Foto: Ditchling en la década de 1920

jueves, 6 de octubre de 2011

Feliz descubrimiento: Maravillosa bitácora sobre Belloc

Leíamos una interesante entrada del Padre Tim Finigan, párroco de Our Lady of the Rosary, en Blackfen (Arquidiócesis de Southwark, Inglaterra), para su bitácora "The hermeneutic of continuity", en memoria de Michael Davies, maestro de escuela, prolífico escritor polémico y líder que fue de la Latin Mass Society y la Federación Internacional Una Voce.

Como al pasar, nos cuenta el sacerdote inglés que quien solicitó una Misa por el eterno descanso de Davies, a la que asistió su viuda, fue uno de sus últimos feligreses en abrir una bitácora. Fue darle al link y descubrir una completísima bitácora sobre Hilaire Belloc: The Hilaire Belloc Blog http://thehilairebellocblog.blogspot.com/

La bitácora está puesta bajo la protección de Nuestra Señora de las Nieves y comienza con un fragmento de The Path to Rome, que, a propósito, ha sido editada recientemente en España una nueva traducción más ajustada al original.

Y se presenta, a continuación, de una manera muy bellociana:

Sí, muy posiblemente sólo otra bitácora, pero veremos. Esta bitácora está dedicada a la memoria viva del gran escritor anglo-francés Hilaire Belloc. Hay tanto de él (y había físicamente tanto también) que es difícil saber por dónde comenzar. Pero tenía tanto que decir sobre tantas cosas y tanta gente. Desde Crecy hasta Tourcoing, desde el vino hasta la cerveza y desde Catalina de Aragón hasta Robespierre. De modo que cuando no estaba escribiendo sobre algo, invariablemente, estaba escribiendo sobre todo. Incluso tenía tiempo para escribir sobre nada

Desde el queso de la Abadía de Belloc hasta la postura del historiador católico. Desde la danza Morris en Shipley hasta las cartas de amor a Elodie. Desde Matilda Mother interpretada por Syd Barrett (Pink Floyd) hasta la intervención parlamentaria de Belloc sobre algo tan importante como la pureza de la cerveza (que lo es, importante). Desde las Cautionary Tales for Children llevadas a la ópera hasta la audiencia con San Pío X en Roma. Desde una recensión en The Wanderer hasta la "Belloc Supper" de los defensores de las Downlands comunales de Worthing. Desde la vieja revista Land & Water hasta una caricatura en el Punch sobre las habilidades táctico-cartográficas de Belloc. Desde la poesía bellociana llevada a la canción hasta la visita de Hilary al convento de los norbertinos de Storrington. Desde... Pero aquí paramos. Hay mucho, mucho más.

Enjoy! 



lunes, 3 de octubre de 2011

Hilaire Belloc, "La restauración de la propiedad"

La restauración de la propiedad

miércoles, 21 de septiembre de 2011

San Mateo

Hoy, 21 de septiembre, se celebra la fiesta de San Mateo, Apóstol y Evangelista, co-patrono del Distributismo.

Mateo o Leví, hijo de Alfeo, era galileo. Ejercía la odiosa profesión de los publicanos: recaudadores de impuestos para los romanos, que se enriquecían prestando esos dineros públicos a interés a sus hermanos, antes de entregarlo a las autoridades, sacando en el entretiempo una abultada diferencia. En el caso de Mateo, según la tradición, ejercía su oficio junto al Mar de Galilea, cobrando peaje a los que cruzaban el lago también llamado de Genesaret o Tiberíades.

Durante el segundo año de predicación de Nuestro Señor, ocurrió el llamado de Leví el Publicano, convirtiéndose en el séptimo apóstol, luego de Andrés, Pedro, Juan, Santiago, Felipe y Bartolomé, todos ellos simples pescadores.

Pasaba Jesús por Cafarnaún y vio sentado a Leví, cobrando sus impuestos. Sin preámbulos, Le dijo: "Sígueme". Y Mateo, dejándolo todo, se levantó y lo siguió.

Dejaba su oficio, sus riquezas y su familia, para partir en pos de Cristo. De allí en más, ya no sería Leví, sino Mateo. Y para celebrar la ocasión, organizó un banquete, presidido por Jesús, y al que concurrieron otros publicanos. Los fariseos utilizarían este hecho, comer con publicanos, como constante acusación contra el Señor, pero éste les recordará que ellos los precederán en el Reino de los Cielos.

De allí en más, poco sabemos de Mateo. Su personalidad se apaga, para que crezca la de Jesús. En vez de recaudar dineros, recaudará las palabras del Maestro y los hechos de Su vida.

Y años después, volcará esas palabras y esas experiencias en un Evangelio. Presenta en él a Jesús como el Mesías anunciado en el Antiguo Testamento, en quien se cumplen las profecías. De los cuatro Evangelios, el suyo es el que quizá conserva mayor cantidad de citas textuales del Divino Maestro. No duda en otorgar a la Iglesia la herencia de los privilegios del pueblo de Israel. Es frecuente en él la referencia al Reino.

Tras predicar en Galilea y en Judea, San Mateo se trasladó a Persia. Estuvo también en Egipto y, finalmente, recaló en Etiopía, donde -según los Bolandistas- realizó muchos milagros y convirtió a la familia real, la corte y el pueblo. Desde muy antiguo se recuerda su martirio un 21 de septiembre, al pie del altar, asesinado por orden de Hirtaco, usurpador del reino etíope, que pretendía casarse con la princesa Ifigenia, protegida del Santo y que había hecho votos de virginadad perpetua junto a otras 200 jóvenes de aquel reino. Por orden del Papa Gregorio VII, sus restos fueron trasladados a Salerno en 1080, donde actualmente se conservan estas reliquias.




La vocación de San Mateo. Óleo sobre lienzo, h. 1599-1600. Capilla Contarelli, San Luis de los Franceses, Roma. [Fuente: UrielArte.]

jueves, 18 de agosto de 2011

Invitación recibida

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Amartya Sen no es estrictamente distributista, ni siquiera se encuentra cerca, pero el hecho de poner en cuestión a la ciencia económica en su versión mainstream (la síntesis neoclásica postkeynesiana que todo lo engloba) es ya, de por sí, encomiable. Hacemos extensiva, entonces, la invitación.

Ahora bien, desearíamos que la Escuela de Economía "Francisco Valsecchi" de la Pontificia Universidad Católica Argentina Santa María de los Buenos Aires utilizara preferentemente sus (suponemos que escasos) recursos en profundizar en el pensamiento del recordado Profesor Valsecchi y, quizá también, en el de sus maestros: Giuseppe Toniolo, Francesco Vito, Amintore Fanfani, Luigi Einaudi, etc.

lunes, 15 de agosto de 2011

¿Por qué el teléfono BlackBerry se llama así?


Le pusieron así porque cuando había esclavitud en los Estados Unidos, a los esclavos nuevos se les ataba una bola negra de hierro muy irregular y cacariza, vamos, no era una bola perfecta, con una cadena y un grillete al pie, para que no escaparan corriendo de los campos de algodón. Los Amos, para usar un eufemismo (palabra políticamente mas correcta que suena más bonito), le llamaban "BlackBerry" (cereza negra) porque se asemejaba a dicha fruta. Ese era el símbolo antiguo esclavitud que decía que estaría forzado a dejar su vida hasta perecer sin poder escapar en esos campos de siembra.

En los tiempos modernos, a los nuevos empleados no se les puede amarrar una bola de hierro para que no escapen, en cambio, se les da un "BlackBerry" y quedan inalámbricamente atados con ese grillete, que al igual que los esclavos, no pueden dejar de lado y que los tiene atados al trabajo todo el tiempo. Es el símbolo moderno de la esclavitud.

Yo tengo uno, al igual que todos los demás gerentes y directores y basta ver como están pegados a la dichosa maquinita todo el tiempo, como adicción; en el baño, en el auto, en el cine, en la cena, al dormirse y no hay forma de escapar cuando llama el jefe o cuando te mandan correos.No hay manera de decir que no te llegó o que no escuchaste porque este teléfono chismoso te avisa si llamaron y no contestaste, si tienes mensajes por leer, si los leíste y si los demás abrieron tus correos, te marca citas, horarios, te despierta, se apaga solo, se prende solo, y te permite estar idiotizado horas en la internet, mientras tu esposa, esposo, novia o novio y tus hijos y familia te reclaman porque no les pones atención. Y ahí los ves, modernos ejecutivos que se sienten muy importantes porque "el jefe" les dio su BlackBerry" para que no escapen de los campos de trabajo.

No habrían podido pensar un nombre mejor, ¿no crees? 


Hemos encontrado este relato en la web en distintas versiones. Desconocemos el origen del mismo. Tampoco estamos seguros sobre la veracidad de la historia de los grilletes y la bola negra. Pero si non è vero è ben trovato...

miércoles, 20 de julio de 2011

STAT VERITAS: Chesterton: mujeres torturadas.

STAT VERITAS: Chesterton: mujeres torturadas.: "En su hogar, una mujer puede ser decoradora, cuentacuentos, diseñadora de moda, experta en cocina, profesora... Más que una profesión, lo q..."

lunes, 18 de julio de 2011

La economía budista.

Este año se conmemora el 100º aniversario del nacimiento de E. F. Schumacher. Haciéndonos parte de este aniversario y conmemoración, reproducimos a continuación el capítulo 4º del célebre libro Lo pequeño es hermoso, "La economía budista". 

Es bastante sabido, aunque nunca viene mal repetirlo, que originalmente el nombre de este famosísimo capítulo (ha sido traducido a cientos de idiomas, más que el propio libro) iba a ser "Chestertonian Economics", pero fue modificado a último momento por motivos de márketing.

Economía budista (E. F. Schumacher)


jueves, 7 de julio de 2011

¿El Instituto Acton es una genuina expresión de la Doctrina Social de la Iglesia?

El Acton Institute es un grupo de presión ultra-liberal estadounidense que fue fundado por el sacerdote Sirico, quien trae detrás de sí un turbio pasado. Desde un comienzo, allá por 1990, pretendió conjugar la Doctrina Social de la Iglesia Católica con los principios del liberalismo, trabajando en conjunto con otros grupos de presión, revistas y pensadores católico-liberales y neoconservadores, especialmente con una lectura muy sesgada de la encíclica Centesimus Annus del Papa Juan Pablo II. Ha intentado influir sobre el mundo hispánico gracias a la traducción casi simultánea al castellano de parte de su sitio web ya desde hace tiempo, incluso ha organizado concursos con premios monetarios para seminaristas y estudiantes de Economía católicos.

Pero desde hace poco abrió su sede en la Argentina que es, si cabe, peor puesto que actúa mancomunadamente con instituciones como ESEADE (ultra-liberalismo austríaco) y la Fundación Atlas (inspirada en la obra anárquico-liberal de Ayn Rand), y es dirigida por Gabriel Zanotti, un epistemólogo “católico” de larga militancia en el liberalismo más ultra (y utópico, a la vez), adornado de un “Consejo Consultivo” donde la presencia de algunos notables —como Ricardo Crespo o Ludovico Videla— realmente desconcierta y confunde puesto que contradice sus trabajos e ideas anteriores: el primero, el Dr. Crespo, economista y filósofo, es autor de libros como La crisis de las teorías económicas liberales o La economía como ciencia práctica, y el segundo, el Dr. Videla, fue director durante años de la revista Valores en la Sociedad Industrial de la Univ. Católica Argentina y difusor entre nosotros de la obra de E. F. Schumacher.

Viene bien, entonces, este artículo de Thomas Storck que traducimos para echar un poco de luz sobre este “instituto”.

Lord Acton (John Emerich Edward Dalberg-Acton, 1834-1902) es recordado hoy principalmente por su frase “el poder corrompe, el poder absoluto corrompe absolutamente”, pero sería mejor que se supiera que, como líder del catolicismo liberal del siglo XIX, es un buen símbolo del conflicto que existe entre las versiones distintas de la Fe que han afligido a la Iglesia desde los ’60. Por lo tanto, es interesante que Acton haya sido elegido como patrono de un instituto con sede en la ciudad de Gran Rapids (Estado de Michigan, EE. UU.); un instituto que muchos consideran parte del “movimiento” católico ortodoxo de los Estados Unidos. Pero, como veremos, el nombre y patrono del instituto están bien elegidos, puesto que considera la tradición de catolicismo liberal e, incluso, disidente del que Lord Acton en persona formó parte y con la que muchos colaboradores del Instituto Acton seguramente se sentirían incómodos si fuesen identificados con ella y supieran exactamente quién fue y qué sostenía Acton.

La verdadera cara del Instituto Acton queda clara en proclamas que aparecen, o aparecían, en su web, por ejemplo, las lindas palabras acerca de Ignaz von Döllinger, tutor teológico de Lord Acton, quien prefirió abandonar la Iglesia antes que aceptar la definición de la infalibilidad papal que hizo el Concilio Vaticano I, o, por poner otro ejemplo, la oposición que lideró el Instituto a cualquier censura de la pornografía en Internet; sin embargo, en este artículo me concentraré en el disenso del Instituto frente al Magisterio social de la Iglesia. Examinaré algunas afirmaciones hechas por el presidente del Instituto, el P. Robert Sirico, para ver si pueden acomodarse a la enseñanza explícita de la Iglesia.

Primero, sin embargo, debemos ver la dificultad subyacente, la raíz de hecho, del disenso del Instituto Acton respecto a la doctrina social de la Iglesia. Ésta está en la aceptación desvergonzada del liberalismo. Al discutir el liberalismo es imperativo reconocer que el término, como es utilizado en la enseñanza papal, no significa lo mismo que significa en el discurso político estadounidense. Haríamos bien en pasar algún tiempo discutiendo qué significa exactamente ser liberal para comprender el desacuerdo fundamental entre el Instituto Acton y la doctrina católica.

El liberalismo, en la forma en que el término es usado en las enseñanzas de los Papas, y, de hecho, en toda Europa y en casi todo el mundo, es el movimiento que surgió en Occidente en oposición al orden político y económico cristiano de la Edad Media, y a la continuación de ese orden en los gobiernos europeos luego de que la Edad Media terminó. En este orden, los gobiernos creían que tenían obligaciones para con Dios, incluyendo el proteger a los pobres y el asegurarse de que la economía cumpla su función de proveer a todos los ciudadanos de las cosas materiales que necesitan para la vida. Ciertamente estos gobiernos cumplían su función de manera imperfecta, pero ninguna hubiese negado el tener esas obligaciones.

Sin embargo, el liberalismo niega de facto que el Estado o la comunidad humana sea una creación de Dios o que tenga deberes para con Él. Como mucho, el liberalismo acepta que el individuo tenga deberes para con Dios. Teóricos liberales importantes, como John Locke, sostenían que la sociedad y el Estado se originan de un contrato entre los hombres, el llamado contrato social, y que, por lo tanto, eran una creación meramente humana y que, como tal, no puede tener deberes inherentes para con Dios. Escritores económicos liberales, como Adam Smith, atacaron la misma noción de que el Estado tuviese que regular la economía en atención al bien común, argumentando, en cambio, que la economía era un mecanismo autorregulado y que, por tanto, cuanto menos se viese interferido por el Estado, mejor.

La Iglesia Católica se enfrentó al Liberalismo ya en el siglo XVIII, pero especialmente a partir del XIX. Y, contra la doctrina liberal, el beato Pío IX, y más claramente su sucesor León XIII, enseñaron que el Estado es una creación de Dios y que tiene deberes para con Dios.

Los hombres no están menos sujetos al poder de Dios cuando viven unidos en sociedad que cuando viven aislados. La sociedad, por su parte, no está menos obligada que los particulares a dar gracias a Dios, a quien debe su existencia, su conservación y la innumerable abundancia de sus bienes. (León XIII, Encíclica Immortale Dei, 1 de noviembre de 1885.)

Los liberales no sólo eran hostiles ante el concepto de un Estado creado por Dios y sujeto a Sus leyes, sino que incluso se oponían a los esfuerzos de los gobiernos para intervenir en el mercado supuestamente autorregulado. Gritaban para que todos lo escucharan que tales restricciones económicas retardaban el progreso de la humanidad. La actividad económica ya no necesitaba de regulaciones, pues la “mano invisible” de Adam Smith garantizaba que la avaricia y el egoísmo fuesen al final lo mejor para todos.

¿Cuál fue el resultado de esta nueva visión de la economía y el gobierno? Vale la pena repetir la clásica descripción que el Papa León hizo de este estado de cosas:

Disueltos en el pasado siglo los antiguos gremios de artesanos, sin ningún apoyo que viniera a llenar su vacío, desentendiéndose las instituciones públicas y las leyes de la religión de nuestros antepasados, el tiempo fue insensiblemente entregando a los obreros, aislados e indefensos, a la inhumanidad de los empresarios y a la desenfrenada codicia de los competidores. Hizo aumentar el mal la voraz usura, que, reiteradamente condenada por la autoridad de la Iglesia, es practicada, no obstante, por hombres codiciosos y avaros bajo una apariencia distinta. Añádase a esto que no sólo la contratación del trabajo, sino también las relaciones comerciales de toda índole, se hallan sometidas al poder de unos pocos, hasta el punto de que un número sumamente reducido de opulentos y adinerados ha impuesto poco menos que el yugo de la esclavitud a una muchedumbre infinita de proletarios. (Encíclica Rerum Novarum; 15 de mayo de 1891.)

El liberalismo, de la manera que fue usado el término en los documentos papales, y sus efectos en el orden económico, significa algo así como lo que Juan Pablo II llamó “capitalismo rígido” o “capitalismo desenfrenado”, una visión de la economía más o menos de libre mercado. Obviamente incluye elementos importantes de lo que en los Estados Unidos llamamos conservadurismo. Ahora volvamos a las propias proclamas del Instituto Acton y veamos cómo caracterizan las relaciones entre el liberalismo y el catolicismo.

En una columna que apareció en el número de septiembre / octubre de 1997 de la revista Religion & Liberty, el P. Sirico escribe acerca de la encíclica Centesimus Annus de Juan Pablo II, y asegura que en ese documento “las dos tradiciones se han unido… la ortodoxia religiosa y la teoría social del liberalismo clásico…” Más adelante examinaremos si es verdad o no la afirmación del P. Sirico de que la Centesimus acepta la tradición liberal, pero es interesante reconocer que el P. Sirico no llega a afirmar que la Iglesia haya siempre aceptado el libre mercado, pues en el mismo artículo dice:

La Iglesia, en ciertos períodos, ha criticado con fuerza lo que ha llegado a ser una sociedad libre, en parte porque algunos pensadores sociales confundían el liberalismo económico con el libertinismo moral, viéndolos como lo mismo y como teorías que se reforzaban mutuamente.

Pero ahora, dice, gracias “al coraje de Juan Pablo II y su lucha en favor de una sociedad libre… Ya no nos vemos obligados a hablar del liberalismo clásico y de la ortodoxia religiosa como perteneciendo a mundos intelectuales distintos”.

Aquí tenemos la admisión franca, por parte del P. Sirico, de que lo que él sostiene es la tradición del pensamiento liberal, de modo que si encontrásemos que la Iglesia siempre ha condenado esa tradición, entonces de forma lógica la aventura del P. Sirico se desmorona entera. Y esto es porque los Papas no objetan la tradición liberal simplemente porque veían que promovía el “libertinismo moral”, sino porque su concepción de la tarea del gobierno está en las antípodas de la concepción del P. Sirico. El gobierno como tal es la creación de Dios, y como tal tiene deberes hacia Dios y hacia sus súbditos. No es un mero cumplimiento de un contrato, sino que incluye una preocupación activa por el bien común.

En el mismo artículo, el P. Sirico pronuncia algunas palabras interesantes acerca de Lord Acton. Hablando del conflicto entre las tradiciones católica y liberal, dice Sirico,

A medida que las tensiones se hacían más pronunciadas en la segunda mitad del siglo XIX, hombres como Lord Acton vieron quebrarse sus vínculos cuando creyeron que debían optar entre la autoridad espiritual y los dictados de la razón, una situación que la escolástica tardía hubiese visto como una grave divergencia respecto de la enseñanza de su maestro, Santo Tomás.

No sólo la escolástica tardía hubiese visto a un hombre como ese con preocupación, sino incluso el mismo Santo Tomás. La respuesta del Doctor Angélico hubiese sido que el pobre hombre en cuestión no ha razonado bien si se encuentra a sí mismo en oposición a las enseñanzas de la Iglesia. El necesario acuerdo entre la Fe católica y la razón humana no quiere decir el acuerdo necesario entre la Fe católica y el razonamiento de Lord Acton. Dado que nuestro razonamiento puede errar, pero el de la Iglesia no, está claro cuál de los dos debe prevalecer. Esto no significa denigrar la razón, sino señalar que ningún individuo es infalible en su poder de raciocinio.

Antes de proseguir, echemos una mirada a algunas afirmaciones de varios Papas para ver si ha existido una tradición consistente en las condenas papales al liberalismo, incluyendo a la tradición liberal en cuestiones políticas y económicas. En esta selección, que he sacado de diversos documentos papales, mostraré cómo el liberalismo, se lo llame o no así, ha sido explícitamente definido como el enemigo de la Fe católica y de la civilización cristiana. Primero, dos selecciones del Papa Pío XI:

Por lo que se refiere al poder civil, León XIII, desbordando audazmente los límites impuestos por el liberalismo, enseña valientemente que no debe limitarse a ser un mero guardián del derecho y del recto orden, sino que, por el contrario, debe luchar con todas sus energías para que “con toda la fuerza de las leyes y de las instituciones, esto es, haciendo que de la ordenación y administración misma del Estado brote espontáneamente la prosperidad, tanto de la sociedad como de los individuos”. (Encíclica Quadragesimo Anno, 15 de may de 1931.)

De hecho, la encíclica Rerum Novarum completamente demuele aquellos flojos cánones del liberalismo que, desde hace tiempo, han minado la intervención efectiva del gobierno. Alentó al mismo pueblo a desarrollar su propia política social en forma más intensa y sobre líneas más ciertas, y también alentar a católicos sobresalientes a asistir eficazmente a los gobernantes de modo que en las asambleas legislativas más de una vez fueron los mayores defensores de estas nuevas políticas.

A continuación, un texto de Pío XII:

Y mientras el Estado, ya durante el siglo XIX, por exagerada exaltación de libertad, consideraba como fin exclusivo suyo tutelar la libertad con el derecho, León XIII le advirtió ser igualmente deber suyo el aplicarse a la providencia social, procurando el bienestar de todo el pueblo y de todos sus miembros, particularmente de los débiles y de los desheredados, con amplia política social y con la creación de un fuero del trabajo. (Radiomensaje “La Solennità” a los trabajadores italianos con motivo del 50º aniversario de la “Rerum Novarum”, en la Solemnidad de Pentecostés, 1 de junio de 1941.)

Luego una cita del Papa Pablo VI:

Por otra parte, se asiste a una renovación de la ideología liberal. Esta corriente se apoya en el argumento de la eficiencia económica, en la voluntad de defender al individuo contra el dominio cada vez más invasor de las organizaciones, y también frente a las tendencias totalitarias de los poderes políticos. Ciertamente hay que mantener y desarrollar la iniciativa personal. Pero los grupos cristianos que se comprometen en esta línea, ¿no tienden a su vez a idealizar el liberalismo, que se convierte así en una proclamación a favor de la libertad? Estos grupos querrían un modelo nuevo, más adaptado a las condiciones actuales, olvidando fácilmente que en su raíz misma el liberalismo filosófico es una afirmación errónea de la autonomía del ser individual en su actividad, sus motivaciones, el ejercicio de su libertad. Por todo ello, la ideología liberal requiere también, por parte de cada cristiano o cristiana, un atento discernimiento. (Octogesima Adveniens, 14 de mayo de 1971.)

Estas declaraciones solas deberían convencer a cualquier católico que se preocupa en pensar con la Iglesia, que la Iglesia siempre se ha opuesto al liberalismo y a su noción restrictiva sobre el papel del gobierno. Pero ahora recogeré ciertas afirmaciones específicas hechas por el Instituto Acton, afirmaciones que revelan su aplicación del liberalismo a la economía, y las contrastaré con la enseñanza de la Iglesia, incluyendo la de Centesimus Annus.

Primero miremos una cita de Lord Acton, impreso en la tapa de un panfleto distribuido por el Instituto. ¡“La libertad es el más alto fin político del hombre…”! Esta afirmación difícilmente puede ser congruente con la enseñanza de la tradición católica. Santo Tomás, por ejemplo, dice que el fin de la sociedad es “vivir de acuerdo con la virtud” (De Regimine Principum, I, 14). Y esta verdad, a la que tanto el hombre individual como el hombre en sociedad están ordenados, no hacia la libertad, sino hacia la virtud como fin último, es la verdad contra la cual se estrella toda la tradición liberal. ¿La libertad es el fin político más alto del hombre? ¿ni la justicia, ni la virtud, ni el bien común? Todo lo demás fluye de este error fundamental, el error, de hecho, de Lucifer, quien deseaba la libertad sobre todo lo demás. La sociedad que valora la libertad como su principal meta política, que se rehúsa a salvaguardar el bien común (excepto por exhortaciones pías), que permite la completa libertad contractual — tal sociedad será el reino del Diablo y sus adherentes y apologistas.

La próxima declaración del P. Sirico que vamos a ver es la siguiente: “Si los individuos eviten acciones ilegales o fraudulentas en sus negocios, el gobierno debe quedar fuera de ese negocio” (Acton Notes, January 1998). Cualquiera que esté familiarizado con la tradición del pensamiento social católica sabe que difícilmente esto puede compatibilizarse con la enseñanza del Magisterio. Para tomar unos pocos ejemplos, tenemos la enseñanza de León XIII en Rerum Novarum,

La gente rica, protegida por sus propios recursos, necesita menos de la tutela pública; la clase humilde, por el contrario, carente de todo recurso, se confia principalmente al patrocinio del Estado. Este deberá, por consiguiente, rodear de singulares cuidados y providencia a los asalariados, que se cuentan entre la muchedumbre desvalida.

Y, en una declaración que contradice lo que dice el P. Sirico, León rechaza la teoría de que el libre acuerdo entre un empleador y un empleado sea la norma en los asuntos económicos, cuando nota, en conexión con la pregunta sobre el salario justo, que

queda, sin embargo, latente siempre algo de justicia natural superior y anterior a la libre voluntad de las partes contratantes, a saber: que el salario no debe ser en manera alguna insuficiente para alimentar a un obrero frugal y morigerado. (Rerum Novarum.)

Es simplemente falso decir que, en ausencia de fuerza o fraude, el gobierno debe mantenerse alejado de los negocios de la gente.

Ya hemos visto cómo en Quadragesimo Anno Pío XI dice que León XIII “desbordando audazmente los límites impuestos por el liberalismo, enseña valientemente que no debe limitarse a ser un mero guardián del derecho y del recto orden”. En otras palabras, Pío XI explícitamente niega la concepción del gobierno que proclama el P. Sirico, y como León XIII, prevé un papel fuerte, aunque no ilimitado, para el Estado. Es cierto que los Papas se han cuidado de no abogar por una solución estatista a los problemas socio-económicos, pero debe quedar claro que definitivamente ven un rol activo del gobierno, aunque limitado. Sin embargo, estos límites no son los límites que el P. Sirico quisiera imponer al Estado.

Juan Pablo II en Centesimus deja claro que el Estado tiene un papel más amplio que la mera vigilancia de las leyes que impiden la fuerza o el fraudo, y que, por el contrario, debe preocuparse de

la defensa y tutela de los bienes colectivos, como son el ambiente natural y el ambiente humano, cuya salvaguardia no puede estar asegurada por los simples mecanismos de mercado. Así como en tiempos del viejo capitalismo el Estado tenía el deber de defender los derechos fundamentales del trabajo, así ahora con el nuevo capitalismo el Estado y la sociedad tienen el deber de defender los bienes colectivos que, entre otras cosas, constituyen el único marco dentro del cual es posible para cada uno conseguir legítimamente sus fines individuales.

E inmediatamente establece: “He ahí un nuevo límite del mercado: existen necesidades colectivas y cualitativas que no pueden ser satisfechas mediante sus mecanismos; hay exigencias humanas importantes que escapan a su lógica”.

Otras declaraciones que hace Juan Pablo en la misma encíclica son igualmente maldicientes de la posiciones del P. Sirico. Primero he aquí una afirmación de Centesimus, una de una porción que el P. Sirico y los suyos siempre citan:

Da la impresión de que, tanto a nivel de naciones, como de relaciones internacionales, el libre mercado es el instrumento más eficaz para colocar los recursos y responder eficazmente a las necesidades. (Nº 34.)

Pero el Pontífice continúa diciendo,

Sin embargo, esto vale sólo para aquellas necesidades que son «solventables», con poder adquisitivo, y para aquellos recursos que son «vendibles», esto es, capaces de alcanzar un precio conveniente. Pero existen numerosas necesidades humanas que no tienen salida en el mercado. Es un estricto deber de justicia y de verdad impedir que queden sin satisfacer las necesidades humanas fundamentales y que perezcan los hombres oprimidos por ellas. […] Por encima de la lógica de los intercambios a base de los parámetros y de sus formas justas, existe algo que es debido al hombre porque es hombre, en virtud de su eminente dignidad.

Una precaución similar por el mercado puede encontrarse en la siguiente afirmación de Juan Pablo, hablando de la clase de sociedad que debemos desear y por la que debemos trabajar:

Esta sociedad tampoco se opone al mercado, sino que exige que éste sea controlado oportunamente por las fuerzas sociales y por el Estado, de manera que se garantice la satisfacción de las exigencias fundamentales de toda la sociedad. (Nº 35.)

Estas declaraciones deberían ser suficientes para ver que el P. Sirico y la enseñanza católica no están en la misma línea, puesto que el P. Sirico nunca admitiría que el mercado necesita estar “controlado”, menos que menos por el Estado.

La aparente posibilidad de la posición del P. Sirico proviene del hecho de que contrasta el mercado libre con los peligros del estatismo, el socialismo y el comunismo. La mayoría de la gente piensa que las únicas “opciones de vida” económicas que existen son el capitalismo o alguna forma de socialismo. Difícilmente saben que los arreglos económicos que han abogado los Papas no son ni los del socialismo ni los del capitalismo de libre mercado, y si alguien les hablara del Distributismo o del Solidaridismo, probablemente responderían que dado que no existen en el presente, o que tal vez nunca existieron, no deben tomarse seriamente. Esto tiene tanto sentido como decir que dado que nunca ha habido una sociedad en la que la castidad sea observada por todos, no deberíamos preocuparnos de promover la castidad en nuestra sociedad. Ni podemos ignorar la afirmación del Papa Juan Pablo II en Centesimus de “cuán inaceptable es la afirmación de que la derrota del socialismo deja al capitalismo como único modelo de organización económica” (Nº 35). (“Socialismo” en este caso se refiere, por supuesto, al socialismo marxista o comunismo.)

También debo decir qué tan lejos el P. Sirico y sus colegas están al representar mal las opiniones de otros en su esfuerzo por promover el liberalismo clásico. Por ejemplo, en su web tienen una sección llamada “En la tradición liberal”, en la cual coleccionan a varios pensadores que ellos afirman son colegas liberales. Miremos sólo a dos de ellos. Primero, Santo Tomás de Aquino. Lo representan como liberal citando algunas de sus palabras a favor de la propiedad privada. Con este método ridículo podrían también traer a Chesterton y a Belloc, ambos ácidos críticos del capitalismo, pero, al mismo tiempo, duros defensores de la propiedad privada. En cualquier caso, pienso que el P. Sirico sabe que defender la propiedad privada (también lo hago yo) de ninguna forma lo pone a uno en el campo del liberalismo clásico, cuando simplemente indica que uno no es comunista. Igualmente ridículo es el poner allí a C. S. Lewis, a quien reclaman como uno de los suyos, aparentemente sobre la base de comentarios favorables que hizo acerca de la democracia y contra el gobierno ilimitado. Prefieren ignorar, sin embargo, las siguientes palabras de Lewis en su Mero Cristianismo:

Del mismo modo, el Nuevo Testamento, sin ir a los detalles, nos da una clara idea de cómo sería una sociedad cristiana. Tal vez nos da más de lo que podemos entender. Nos dice que no habrá parásitos: si el hombre no trabaja, que no coma. Cada uno trabajará con sus propias manos, y lo que es más importante, el trabajo de cada uno será producir algo bueno: no habrá fabricación de lujos estúpidos ni habrá estúpida publicidad que nos persuada a comprarlos. Y no habrá excentricidades ni frivolidades ni petulancias. Hasta aquí, una sociedad cristiana será lo que llamamos izquierdista.

Y en el párrafo que sigue dice que “deberíamos sentir que esa vida económica sería muy socialista…” Esta parte de las ideas de Lewis han sido convenientemente escondidas.

Está lejos de ser claro cómo el P. Sirico y otros liberales católicos pueden justificar sus intentos de reconciliar la enseñanza social católica con el liberalismo clásico. ¿Realmente creen que la enseñanza social de la Iglesia y la tradición pueden cambiar tan fácilmente como para hacer obsoletos siglos de Magisterio pontificio? ¿Realmente no saben que pensadores católicos notables del siglo XX, como Chesterton, Hilaire Belloc, Christopher Dawson y muchos otros, que pusieron su atención en la economía eran críticos del capitalismo? No puedo responder estas preguntas. Pero lo que podemos saber es que la promoción del liberalismo que hace el Instituto Acton no es algo que pueda ser adoptado por un católico ortodoxo. Sirico, como Acton y Döllinger, no es una guía segura sino alguien que se aparta de la integridad de la Fe, un guía ciego que sólo puede llevar a sus seguidores a un pozo. Quiera Dios que no sea en el pozo sin fondo.

Publicado por primera vez en Social Justice Review, vol. 93, no. 5-6, May-June 2002. Reimpreso en The Distributis Review.




viernes, 1 de julio de 2011

Elevarse hacia las estrellas... y más allá


La torre de varios pisos
John Senior


Existe una distinción bastante bien conocida, bastante citada pero poco entendida, entre la extensión horizontal del conocimiento y la ascensión vertical del mismo a planos superiores. Por ejemplo, es obvio que el conocimiento de la carpintería puede ser extendido horizontalmente en la práctica del oficio —un hombre puede aprender cada vez más algo haciendo simplemente eso una y otra vez, digamos colocando un piso—; y su conocimiento puede también extenderse por la aplicación de estas habilidades a cosas diferentes — desde pisos hasta escaleras, ventanas y techos—. Habrá aprendido por la práctica y aplicación cada vez mayor de las mismas operaciones.

Ahora consideremos el conocimiento del arquitecto que incluye el de la carpintería, no en la práctica, sino en sus razones. El arquitecto, al considerar los principios de la construcción como un todo, debe conocer las razones de los porqués —esto es, la diferencia entre saber cómo y saber por qué—. Todo el conocimiento de todos los carpinteros del mundo sumado nunca se igualará al del menor de los arquitectos, y el menor de los arquitectos, a pesar de que no tenga habilidad para la carpintería, entiende las razones de ella más allá de lo que lo haga el carpintero. El arquitecto, desde un plano más elevado, ve las razones de lo que hacen los carpinteros, los albañiles, los techistas y los vidrieros. Ve las razones para aquellas cosas y las integra —no  sólo las coordina, no sólo ordena líneas dispares de actividad a la manera de un capataz—; él las integra, es decir que las ve como parte de una integridad o un todo. El piso, la escalera, la ventana y el techo no son  simple coordinación, sino partes que juntas hacen una casa; son elementos constitutivos de una cosa, de la cosa una, total e integral. Pero supongamos ahora que ¡todo el conocimiento es una integridad!

Existe una famosa imagen, que nos ha llegado en diferentes versiones desde la Edad Media, que ilustra lo que es la educación. Su dibujo es una especie de torre con varios pisos en la cual el alumno con su bolso y su cuaderno ingresa por la planta baja y es recibido por un austero maestro, con ojos felices, un puntero llamado baculum y un libro, el Donatus, nombre que le viene de su autor [Elio Donato] el célebre gramático del siglo IV. Luego, en la ventana del primer piso, vemos al mismo muchacho progresando en la Lógica de Aristóteles y en la ventana del segundo piso éste alcanza la Retórica de Cicerón.

Supongamos que nos detenemos aquí por un momento para recapitular y retengamos lo en la cabeza: la Retórica es el arte liberal de la alimentación intelectual, como la Cocina es el arte servil de la alimentación física. La Retórica hace eficaz a la verdad. No es simplemente una suma de toda la Gramática o de toda Lógica, lo mismo que la Cocina no consiste en verduras cada vez más grandes. La Retórica, por el contrario, es lograr algo con las oraciones y los argumentos con que la Gramática y la Lógica nos han provisto. La Retórica es Gramática y es Lógica; ellas son sus partes constitutivas. Desde el punto de vista del plano más elevado de la Retórica, uno ve la Gramática y la Lógica desde arriba y ve las razones de sus operaciones.

Estas artes liberales difieren unas de otras verticalmente; uno se eleva de una a otra verticalmente; uno se mueve de una a otra, no a través de una extensión horizontal, sino por medio de una ascensión vertical a un nivel superior de comprensión que incluye los niveles inferiores, en forma análoga a la relación entre la parte y el todo.

En la imagen, el niño, ya adolescente, sube del tercero al sexto piso, entrando a los pisos más elevados de la Aritmética, la Geometría, la Música y la Astronomía; más allá de ellas, el joven trepa a la Filosofía, pasando  por la Física, la Biología, la Psicología, la Ética, la Economía y la Política — hasta alcanzar la Metafísica y el pico más alto, la Teología, el estudio de la mente de Dios que conoce y crea todas las cosas — en Quien, por lo tanto, el universo y todo el conocimiento se integran.

Este valiente joven que se encuentra en la cima de la escalera debe ahora descender hasta el lugar donde, en la escala del trabajo, yacen sus talentos, aprendiendo cómo hacer un arte u oficio en la práctica diaria, pero contando con una idea de su lugar en el esquema universal de las cosas; una idea con la cual los arquitectos no pueden ser arrogantes ni los carpinteros envidiosos porque ambos se saben partes de algo mucho más grande que ellos mismos. Ésa es la diferencia entre la escuela técnica y la universidad —la universidad se eleva a lo universal; integra lo horizontal en lo vertical; es un lugar donde “los jóvenes idean y los viejos sueñan”—. Y si tu educación no ha sido parecida a eso es porque ninguna institución vive de acuerdo a su misión —pero al menos algunos lo hemos intentado—.

El enseñar, dice Platón, es una especie de amistad, cuyo grado más alto es el amor, en el cual las personas se ven entre ellas como partes integrales de algo mayor que ellos mismos —un matrimonio, una familia, un colegio, una nación, una fe—.

En tu educación, pasada y futura, en tu búsqueda de la felicidad, en el matrimonio, en la amistad, en tu ocupación, en la recreación, en la política y en tus trabajos ordinarios, si puedes, busca esto —a la larga, deberás preguntarte de qué se trata todo—: ¿Parte de qué son todas estas actividades y compromisos? ¿Qué es lo que las integra? Al menos si olvidas todo lo que aprendiste en la universidad —la mayoría la olvidarás— recuerda esta pregunta —estará en el último examen final que te tomará tu propia consciencia en la última hora de tu vida—: En tu búsqueda de horizontes, de cosas horizontales, ¿haz logrado elevar tus ojos, tu mente y tu corazón hacia las estrellas —a las razones de las cosas—, y más allá, como el gran poeta Dante dice en la cima de esa torre que es su poema, hacia l’amor che move il sole e l’altre stelle (“el amor que mueve el sol y las estrellas”)?

(Reproducido en la revista Classical Homeschooling, primavera de 2001.)

miércoles, 22 de junio de 2011

Vincent McNabb (1868-1943)


Joseph McNabb nació el 8 de Julio de 1868 en Portaferry, Condado de Down, Irlanda, a pocos kilómetros de la tumba de San Patricio, aunque poco después se mudaron a Belfast. Era el décimo de once hermanos, hijos de “un maestre de buque mercante (para darle su título de nobleza) y una costurera”. Su padre pasaba tanto tiempo en el mar, que pocos recuerdos dejó al pequeño. Pero, en cambio, su madre, quien de joven había trabajado en Nueva York en una tienda por departamentos, era la heroína de los hermanos McNabb. En Eleven, thank God! (Once, ¡gracias a Dios!), que fue una especie de recopilación de recuerdos de la niñez, dedicada a su madre, McNabb cuenta cómo además de criar su numerosa prole, ella tenía tiempo para atender enfermos limpiando sus hogares y asistir en las obras de caridad de la parroquia.

Pronto Joseph asistió como pupilo a la escuela del St. Malachy’s College, seminario diocesano de Belfast. Cuando nuestro biografiado tenía 14 años, los McNabb se vieron forzados a emigrar a Inglaterra, asentándose en Newcastle-upon-Tyne, donde el padre obtuvo un trabajo. Hasta los 16, el joven Joseph regresaba regularmente a St. Malachy’s, donde permanecía por el resto del año lectivo. Sin embargo, las vacaciones con su familia en Newcastle fueron suficientes para que el adolescente conociera a los frailes dominicos que atendían la parroquia local.

Pasó un año en la escuela St. Cuthbert’s de Newcastle, pero ya estaba decidido. El 10 de noviembre de 1885, tras una difícil y paciente persuasión de su padre, ingresó al rudimentario noviciado de la Orden de Predicadores en Woodchester, Gloucestershire. En honor de San Vicente Ferrer, adoptó el nombre de religión Vincent, con el cual será recordado. Tras un noviciado brillante en logros académicos, fue ordenado sacerdote en septiembre de 1891, poco después de cumplir 23 años. Y viajó a Bélgica, para estudiar en la Universidad de Lovaina, siguiendo el ejemplo de otro dominico de su Provincia, el P. Humbert Everest. Allí, en 1894, obtuvo el grado de Lector en Sagrada Teología.

Durante sus 58 años como dominico, McNabb vivió en Inglaterra, su segunda patria. Alguna vez dijo que amaba a Irlanda como su madre y a Inglaterra como su esposa. Cuando el editor de The Catholic Times, periódico de la colectividad irlandesa de Manchester, le preguntó porqué no ayudaba más a sus compatriotas, le dijo que los ingleses también lo necesitaban y que eran tan víctimas como ellos de la Reforma.

En el convento de Hawkesyard, Staffordshire, a su regreso de Lovaina fue profesor de Teología para los novicios. Luego, fue el prior de ese mismo convento por seis años, antes de ser enviado a Londres como vicario de la parroquia-convento de los dominicos, St. Dominic’s. A continuación, fue prior del convento Holy Cross de Leicester por otros seis años.

Fue con este último cargo que debió visitar los Estados Unidos en la primavera de 1913. Sus conferencias de Nueva York le ganaron buena fama en este país y las iglesias católicas norteamericanas se lo disputaban como predicador.

Posteriormente, regresó a Hawkesyard, esta vez como prior nuevamente.

Durante la Gran Guerra del ’14, se preocupó mucho por la suerte de los belgas, especialmente los inmigrados a Gran Bretaña. Terminada la contienda, el soberano de Bélgica lo hizo caballero.

También durante este tiempo, comenzaron sus problemas: personales y espirituales.

Podía leer y citar el Antiguo Testamento en hebreo, el Nuevo en griego y las obras de Santo Tomás de Aquino directamente del latín. En la pobreza de su celda, no había

nada más que breviario, una biblia, las Constituciones dominicanas y una copia de la Summa.

Dormía en el piso de madera de su celda y leía y escribía —siempre a mano, con una letra siempre legible— de rodillas, en hojas que le regalaban y sino, en los márgenes de diarios, en sobres usados o en el reverso de cartas recibidas, que iba acumulando en una caja. Además, comía poco por culpa de su “estómago protestante”, según bromeaba.

La Santa Misa y el Oficio Divino eran algo a lo que el Padre McNabb no podía faltar. Y se enojaba con quienes consideraban el Rosario como una oración para principiantes.

Siendo prior en Hawkesyard, ayudó a bien morir a las poetas Katherine Harris Bradley y, su sobrina, Edith Emma Cooper (“Michael Field”).

Pero su ascetismo radical se proyectaba sobre sus frailes y algunos de éstos pronto se quejaron ante los superiores de McNabb por considerarlo inhumano. En 1917 renunció como prior para ir a Roma por breve tiempo, pero ya nunca más se lo pondría al frente de un convento.

Viajó, entonces, a Roma para tomar su examen ad gradum. Como reconocimiento del manejo que tenía de las ciencias religiosas —entre sus examinadores en Roma se contaba el P. Réginald Garrigou-Lagrange O.P.—, obtuvo la Maestría en Sagrada Teología.

A su regreso de Italia, fue designado profesor de Dogma en el noviciado dominicano inglés, antes de ser nombrado párroco de St. Dominic’s, en Cobbets, Londres. Allí, a los 52 años, pudo finalmente encontrar un ámbito apropiado para su labor de predicador, convirtiéndose, per accidentem —como dice uno de sus biógrafos—, en toda una figura del catolicismo inglés.

De sus tiempos de profesor, recordaban sus alumnos salidas como la siguiente: “Pensad en cualquier cosa si deseáis, pero por el amor de Dios ¡pensad!”

En su tiempo, Blackfriars, el periódico de los dominicos de Oxford, era muy leído, incluso (quizá más) por gentes extrañas a la fe católica. Allí también escribió regularmente el Padre McNabb, donde aparecieron algunos de sus más famosos ensayos.

Como Santo Domingo, caminaba a todas partes, con su hábito tejido por sus amigos de Ditchling, sus botas militares, su capa raída y un saco de loneta donde cargaba la Vulgata, el breviario y algún que otro libro que fuese a necesitar. Incluso llegaba admirar a otro gran caminante, su amigo Hilaire Belloc —récord de caminata entre Londres y Oxford—.

En 1941, cuando cumplió el 50º aniversario de su ordenación sacerdotal, quiso viajar a pie hasta Roma siguiendo el trayecto que Belloc hizo a los 31 años y cuenta en The Path to Rome. Pero su provincial, atendiendo a los 68 años de McNabb, se lo prohibió, obligándolo a tomar el tren y el ferry. En esa oportunidad declaró que en esta vida sólo hay tiempo para pelear, pero que hay una eternidad para disfrutar de los amigos, y él los tenía en abundancia: Belloc y Chesterton, Blunt, Chute, Gill y Pepler, y tantos otros pobres desconocidos.

Verlo con su hábito y capa al viento, caminando hacia el Hyde Park, la Parliament Hill, la Universidad de Londres o algún teatro, donde iba a sostener alguna de sus famosas polémicas, lo convertía en un excéntrico personaje del siglo XIII en pleno siglo XX.

Con dificultades para decir que no, colaboró con entusiasmo en todas las obras católicas que aparecieron en la Inglaterra de su tiempo, tiempo que muy fértil en obras católicas. Acompañó a la Catholic Evidence Guild, grupo apologético animado por los esposos Frank y Maisie Ward de la célebre casa editorial católica, en sus debates de Hyde Park o Parliament Hill.

Lejos del polemismo agrio de tanto apologeta al uso, el Padre Vincent conquistaba a su audiencia con humor y respuestas sagaces, como aquella mujer que le gritó: “Si fuese su esposa, le pondría veneno en el té”; a lo que él respondió: “Pues, señora, si yo fuese su esposo, me lo bebería.” O en aquella oportunidad en una audiencia pública ante la Cámara de los Comunes cuando un grupo de expertos médicos proponía esterilizar a grupos de pobres miserables que vivían en condiciones que los podrían convertir en degenerados. Alzó la voz y sentenció: “Como experto en Moral, certifico a ustedes —señalando al grupo de médicos— como degenerados morales.” La asamblea estalló en risas y aplausos.

No pocas veces fue invitado a conferenciar ante una audiencia anglicana y apoyó varias asociaciones de anglo-católicos urgiéndolos a una pronta re-unión con Roma.

También la creación de la comuna de Ditchling, se debió —al menos en parte— a su influencia, diciendo Misa en su capilla, cada vez que los visitaba. Aunque cierto “vedetismo” de sus artistas, lo iría alejando del proyecto, a medida que sus protagonistas se alejaban del ideal original.

Fue, asimismo, uno de los líderes del movimiento Back-to-the-Land (De Regreso al Campo), que buscaba aliviar la durísima vida de los barrios obreros, mediante la creación de comunas rurales autosuficientes. “La ciudad —afirmó rotundamente en su clásico The Church and the Land (La Iglesia y el campo)— es la tumba de la religión, y la era de la máquina es la condena de la humanidad.” Así impulsó también el Distributismo, junto a Chesterton y Belloc, recordando que la Economía es un capítulo de la Ética y que sin moral queda desenraizada.

En una ocasión predicaba en Hyde Park, “vuestra vida es una locura, debéis liberaros, dejad Londres y volved a la naturaleza”. Cuando alguien le preguntó, “¿cómo se supone que lo haremos?”, sólo respondió: “caminando”.

Abominaba de todo tipo de máquina, incluso la de escribir puesto que temía empeorar su cuidada letra cursiva —cosa que nosotros, en la era del “mouse” y el teclado de computadora bien sabemos—. Y Belloc, siempre fascinado por los mecanismos, cuanto más complicados mejor, solía intercambiar bromas con él al respecto.

No sólo teorizó sobre estos temas, sino que los puso en práctica. Con la ayuda de algunos frailes, convirtió el jardín de Hawkesyard en una huerta que permitía alimentar no sólo a los dominicos del convento sino a los pobres de la zona.

Los pobres fueron siempre su principal preocupación. Incluso las colectividades judías de Whitechapel y de todo el East London, lo reconocían con afecto y esperaban sus visitas. Hay cientos de anécdotas sobre McNabb y sus obras de caridad “uno por uno”, sólo conocidas por él, sus beneficiarios y Dios.

Anécdotas como la de aquel pobrecillo del barrio de St. Pancras, cuya esposa e hija (católicas ellas, él no) habían muerto y por las que el Padre Vincent dijo la Misa de réquiem y pagó las flores del funeral, que quiso forzar al viejo dominico a tomar un taxi que lo devuelva a su convento en medio de una terrible tormenta. “Bienaventurados los pobres. Pocas cosas me han conmovido más que esa. A pesar de su miseria, me ofrecía pagar el viaje. Imaginemos eso de alguien que no tiene fe. ¿Qué voy a hacer cuando lo vea de nuevo? Besar sus pies sería indigno de él. Rezaré… para que Dios le dé el consuelo de la fe.”

Durante meses, quizá años, de camino a Parliament Hill, limpió semanalmente la habitación de una anciana postrada, en un mísero edificio cercano a Camden Lock. Como otras muchas de sus obras de caridad a escala humana, sólo se conoció tras su muerte.

Con el cuerpo debilitado desde hacía décadas y con problemas en la garganta, siguió predicando hasta el fin de sus días. Murió en la parroquia St. Dominic de Londres el 17 de junio de 1943. Un tiempo antes, el 14 de abril, su médico le avisó que ya no le quedaba mucho de vida pues tenía un tumor incurable en la garganta.

Siempre fiel a su estilo, dijo a las Hermanas de la Misericordia un par de días después, en su sermón luego de predicar sobre la Pasión y Muerte de Nuestro Señor: “Ahora, queridas hermanas, tengo una muy buena noticia para ustedes. Ésta es la última vez que estaré hablando en esta capilla ante ustedes. Saben que en estos tiempos —en medio de la Segunda Guerra Mundial— todos son llamados… ¡Yo también he sido llamado!... ¿Y para qué? Para encontrarme con el Rey de Reyes, y no por una vida sino ¡para la Vida Eterna!”

En otra oportunidad, consolaba a un interlocutor: “No veo por qué deberíamos hacer una tragedia de todo esto. Es para lo que me estuve preparando toda mi vida. Estoy en manos de mis doctores o, mejor, en las manos de mi Dios.”

En la mañana del 17 de junio llamó al prior hasta su celda, donde se encontraba sentado en una silla de paja (aún no podían convencerlo de recostarse en una cama). Cantó el Nunc Dimitis por última vez, se confesó con el padre prior, renovó sus votos religiosos y, a continuación, entregó la condecoración de caballero belga y su anillo como maestro en Teología. Durante hora y media perdió el conocimiento, suspiró y se durmió para siempre.

Su cuerpo fue expuesto, portando el hábito blanco, durante tres días en la Capilla de la Virgen del convento de Santo Domingo en Londres, mientras una multitud de jóvenes y ancianos, pobres y ricos, pero especialmente pobres, desfilaban para dar su último adiós. El lunes 21 de junio tuvo lugar la Misa de réquiem en St. Dominic’s, mientras las calles de los alrededores se encontraban completamente cortadas de tanta gente allí reunida. Siguiendo sus deseos, fue enterrado en un cajón simple con una cruz negra pintada encima. Una muchedumbre acompañó el cajón hasta el Kensal Green Cemetery, a pesar de los peligros en esos tiempos de guerra.

“Me pone nervioso escribir aquí lo que realmente pienso del Padre Vincent McNabb —remarcó G. K. Chesterton en su prólogo a Francis Thompson and Other Essays de McNabb— por temor a que de alguna manera me lo censure. Pero diré breve y firmemente que él es uno de los pocos grandes hombres que he conocido en mi vida; que él es grande en muchos sentidos: mental, moral, mística y prácticamente… Nadie que alguna vez haya conocido, visto u oído al Padre McNabb lo podrá olvidar.”

Por su parte, Hilaire Belloc publicó en Blackfriars, tras el fallecimiento del P. McNabb: “La grandeza de su personalidad, de su enseñanza, de su experiencia y, sobre todo, de su juicio, se destacaba totalmente por encima del mundo cercano a él… El aspecto más destacable de todos era el temperamento de santidad… Puedo escribir aquí desde una experiencia personal e íntima… He conocido, visto y sentido la santidad en persona… He visto la santidad a pleno en los muy domésticos caminos de mi vida, y el recuerdo de esa experiencia, que es también una imagen, me sobrepasa ahora que escribo — tanto me sobrepasa que ya no hay nada más que decir”.

Monseñor Ronald Knox, quien de alguna forma era tan distinto, dijo cuando se le consultó acerca de la posibilidad de iniciar un proceso de beatificación en los años ’50, “el Padre Vincent es la única persona que yo he conocido respecto de la cual he sentido, y lo he dicho más de una vez, ‘él te da la idea de cómo deben ser un santo’. Había una especie de luz en torno a su presencia que no parecía ser de este mundo”. En una oportunidad, según contaba Bernard Wall, luego de un almuerzo al que Knox lo había invitado, el dominico se arrojó a sus pies y los besó —según una antigua práctica dominica para agradecer a un buen anfitrión—.

Su obra, entre escritos completos y recopilaciones de sus numerosos artículos y charlas, es vastísima: conferencias sobre la oración, la fe, la razón y Tomás de Aquino, textos apologéticos, catequesis para niños, ensayos sobre Distributismo y agrarismo, ensayos de filosofía y Tomismo, poesía y cuentos, crítica literaria, biografías y hagiografías, estudios sobre la guerra y el orden mundial, entre muchos otros tópicos.

Pocos se han atrevido a escribir una biografía completa. El dominico Ferdinand Valentine, que apenas conoció al Padre Vincent, intentó escribir la “oficial”, The Portrait of a Great Dominican (Retrato de un Gran Dominico), pero —en realidad— se limita a una cuasi exculpación psicológica de cosas que no entiende y no comparte de su biografiado. Por su parte, es interesantísima la del ateo Edward A. Sidermann, With Father Vincent at Marble Arch (Con el Padre Vincent en Marble Arch), “enemigo” de McNabb en el Hyde Park, que no duda en expresar su admiración por su raro contendiente. En 1996 la Chesterton Review le dedicó un número especial. Poco antes, también Fidelity ocupó un número.

Desde la Liga Distributista queremos aquí y así expresar nuestro más sentido homenaje.


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