Foto: Ditchling en la década de 1920
Mostrando las entradas con la etiqueta Estado de Bienestar. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Estado de Bienestar. Mostrar todas las entradas

martes, 10 de agosto de 2021

Una precisión sobre la palabra Distributismo

Traducción al castellano de un fragmento del Prefacio de Stefano Fontana a la nueva edición italiana de Hilaire Belloc, Distributismo, la via d’uscita dallo Stato Servile, Fede & Cultura, Verona 2021. [Tomado del correo del jueves, 22 de julio de 2021 del Osservatorio Internazionale Cardinale Van Thuân sulla Dottrina Sociale della Chiesa]
 
Una de las más frecuentes de estas adulteraciones del distributismo consiste en la distorsión del significado de la palabra misma. El distributismo suele entenderse como la propuesta de una distribución de recursos y habilidades desde el centro hacia la periferia. Una especie de descentralización. En este sentido, el centro del discurso económico, social y político seguiría siendo el centro -por ejemplo el Estado- mientras que los sujetos periféricos quedarían subordinados ya que sus competencias, propiedad y recursos derivarían de la voluntad descentralizadora del centro. Por tanto, la familia o los órganos intermedios se beneficiarían de lo anterior y no tendrían una propiedad original para gestionar su autoridad por sí mismos. 
 
Es evidente que esta interpretación de la palabra que designa este movimiento es exactamente lo contrario de la realidad del movimiento en sí. La distribución de la que habla el distributismo no debe entenderse como una redistribución después de la centralización. Por tanto, no como una distribución administrativa mediante el uso de la máquina burocrática del Estado moderno de lo que este mismo Estado ha centralizado repentinamente, sino como una distribución orgánica y original, basada en el orden natural que es en sí mismo distributivo y prevé que antes de la Estado centralizado existen sociedades naturales y cuerpos intermedios que gozan de autoridad propia e inalienable. Es el orden natural, por tanto, y no el Estado el que distribuye deberes y derechos, autoridad, subjetividad social y política. La historia política que vivimos después de las teorías de Bodin, Hobbes y Rousseu y después de la implementación concreta de sus teorías en el estado napoleónico y en todas las formas estatales que se inspiraron en él como un prototipo para ser replicado (y esto, sí, mente usted, es un proceso aún en curso) obliga, en cierto sentido, a luchar por una redistribución desde el centro hacia sujetos naturales despojados de sus habilidades igualmente naturales. En la lucha actual contra el Estado que es a la vez Hombre-Máquina-Animal-Dios, como escribió Carl Schmitt, resumiendo el pensamiento lúcido y angustiado de Hobbes, es necesario quitar para dar, quitar de el usurpador para volver a dar a los usurpados. Sin embargo, debemos ser conscientes de que esta redistribución se debe a los errores de la historia y es una corrección de un error original del pensamiento político moderno y de la historia de la modernidad. El centro desde el que debe partir la redistribución es abusivo, y la redistribución no debe entenderse como el paso del centro a la periferia, porque de esta manera se quedaría presa del mismo esquema erróneo. La distribución a la que se hace referencia en el nombre Distributismo es la del orden natural de las cosas. Como vemos, la refutación de este frecuente malentendido es de gran importancia para recuperar algunos perfiles arquitectónicos del correcto pensamiento político y volver a poner las cosas en su orden fisiológico. 
 
Stefano Fontana
 

 


martes, 30 de junio de 2020

La Causa del Distributismo Cristiano



por Allan C. Carlson*, Chronicles, Julio de 2020.



El Distributismo cristiano celebra lo pequeño y lo humano. Descansa sobre fuertes economías hogareñas y exige la más amplia posible distribución y posesión de la propiedad productiva. Favorece la propiedad de los trabajadores, a través de cooperativas, de las necesariamente más grandes máquinas y empresas. Requiere y refuerza comunidades locales, ligadas por lazos familiares, de fe y de oficio. Acoge matrimonios de por vida y fértiles de hombres y mujeres. Favorece el cuidado hogareño de los ancianos y los enfermizos, así como la educación centrada en la casa de los jóvenes.

Entre los rivales contemporáneos del Distributismo incluimos al capitalismo laissez-faire de los libertarios y al nacionalismo económico de los chauvinistas. La principal diferencia entre los tres yace en sus respectivas antropologías.

Para los libertarios, sólo los individuos atomizados sostienen reclamos morales, sociales y económicos. Estos “hombres económicos” eligen su propio orden moral, su propia identidad sexual, sus propios arreglos de vida y acumulan poder y riqueza hasta el límite de sus capacidades, suerte y energías. Los estúpidos, los débiles, los perezosos y los desafortunados son dejados a la caridad privada. Los lazos familiares se yerguen como barreras a la eficiencia económica y, en el mejor de los casos, son minimizados. Para las cargas personales, tales como los padres ancianos y los niños que escapan el aborto, la mercantilización de todo provee respuestas: los centros de cuidado infantil al comienzo de la vida y los geriátricos para el final.

El orden económico nacionalista de los chauvinistas puede dar reconocimiento a una versión disminuida de los valores familiares, pero principalmente como parte de una elaborada máquina socio-política para potenciar la seguridad nacional. En la práctica, bajo el régimen nacionalista, la mayoría de las familias son liberadas de las cargas de la propiedad de modo que puedan servir mejor a las instituciones de supervivencia y orden: las corporaciones monopolísticas que proveen bienes necesarios fabricados y construyen elaboradas autopistas así como aeronaves, tanques y otros mecanismos de “defensa”.

Ligado al nacionalismo económico está el Estado de bienestar y sus bonos de alimentos, seguros sociales, alquileres subsidiados, etc. La mayoría de las personas y las familias conservan, en el mejor de los casos, sólo sus modestos ahorros y poseen poco de valor perdurable. Sin embargo, podrían tener derechos sobre las chucherías del orden industrial: teléfonos celulares, televisiones de pantalla amplia y vehículos utilitarios deportivos.

La antropología del Distributismo cristiano, en su nivel más profundo, llega hasta la ética aristotélica, ubicando al individuo dentro de una telaraña de relaciones humanas naturales: el matrimonio, los hijos, la familia, los amigos y los vecinos. La identidad de cada persona está delimitada por estos vínculos. Las entidades políticas más grandes que las aldeas y los vecindarios son mejor vistas como agregados de comunidades intensivas y naturales para fines limitados tales como la defensa mutua.

Las cosmovisiones económicas de cada sistema competidor también difieren. El capitalismo laissez-faire presenta una energía sin fin y sin descanso. Como un niño pequeño, no puede dejar nada sin tocar. Cada interacción humana que toca debe ser transformada en una mercancía. Todo, incluyendo los embriones, está a la venta. El sistema laissez-faire se difunde alrededor del globo, absorbiendo a las comunidades más tradicionales en una matriz voraz, hasta que la última de las tribus amazónicas inmaculada sucumba a las camisetas y las zapatillas. Nada dura.

El orden económico nacionalista, por otro lado, evoluciona hacia la economía de un Estado de seguridad. Favorece la economía de guerra, con enemigos que nunca desaparecen: el comunismo soviético durante cuarenta años, el “putinismo” hoy. El Estado económico nacionalista hace gastos masivos en portaaviones, aviones espías, bombas nucleares y nuevas tecnologías para militarizar el espacio exterior. Docenas de “agencias de inteligencia” traman amenazas, tales como inexistentes armas iraquíes de destrucción masiva, con el fin de desatar la guerra permanente para lograr la paz permanente.

Como hemos visto, incluso el débil virus Covid-19 puede provocar la guerra económica nacionalista, con el mismo resultado: entidades masivas como Amazon y Walmart multiplican su tamaña mientras que los negocios de escala familiar son destruidos. A través de llamadas al servicio nacional obligatorio y presupuestos ocultos del control democrático, este sistema puede pasar fácilmente a un fascismo mezquino.

La respuesta distributista cristiana a las grandes corrupciones e inequidades que enfrentan las personas dentro del orden industrial moderno es la propiedad privada. Como explicó el Papa León XIII en su encíclica de 1891 sobre la economía humana, Rerum Novarum, sólo cuando los trabajadores puedan anticipar ganar una porción de la tierra podrá tenderse un puente sobre el golfo entre la vasta riqueza y la absoluta pobreza. El Distributismo cristiano favorece la economía hogareña, una medida real de autosuficiencia y la cooperación con la familia y los vecinos.

Los críticos del Distributismo cristiano comúnmente critican su falta de especificidad. En realidad, los importantes arquitectos de esta forma de vida han sido muy claro acerca de las políticas que deberían perseguirse. Los distributistas ingleses como Hilaire Belloc y G. K. Chesterton, que escribieron en la primera parte del último siglo, exigían todo lo siguiente:
  • La ruptura de los monopolios, el apoyo de una extendida participación en las ganancias y la transferencia de la propiedad a corporaciones de trabajadores; 
  • La redistribución de la tierra agrícola y otros recursos naturales, la imposición de los contratos de transferencia desalentando la venta de pequeñas propiedades a los grandes propietarios y el aliento de la división de grandes propiedades para la venta a las familias;
  • El enjuiciamiento de los capitalistas fraudulentos, tales como los financistas detrás de la crisis económica de 2008;
  • El aliento de la autosuficiencia sana, mediante el deshecho de reglas urbanas zonales que prohíben las cercas, la cría de gallinas, los huertos de verduras y los pequeños comercios;
  • La descentralización de la industria, el abaratamiento de la electricidad y la expansión de las redes de energía, lo que Chesterton dijo “podría llevar a muchos pequeños talleres”;
  • El aliento de una agricultura sana a campo y de escala familiar, que Belloc dijo “debe ser privilegiada contra la enfermedad social a su alrededor” en términos de crédito e impuestos;
  • La restauración de los pequeños comercios y el uso de impuestos diferenciales contra los minoristas gigantes.

Los críticos replican que el régimen distributista es foráneo a los Estados Unidos. Ésta, argumentan, ha sido siempre la tierra del individuo fuerte, el millonario hecho a sí mismo y el líder corporativo estrafalario: el hogar natural del gran capitalista, no del campesino o del zapatero.

El sistema económico dominante en los Estados Unidos hasta bien adentrado el siglo XIX era, sin embargo, de carácter distributista. Los estadounidenses de 1776 mayoritariamente levantaron sus vidas económicas alrededor de la familia y del hogar. Como proto distributista, la generación fundacional de estadounidenses tenían una preocupación primordial: la tierra, especialmente la preservación de la tenencia familiar en el futuro. Su apego al suelo no era una aventura especulativa, sino por el contrario el fundamento necesario de hogares piadosos, lo que un observador llamó “el uso de la tierra centrado en el niño”. La agricultura de subsistencia era la norma: menos del 20% de las granjas producía bienes para vender en el mercado.

Las actitudes religiosas combinadas con la economía práctica de la pequeña granja aseguraba que la descendencia fuese una bendición, más que una maldición. Los niños llegaban a sus padres como activos, nuevos trabajadores para la empresa familiar y fuentes de seguridad y cuidados para los padres ancianos. Como el historiador James Henretta notó, los padres de la economía premoderna criaban a sus hijos para “sucederlos”, no para tener “éxito”. El tamaño promedio de la familia estaba cerca de los nueve hijos por pareja, un guarismo casi sin precedentes en la historia demográfica global. La población de la nueva nación se duplicaba cada veinticinco años. Hoy, las tasas de natalidad están bastante por debajo de los niveles de reemplazo.

Entonces, ¿qué pasó? Brevemente, el viejo ideal agrario de los Estados Unidos asociado con Thomas Jefferson se entregó, de acuerdo con el historiador Herbert Agar, al “ambicioso capitalismo hamiltoniano”. Para 1900, este cambio había generado a los plutócratas industriales de la Edad Dorada, junto a una “masa de esclavos asalariados sin propiedades” en las ciudades y un número creciente de arrendatarios y aparceros —en vez de propietarios— en el campo. Agar concluía que la democracia estadounidense se había convertido para 1930 en “una pantalla opaca para la plutocracia”, con el capitalismo práctico convertido en “la negación de la propiedad privada”.

Como respuesta a esto, Agar se unió al ruralista sureño Allen Tate para producir en 1936 el volumen ¿Quiénes son los dueños de los Estados Unidos? Una nueva Declaración de Independencia. Un año después, colaboró con los neoyorkinos Ralph Borsodi y Chauncey Stillman para lanzar la publicación mensual, Free America: A Magazine to Promote Independence.

Las políticas abogadas por los autores en Free America se hacían eco de las de Chesterton y Belloc, aunque con un fuerte acento estadounidense. Incluían leyes que asistieran a los arrendatarios de granjas para convertirse en propietarios; que prohibieran la propiedad societaria de la tierra agrícola; que pusieran fin al tratamiento favorecido a las sociedades como “personas” bajo la constitución federal; que dieran significativo apoyo financiero a la vivienda familiar en terrenos aptos para la producción hogareña; que proveyeran aliento legal a las cooperativas de producción y de consumo; que expandieran las redes eléctricas en las áreas rurales para crear una fuente energética adecuada para las pequeñas granjas y los talleres; y que promovieran la comida local producida en granjas orgánicas y biodinámicas.

Desgraciadamente, la tempestad centralizadora de la Segunda Guerra Mundial abrumó a esta revista de cruzados descentralizadores, que dejó de publicarse en 1947. Las demandas de tiempo de guerra habían bruscamente aumentado la presión consolidadora agrícola. “Crece o sal de en medio” se convirtió en la política federal hacia los granjeros en la década de 1950, llevando a la casi extinción de la agricultura de escala familiar y la despoblación de los Estados Unidos rurales. Los suburbios estadounidenses se hincharon en tamaño —un desarrollo con frecuencia celebrado por los nacionalistas económicos— pero tales casas fueron típicamente construidas en lotes demasiado pequeños para el uso productivo agrícola. Rescatado por la guerra y el consecuente imperialismo, el capitalismo financiero ganó nuevo lustre y control político en el hinchado Estado de bienestar. Apelaciones a “lo pequeño” o “lo humano” hoy parecen anticuadas, incluso absurdas.

Esta economía nacionalista pronto comenzó a resquebrajarse, sin embargo. La tentación de reabrir las fronteras estadounidenses y conseguir trabajo barato, era irresistible y fue lograda en 1965 con la ley de Inmigración y Nacionalidad. La Guerra de Vietnam reveló las corrupciones del Estado de seguridad nacional y terminó en una derrota sangrienta y costosa.

Comenzando a mediados de los ’70, los Estados Unidos, Gran Bretaña y otras naciones-estado pretendieron fusionar las economías nacionalista y laissez-faire: fue llamado “nuevo liberalismo”. En el camino, el gobierno estadounidense se embarcó en una serie de guerras imposibles en Medio Oriente para sostener el Estado de seguridad. El gran shock vino en 2008 cuando la corrupción financiera casi destruyó el orden económico.

Y ahora, el asunto del Covid-19 ha traído un colapso sorprendente, aunque inevitable, del sistema globalizado neoliberal. Reveladoramente, la respuesta en casi todos los países industriales ha sido un masivo y necesario retorno a un Distributismo de facto: trabajar desde casa, la educación familiar, la jardinería hogareña, la cocina casera, las gallinas del fondo, la recreación en la familia, la oración en el hogar, etc.

Este episodio curioso, sin embargo, ha subrayado una gran verdad: el Distributismo es el orden económico humano natural, uno que tiene raíces en los viejos Estados Unidos y que merece el reconocimiento cultural y político.


*Allan C. Carlson fue presidente del Rockford Institute entre 1986 y 1997, y presidente del Howard Center desde 1998 hasta su retiro en 2015.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Distributismo (iii)

[Escrito original de Karl Jahn. Traducción, títulos y notas de la Liga Distributista.]

La cuestión de la propiedad de los medios de producción

Durante sus vidas, Chesterton y Belloc lograban la atención por sus ideas sociales y políticas inusuales gracias a sus grandes talentos literarios y sus reputaciones; iban a la par de Wells y Shaw, los voceros del socialismo fabiano más famosos en el ambiente literario, con quienes mantenían un constante y amistoso estado de debate. Sin embargo, el Distributismo cayó en el olvido tras las muertes de sus voceros de vanguardia. La mayoría de los críticos literarios han ignorado o minusvalorado esta parte de su trabajo, considerándola arcaica, excéntrica e indigno de nota.

Los distributistas se ocuparon de numerosos temas pero la esencia de este movimiento pequeño pero interesante, como marca su nombre, era ser una alternativa original al capitalismo y el socialismo. Han existido numerosos intentos por encontrar una “tercera vía” entre estos dos sistemas contendientes desde el surgimiento de los movimientos socialistas a fines del siglo XIX. Las tres alternativas principales que aparecieron fueron el liberalismo del Estado de bienestar o socialdemocracia, el fascismo o nacional socialismo, y la democracia cristiana, todos persiguiendo fines distintos esencialmente por los mismos medios: el corporativismo (mediante el cual el gobierno media entre el capital organizado y el trabajo organizado) y el Estado de bienestar (mediante el cual el gobierno saca a los que más tiene para dar a los que menos tienen). En general, el Estado deja la propiedad privada intacta, pero la sujeta a algún grado mayor o menor de regulación y redistribución con el objeto de proveer seguridad a las masas. Por supuesto, ha sido la alternativa liberal/socialdemócrata la que triunfó, al final, en todos los países occidentales.

Fue en este contexto histórico e ideológico que Chesterton y Belloc formularon sus propias ideas. Para ellos, los temas políticos cruciales eran económicos. Como para los liberales clásicos, estaban preocupados por asegurar la libertad y la propiedad, y propugnaban los derechos del individuo frente al poder y la autoridad del Estado; pero, como los socialistas, estaban también preocupados con el problema de la desigualdad económica y alentaban a los pobres frente los ricos. De ahí que no quisiesen entrar en componendas con el capitalismo ni con el socialismo.

El problema con el capitalismo, según sus ideas, era la incompatibilidad entre la libertad política y la desigualdad económica. La desigualdad que les preocupaba no era principalmente la del ingreso disponible y el disfrute de bienes de consumo (como la mayoría de la gente piensa hoy); por el contrario, lo que les preocupaba era la posesión de propiedad sustancial, y, especialmente, de capital. Una vez, Chestertón señaló que “lo que llamamos capitalismo debería ser llamado proletarianismo” —queriendo decir que en un capitalismo verdadero todos, o casi todos, deberían ser capitalistas—. En tanto y en cuanto la propiedad del capital esté restringida a unos pocos, los propietarios, tener el control sobre los medios de producción (de los que dependen las vidas de todos en una sociedad) tendrá una ventaja desproporcionada en su poder de negociación económico, de modo que podrán explotar a las clases desposeídas.

Esta explotación causa una herida profunda en la sociedad que, ellos pensaban, resultaría inevitablemente en la caída del capitalismo. En teoría, el Estado capitalista está compuesto de ciudadanos libres e iguales, cuya única relación legal es el contrato; pero en la práctica, sin embargo, está compuesto principalmente de personas que, dependiendo su subsistencia de la voluntad de otros hombres, no tienen realmente independencia de acción. Más aún, el capitalismo condena a la gran masa de la sociedad a la inseguridad. Hombres que dependen de sus salarios, sin propiedad como reserva, se convierten en miserables si no pueden trabajar. El capitalismo necesita mantener vivas, mediante métodos no capitalistas, a grandes masas de la población que de otra manera pasarían hambre. Ésta fue la razón de las Leyes de Pobres británicas y, en última instancia, del Estado de bienestar. Yendo más lejos, la competencia económica genera inseguridad también para los propietarios, por lo que es de su interés contar con la regulación estatal del mercado para crear cárteles y monopolios.

Existen sólo tres regímenes que podrían reemplazar al Estado capitalista condenado y resolver estas contradicciones: el colectivismo, que pone los medios de producción en manos de la comunidad como un todo organizada como Estado; la esclavitud o servidumbre, en la cual los propietarios y los trabajadores son legalmente reconocidos como tales y comprometidos por sus estados, anexos a los cuales existen derechos y obligaciones diferentes; y el “Estado distributista”, en el cual la propiedad privada es reestablecida en gran escala, aboliendo así el proletariado al convertir a sus miembros en propietarios. Por lo tanto, el Distributismo es original en cuanto es la única “tercera vía” entre el capitalismo y el socialismo que, realmente, llegó a la raíz del problema. En vez de buscar una solución de compromiso entre el capital y el trabajo, el Distributismo aboliría a ambos en cuanto clases separadas.

El socialismo, por su parte, era para los distributistas insatisfactorio porque sólo exacerba el problema básico: “el socialista dice que la propiedad ya está concentrada en monopolios y que la única esperanza es concentrarla más en el Estado”. El socialismo debería dar estabilidad una vez que es aplicado, pero aún es injusto porque la condición básica de la servidumbre económica sigue siendo la misma, sea que el empleador de uno sea otro individuo o el Estado.

Un pequeño movimiento político llamado Socialismo Corporativista emergió en Inglaterra en las décadas de 1910 y 1920, directamente inspirado en gran parte por el medievalismo y el anti-estatismo de El Estado servil. Era la versión peculiarmente inglesa de los más radicales y violentos movimientos anarcosindicalistas que se extendieron por ese tiempo en todo el Continente. La idea era que los sindicados, o las guildas, tomaran el control directo de una industria y que la administraran democráticamente. Sin embargo, Belloc se opuso al socialismo corporativista puesto que era un cambio no esencial en la forma del socialismo. Sin la propiedad privada, las “guildas” o los “sindicatos” no serían en realidad nada más que ministerios de un Estado colectivista todopoderoso.

La gente sólo puede ser propietaria de los medios de producción y de distribución por separado, no todos juntos. El socialismo pondría todos los huevos en la misma canasta. Nadie podría pensar “que doce millones de hombres, digamos, llevaran la canasta, o cuidaran la canasta, o tuviesen algún control real sobre los huevos de la canasta para distribuirlos”. Necesariamente, quedarían controlados desde el centro por un puñado de gente. Por lo tanto, la propiedad de los medios de producción debe ser compartida —en el sentido capitalista de “cuota parte” o “acción”, esto es, como algo dividido y no mancomunado—. Los hombres sólo pueden controlar lo que poseen individualmente. La gente actuará como un colectivo sólo para establecer el marco legal y político que dividirá la propiedad y la mantendrá dividida.

Por supuesto que Marx y sus seguidores estaban equivocados cuando predecían que las “contradicciones” económicas del capitalismo inevitablemente causarían su colapso y reemplazo por el socialismo. La mayoría de los reformistas sociales, puesto que están principalmente preocupados con la obtención de seguridad para las masas, se satisfacen con reformas de la variedad “pan y circo”, que dejan la propiedad intacta. Los capitalistas, por su lado, aceptan estas reformas y las adaptan. Belloc previó esta componenda y predijo que resultaría en lo que llamó el “Estado servil”.

Ésta es una sociedad basada sobre un estado coercitivo más que sobre un contrato libre, caracterizada por un populacho esclavo, dependiente, en primer lugar, de sus empleadores y, en segundo lugar, de la caridad del Estado, combinada con un pequeño grupo de plutócratas, ellos mismos dependientes del poder del Estado para asegurar su posición. Los empleados de las grandes corporaciones serán, de facto y, en última instancia, legalmente, siervos industriales. Por su poder económico para influenciar al Estado, los capitalistas manejarán estas reformas sociales en beneficio propio, dando a la gente seguridad —la seguridad que conlleva la esclavitud: la consideración que el esclavista tienen por su propiedad humana—. Esta seguridad está atravesada por el anzuelo de la pérdida de libertad.

Viendo cómo la plutocracia explotó el idealismo aparente y las reformas supuestamente bienintencionadas, los distributistas sospechaban de los reformadores sociales idealistas tanto como de los plutócratas. Con demasiada frecuencia, el plutócrata y el reformador parecen estar asociados secretamente: sobre todo, cuando el plutócrata explota el trabajo de la mujer y el reformador predica la “emancipación” de la mujer de la familia.

Por lo tanto, los distributistas no querían “reformar” el capitalismo (el que entendían, repetimos, como la propiedad de todo el capital en pocas manos): querían su abolición. A diferencia de los marxistas, creían que la propiedad privada era la solución, no el problema. “La cura para la centralización es la descentralización”, decían. “La acción natural, cuando la propiedad ha caído en pocas manos, es devolverla a manos más numerosas.” Sus ideas políticas pueden ser sintetizadas en dos grandes palabras: Libertad y Propiedad. El nombre que inicialmente se propuso para la organización fue, de hecho, el pomposo pero elocuente “La Liga para la Preservación de la Libertad mediante la Restauración de la Propiedad”. Su ideal era “una sociedad en la cual los medios de producción estén distribuidos como propiedad entre muchas unidades del Estado —las familias y los individuos que lo componen—”.

La solución distributista a la “lucha de clases” no era esencialmente utópica como lo es el socialismo. La meta no era la igualdad de condición, apenas definida, sino de oportunidad. Su idea de distribución equitativa evitaba que todos “se maten entre ellos y busquen en los bolsillos de los otros por si encuentran media corona o dos chelines” —todos los hombres tendrían una mayor o menor porción de la economía, como pequeños propietarios y productores: campesinos, artesanos, comerciantes libres—. Incluso habría espacio para empleados asalariados y empleadores en los márgenes de la sociedad.

Los distributistas tenían dos propósitos en mente cuando defendían la libertad y la propiedad y, al hacerlo, identificaban el uno con el otro. Primero, veían a la propiedad como una fuente de poder individual real y práctico, necesario para institucionalizar la libertad abstracta. Segundo, veían la propiedad como el logro de necesidades espirituales del hombre y expresión de su personalidad.

Darle al hombre ordinario un voto no necesariamente le da algún poder real; permitiéndole tener una familia y un hogar que sea propio, sí le damos poder, un reino sobre el que ejerce soberanía privada. De hecho, el voto no significa nada sin los medios para ejercer poder real en el reino político. El “socialismo democrático” es una contradicción en los términos: cuando el gobierno provee todo, uno puede difícilmente esperar que provea para que se le opongan. (Del mismo modo que, hoy en día, los socialistas quieren reformar el financiamiento de las campañas electorales para evitar que la gente use su propiedad para oponerse a ellos.) Pero sobre todo, los hombres sólo pueden ser libres realmente (esto es, poder controlar sus propias vidas) cuando controlan directamente los medios para producir su propia subsistencia. No indirecta o teóricamente, diciendo (por ejemplo) que una fábrica “pertenece al pueblo” —sino, en realidad, siendo propietarios de acciones individuales en la fábrica—.



Entretenimiento de niños en la era industrial. No sabríamos precisar cuál es más dañino.


Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...