Ditchling en la década de 1920

viernes, 10 de junio de 2011

Fuentes y aplicaciones del Distributismo (V y final)


V- Distributismo, entre política y teología

El asunto nunca fue cómo lograr estas relaciones mediante formas coercitivas o de cualquier otro tipo. El asunto era el carácter de las relaciones en sí mismas. Belloc reconoció explícitamente que el Distributismo era políticamente inalcanzable.[1] De hecho, es inalcanzable mediante cualquier acción simplemente humana. Las relaciones de responsabilidad y cuidado mutuo que describe el Distributismo son un don de la gracia pura. El Reino no es tanto un estado como el poder mismo de la gracia.[2] La ortodoxia de Chesterton nunca le hubiese permitido pensarlo de otra manera.

La tendencia a ver el Distributismo como algo político más que teológico es lo que nos tienta a buscar su justificación en las encíclicas papales. Ciertamente no existe nada no-católico en el Distributismo como idea escatológica. Se conforma enteramente a la doctrina de la Iglesia Católica en sus preocupaciones antropológicas. Tampoco es que exista algo inapropiado en el comentario de la Iglesia sobre las condiciones sociales en una carta encíclica. Pero definitivamente hay algo no-cristiano acerca de la forma meramente humana en que tal ideal puede lograrse cuando es percibido como un plan político promovido por directrices eclesiásticas. Reckitt es claro al exigir que: “la Iglesia deje de pretender que los problemas que los hombres tienen son los problemas que les gustaría tener a los cristianos para, entonces, darles la respuesta correcta”.[3]

Esta tendencia hacia lo político alejado de lo teológico afecta la interpretación misma del Distributismo cuando la postguerra cambia el foco, de las relaciones entre las diversas “asociaciones” mediante la distribución de recursos, al tipo de propiedad a distribuir. El resultado de ello es algo que podría haber sido sostenido tanto por Thomas Jefferson como por Margaret Thatcher sobre criterios puramente mundanos. Probablemente, esto es un resultado inevitable del proceso político, que sólo puede legislar efectivamente sobre la propiedad pero no sobre las relaciones. Pero es un resultado que debe ser reconocido como una distorsión fundamental de las motivaciones originales.

Maurice, sus colegas y sus herederos teológicos casi no se vieron tentados por una descarriada fe en la virtud humana o en la capacidad de la humanidad de hacer todo lo que se tiene que hacer. Creo que tampoco nunca Chesterton o Belloc estuvieron en peligro serio de orgullo pelagiano. Sin embargo, en el mundo de hoy, la fe humana en la humanidad para resolver los problemas humanos ha llegado a un nivel tal que ya ni me atrevo yo mismo a querer entender totalmente las fuentes del Distributismo en la gracia ni los usos del Distributismo en la redención, mucho menos al uso autopromocionado de los pronunciamientos eclesiásticos o al proceso de formulación política del Partido Conservador. Si tenemos en cuenta las ideas sobre los partidos políticos que tenían los fundadores del Distributismo, es poco probable que hayan tenido una opinión distinta.[4] El “liberalismo” que el Socialismo Cristiano, incluyendo su variante distributista, atacaba no es sólo el libre mercado económico que tanto disgusta a Blond. Era la mucho más abarcadora actitud liberal hacia la libertad que Auden caracterizó tan limpiamente como: “… imaginar que la libre discusión es lo único que se necesita para que la verdad triunfe, mientra que, a menos que la gente tenga sustancialmente la misma experiencia, la controversia lógica no es más que un malentendido sistematizado”.[5]

La libertad para Chesterton y Belloc, y para Reckitt y Demant, entre muchos otros, no era la libertad de la democracia liberal sino más bien la libertad para comprometerse en propósitos que no son políticos, en vistas de objetivos que no son meramente temporales; propósitos y objetivos para los que, de hecho, tenían sólo una formulación vagamente teológica. Ninguna cosa o movimiento puede identificarse con un propósito tal aunque toda la creación pueda serle útil al sugerirlo. Y ningún movimiento político tiene autoridad para cooptar tal propósito como parte de su repertorio. Es un propósito que sólo puede descubrirse en la relación con el prójimo que es controlada por el don divino. Por lo tanto, el Distributismo es valioso, pero no por su contenido político directo. Por el contrario, es valioso porque es una expresión de una tradición religiosa única en el Anglocatolicismo que continúa actuando como fuerza cultural que nos lleva más allá de la política.


El sistema de partidos, libro de Hilaire Belloc y Cecil Chesterton (1911) en el que se desentraña la artificialidad del sistema parlamentario moderno y su inherente falta de representatividad popular. Difícil, entonces, considerar al Distributismo como una salida política, dice el autor de estas notas.


[1] El Distributismo no es el único caso de “inalcanzabilidad”. El Socialismo Corporativista también era considerado “imposible”. Cf. G. C. Field, Guild Socialism: A Critical Examination (London: Wells Gardner Darton, 1920).

[2] Cf. Religion and Social Purpose, p. 163.

[3] Religion and Social Purpose, p. 149. Va más allá al notar que “la fe cristiana… no sabe nada del conflicto entre la práctica y los ideales. Sólo conoce el conflicto de voluntades” (p. 151).

[4] Cf. H. Belloc y C. Chesterton, The Party System (London: Stephen Swift, 1911), especialmente el Prefacio; también cf. las novelas políticas de Belloc como Mr. Clutterbuck’s Election y Pongo and the Bull.

[5] “The Good Life”, en J. Lewis, K. Polanyi et al., Christianity and the Social Revolution (London: Gollancz, 1935).


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