlamento británico.
[5] Entre 1919 y 1920, Eric Gill, Douglas Pepler y Desmond Chute fundaron la Guilda de San José y Santo Domingo, una confraternidad religiosa de artesanos que se convirtió en el centro de una verdadera colonia de talleres artesanales y pequeñas granjas en los alrededores del pueblo de Ditchling, en Sussex. La Guilda tuvo momentos de mucho crecimiento, como a comienzos de los ’20, a mediados de los ’30 y durante un breve período en la postguerra. Finalmente, ciertos cambios operados desde fines de los ’50 y, principalmente, en los ’70, comenzaron a desvirtuar sus fines y métodos, culminando en la liquidación de la misma en 1989. Sin embargo, aún hoy, Ditchling es un centro artístico y artesanal de primer orden en Inglaterra.
[6] El llamado Crédito Social surgió de la mano del ingeniero británico C. H. Douglas en la década del ’20 que publicó toda una serie de artículos en The New Age (periódico dirigido por A. R. Orage) donde criticaba la economía clásica y proponía una economía vista desde el consumo. Aunque fue muy criticado tanto por los economistas profesionales como por los fabianos y otros socialistas, sin embargo, el sistema se convirtió en un verdadero movimiento político que en algunas oportunidades estuvo a punto de ingresar candidatos en el Parlamento. Si bien los distributistas compartían las intenciones del Mayor Douglas, consideraban que “un nuevo sistema de partida doble” (crédito social) por sí solo no lograría estos fines sin una verdadera restauración universal de la propiedad individual.
[7] Joseph “Jo” Grimond fue un político escocés del Partido Liberal, parlamentario durante tres décadas en representación de las islas Orkney y Shetland, y, entre 1956 y 1967, fue líder del Partido. Gracias a él, el célebre partido británico que había quedado completamente relegado tras el surgimiento del Laborismo, renació y, si bien, no recuperó el gobierno, se convirtió en una tercera fuerza a tener en cuenta por los otros dos partidos mayoritarios. Asimismo, fue sucesivamente rector de las universidades de Edinburgo y Aberdeen, y canciller de la de Kent.
[8] En la edición más conocida de Lo Pequeño es Hermoso el título de este capítulo fue reemplazado por el de “Economía budista”, con indudable malestar de Fritz Schumacher (según cuenta su hija), quien —incluso— en un primer momento había pensado en poner como subtítulo del libro “An essay in Chestertonian Economics” (Ensayo de Economía chestertoniana).
[9] En 1924, John Cameron Audrieu Bingham Michael Morton, mejor conocido como J. B. Morton, tomó a su cargo la columna “By the way” (A propósito) del Daily Express, heredando el seudónimo “Beachcomber” (vagabundo). Durante más de cincuenta años, seis veces por semana, aparecía esta columna donde una serie de personajes imaginarios —inventados por Morton sobre la base de personajes reales— comentaban noticias de forma, a la vez, humorística e inteligente. Las columnas fueron muy populares y de ellas se publicaron 18 libros de recopilaciones. Además, Morton escribió otros 29 sobre temas variados, incluyendo unas simpáticas memorias sobre su amigo Belloc. Falleció en 1979.
[*] David Boyle es miembro de la Fundación de la Nueva Economía (NEF) y del Comité de Política Federal del Partido Liberal Demócrata del Reino Unido, habiendo sido parlamentario por Regents Park y Kensington North (Londres) en 2001. Suele escribir sobre historia, voluntarismo, urbanismo, moneda y negocios en diarios y revistas, y es autor, además, de los libros “Blondel’s song: The capture, imprisonment and Ransom of Richard the Lionheart” (2005), “Authenticity: Brands, fakes, spin and the lust for real life” (2004), “The money changers: Currency reform from Aristotle to e-cash” (2003), “The tyranny of numbers: Why counting can’t make us happy” (2001), “The sum of our discontent: Why numbers make us irrational” (2001) y “Funny money: In search of alternative cash” (1999). Junto a Andrew Simms ha publicado “The New Economics: A bigger picture” (2009) y “Eminent corporations” (2010). Fundó también el London Time Bank y es cofundador de Time Banks UK (el “timebanking” es un sistema de intercambio de actividades voluntarias gratuitas).
lunes, 8 de noviembre de 2010
Perspectivas Distributistas
The Distributist Review La mayoría de los estudiosos modernos que tratan la historia y la filosofía del Movimiento Distributista son liberales, en el sentido en que el liberalismo fue frecuentemente condenado por la Iglesia y refutado por los teólogos.
distributistreview.comLooking back. Moving Forward.
viernes, 5 de noviembre de 2010
Distributismo (v y final)
[Escrito original de Karl Jahn. Traducción, títulos y notas de la Liga Distributista. Esta última sección no es enteramente de nuestro agrado ya que, de alguna manera, se transforma en condescendiente con muchas críticas superficiales que se le ha hecho al Distributismo; pero lo conservamos, por honestidad intelectual.]
Valoración
Más allá de las excentricidades de algunos de sus seguidores, Chesterton y Belloc no eran medievalistas dogmáticos. No andaban por ahí buscando máquinas para destruir, ni pretendían convertir a todos en campesinos. Por principio, admitirían que ni era posible ni enteramente deseable restaurar las condiciones de la Edad Media. Reconocían que sería difícil, si no imposible, abolir la maquinaria que venía anexa al sistema de fábricas. El Distributismo no es simplemente la propiedad de los medios de producción en unidades pequeñas: “Los dos ideales del pequeño artesanado, familia, etc., y la distribución de la propiedad no deben confundirse. Tienen una misma atracción espiritual, pero no son idénticos.”
Deseaban un estado de diversidad, en el cual un campesinado restaurado fuese lo principal, pero no lo único. Ofrecían una “proporción” más que un “esquema”, pues un esquema sería un plan utópico, incluyendo planificadores todopoderosos y una sociedad uniformada y estandarizada —precisamente los males políticos, sociales y estéticos a los que ese oponían—. Puesto que el objeto del Distributismo es la distribución de poder, la reforma no puede ser hecha por decreto. La gente debe estar en posición de querer asumir la responsabilidad que conlleva la libertad y la propiedad individual. El principal obstáculo, decían, es que los asalariados han vivido bajo el capitalismo por tanto tiempo que ya no desean nada más que un ascenso a una posición más alta en el orden jerárquico capitalista. (Uno podría agregar que vivir bajo el socialismo da a la gente miedo a la responsabilidad.)
Por lo tanto, “es vital generar la experiencia de la pequeña propiedad, la psicología de la pequeña propiedad, la clase de hombre que es un pequeño propietario”. Incluso la maquinaria puede servir para este propósito, como se evidenciaba por el auto de Ford: “el ferrocarril era en realidad un modo comunal y concentrado de viaje, como la utopía de los socialistas. El viajero libre y solitario está regresando frente a nuestros ojos.” El automóvil permite a los individuos y a las familias viajar donde quieren, cuando quieren, en su propia propiedad privada. En última instancia, en la sociedad ideal, serán tan felices y tan autosuficientes en su propia casa y en sus barrios que no querrán ir a ningún lado; pero el auto es un ejemplo genuino de progreso.
Aún así, se encontraban limitados por su disgusto por la “centralizada, impersonal y monótona civilización” de la organización y estandarización. No les gustaba la división del trabajo, la producción masiva y la propiedad corporativa, y, por lo tanto, se rehusaban a buscar medios modernos para sus fines medievales.
Seriamente pretendían restaurar una sociedad básicamente campesina —incluso aunque muchos, o aunque la mayoría, de la gente no fuesen campesinos—. Vivir bajo el techo propio y en el terreno de uno es la expresión física más perfecta de la libertad; y sólo en el campo es posible ser un verdadero individualista radical, en el sentido de apoyarse en uno mismo para la subsistencia. Querían restaurar las guildas (asociaciones cooperativas de pequeños capitalistas) como restricciones no gubernamentales a la competencia: para prevenir el crecimiento de uno a expensas de los otros, esto es cuando el pequeño productor independiente queda fuera de mercado. Esto frenaría el reemplazo de los pequeños comercios por las cadenas comerciales y las tiendas departamentales. Positivamente, la guilda permitiría a sus miembros, cuando fuese necesario, poner en común sus recursos para adquirir y poseer colectivamente instrumentos de capital que estuviesen más allá de las posibilidades de cada uno por separado, previniendo la monopolización de la industria por unos pocos ricos.
Los distributistas pensaban que era necesario restaurar la propiedad y la empresa de pequeñas escala, porque el divorcio de la administración y la propiedad hacen de los títulos de propiedad algo tan abstracto que puede ser transferido desde varias grandes corporaciones sin rostros hacia una corporación enorme —el Estado— sin ningún efecto práctico desde el punto de vista del individuo. Para ellos, no era muy diferente si uno era “empleado de la empresa de correos con principios socialistas duros y revolucionarios, o empleado de un monopolio con principios individualistas salvajes y aventureros”.
Los medios de lograr el Estado distributivo se explicaban vagamente, pero estaba claro que debía haber un papel para el gobierno. Del modo en que ellos lo veían, el gobierno apoyaba activamente la concentración de la riqueza, por lo que debía ser dado vuelta para permitir la propagación de la pequeña propiedad. Parecían tener en mente algo similar a la Ley Antimonopolios de Sherman, implementada de una forma mucho más vigorosa de lo que lo fue en la realidad en los Estados Unidos.
Su llamado a la acción del Estado no llegaba a los extremos del Estado de bienestar. El Distributismo, insistieron, “es algo que puede ser logrado por la gente. No es algo que pueda ser hecho a la gente. Es aquí donde difiere de casi todos los esquemas socialistas, del mismo modo que difiere de la filantropía plutocrática.” El Estado de bienestar hace a la gente dependiente del gobierno; les da un ingreso del que pueden disponer, pero no una propiedad sustancial propia; siendo breve, sólo exacerba el problema fundamental.
Creían que el tipo de sociedad que ambicionaban sólo podría existir si, y sólo si, la sociedad estuviese informada por el cristianismo —y, especialmente, por la Iglesia Católica—. Los distributistas, en sus intentos para reconciliar sus papeles como católicos y demócratas, se veían ayudados por su desagrado hacia las tendencias de su época —la concentración del poder económico y político— lo que los puso en contra del “progreso” y la civilización moderna. “No existe ningún lugar al que llegar con el curso actual”, se quejaba Chesterton, “sino a un desierto llano de estandarización bajo el bolchevismo o la gran corporación”. Dado que el progreso no conducía hacia sus propias metas, podían rechazarlo de todo corazón, y no dudaban abrazar el pasado católico como un ejemplo de su ideal.
Ese ejemplo era la Cristiandad medieval, cuya cima fue el período aproximado entre el año 1000 y el 1300. Lejos de haber un desacuerdo necesario y fundamental entre las doctrinas de la Revolución Francesa y las de la Iglesia medieval, la Revolución fue “esencialmente una reversión a la normalidad”. No fue una revuelta, sino una reacción y una restauración. Los resultados sociales y económicos de la Revolución siguieron el espíritu del Estado distributista medieval y, por lo tanto, de la Iglesia medieval: la abolición de las obligaciones feudales y la ruptura de los grandes latifundios. Más aún, “el campesino resucitado” revitalizó la vida social, política y religiosa de Francia, todo al mismo tiempo. Esto se vio confirmado por el renacimiento de la Iglesia, medida por el dramático incremento, desde la Revolución, en los números de creyentes serios y devotos, del clero, de los monasterios y conventos, y de los misioneros.
La idealización distributista de la sociedad agraria y de la alta cultura antigua estacional que conformó; su alienación ante la fealdad y el filisteísmo de la era de la máquina —salieron directamente de la larga línea del anti-industrialismo conservador y romántico—. Su visión romántica del feudalismo era la de una sociedad estable, alegre, armoniosa y profundamente espiritual, en la cual la Iglesia estaba en la cima y los campesinos y artesanos estaban seguros y eran libres. El artesanado hacía de cada hombre un artista, y de cada objeto de uso diario una obra de arte; la belleza, el sentido y el valor infundían toda la vida diaria. Lo que era nuevo era la identificación específica del campesino (y, secundariamente, del artesano y del comerciante urbano) como el tipo ideal. Abandonaron el glorioso ideal de la caballería que había provisto una alternativa heroica al mediocre y modesto burgués.
En la vereda de enfrente, los socialistas, desde St.-Simon hasta Wells y Shaw, eran indiferentes frente al vacío cultural de la era de la máquina. Les molestaba la fealdad en cuanto ella estuviera entremezclada con la pobreza y, por lo tanto, (creían) con las injusticias y las ineficiencias de la propiedad privada de los medios de producción. Miraban el futuro y veían la culminación final de la era de la máquina, una sociedad que sería ordenada, higiénica, racional, científica, eficiente, etc. —pero, desde el punto de vista reaccionario, incluso más desalmada e inhumanaza que la actual—. Fue contra esta noción de progreso, así como contra la concentración de riqueza y poder, que el distributista se revelaba.
Es fácil —quizá demasiado fácil— burlarse del lado ingenuo y reaccionario del Distributismo. Enamorados del ideal del campesino propietario libre, estaban condenados a la futilidad del arcaísmo. Su medievalismo romántico era, a pesar de sus mejores intenciones y esfuerzos, incompatible con las condiciones modernas. Somos demasiado numerosos y nuestros estándares de vida son tan altos, como para que la agricultura de subsistencia y el artesanado tengan más que una existencia marginal. Esto nos presenta dos problemas: aquél de proyectar una idea espiritual y estética, no sólo hacia el pasado medieval, sino también hacia el presente y el futuro tecnológico; y aquél de una más amplia distribución de la propiedad de las grandes empresas industriales.
El segundo problema es, en realidad, el más fácil de solucionar. Cambios menores en la legislación impositiva convirtieron los fondos de pensiones y seguridad social de los Estados Unidos en fondos de inversión, y ahora más de la mitad de todos los estadounidenses se han convertido en accionistas —sin que, aparentemente, nadie tenga por el momento la intención de provocar una revolución en el esquema de propiedad del capital—. Por supuesto que esto es sólo un comienzo, pero uno muy esperanzador. Podemos prever un día cuando la mayoría de la gente sea propietaria de capital y derive una porción significativa de su ingreso de aquél; y, en última instancia, tal vez, un día cuando todos vivamos de dividendos, todo el trabajo sea hecho por las máquinas, y nadie sea nunca más sentenciado a una vida de asalariado. Esto requiere la separación de la propiedad y la administración, y es, por lo tanto, imperfecto desde el punto de vista distributista; pero hace posible un resultado más deseable: una sociedad en la cual la mayoría sean rentistas —caballeros del ocio, capaces de sostener un nivel cultural mucho más alto que el de un campesino—. [*]

