Ditchling en la década de 1920

jueves, 5 de julio de 2012

Distributismo en castellano: Profundizando un poco




Existen numerosos escritos en internet, en publicaciones y en este mismo sitio que sirven de introducción al tema del Distributismo. Incluso hemos tenido ocasión de leer algunas monografías universitarias, un par de tesinas y hasta una tesis doctoral.

Pero, en general, todos estos escritos en castellano se limitan a presentar una panorámica o una introducción de lo que es el Distributismo. Otras veces, se confunde parcialmente al Distributismo con otras teorías en boga en aquellos tiempos: crédito social, corporativismo o agrarismo. No pocas veces, se piensa el Distributismo como una especie de pensamiento precursor del ecologismo, del socialismo del siglo XXI, de la permacultura, de la responsabilidad social empresaria, etc.

No hay duda de que todas estas teorías, doctrinas, escuelas, modas o como se las quiera llamar, pueden aportar algo (o mucho) al Distributismo, pero no son —propiamente— el Distributismo, puesto que éste es una doctrina económica (pero con consecuencias políticas y sociales) basada en un capital equitativamente distribuido en propiedad entre las familias. Y, por lo tanto, cualquier medida o política que no tienda a esto, no es distributista y, en el mejor de los casos, es un “parche” a un sistema intrínsecamente perverso; “parches” que, en el peor de los casos, refuerzan este mismo sistema o aceleran sus efectos perjudiciales… aún con las mejoras intenciones.

El Distributismo no es, por lo tanto, filantropía, ni “voluntarismo” de la caridad — aunque la gratuidad y la caridad bien entendida están en el corazón de esta doctrina.

No se engaña tampoco el Distributismo con las intenciones de grandes organizaciones sin fines de lucro que necesitan del sistema para financiarse (directa o indirectamente), que ocultan en sí mismas un gigantismo deshumanizante en el trato de sus voluntarios, empleados y beneficiarios, que responden a ideologías y planes de ingeniería social (nuevo nombre para la eugenesia que tanto combatieron los distributistas) — aún cuando pueda adoptar circunstancialmente las formas legales de este tipo o aprovechar las ventajas fiscales o normativas que el sistema concede a estas organizaciones.

Tampoco es el Distributismo un “código de ética” del capitalismo — si bien los distributistas no dejaron nunca de denunciar a los capitalistas que ni siquiera se atienen a las reglas por ellos fijadas (ejemplos son el escándalo Marconi, la oposición a la estatización del transporte público de Londres o las denuncias al sistema financiero actual).

Ni siquiera el Distributismo pretende “suspender” las (supuestas) leyes de la economía como algunas escuelas que dependen de exigir de sus cultores una heroicidad quasi angelical sostenida (algo así sería la denominada “Economía de Comunión”) o que viven de los flujos de dinero que reciben desde fuera de su microcosmos por medio de las donaciones que les hace el mismo sistema (caso del método Yunus de microcréditos) — aunque no teme poner en duda las supuestas “leyes” de esta supuesta “ciencia” que es la Economía, tanto desde dentro con sus técnicas y métodos (Belloc, Schumacher), como desde el simple sentido común (Chesterton).

Menos que menos es el Distributismo el propulsor de soluciones “éticas” individualistas que no van a la raíz estructural de los problemas de la economía actual y sus proyecciones en la sociedad y la política, y que pretenden que —contra toda lógica sana— hacer más de lo mismo, pero con buena intención y cuidando las formas, va a cambiar algo. En este mismo sentido, el Distributismo no pretende un simple “cambio cultural” de las organizaciones o de la economía, ni confía en un “hombre nuevo” que advenirá en un futuro incierto.


Y por todo esto, el Distributismo no es utópico puesto que confía en el hombre común de hoy y, al mismo tiempo, cree en el pecado original y la consecuente tendencia al mal en una naturaleza humana que de por sí es buena y ha sido redimida por Cristo. Y es justamente por el pecado original y sus consecuencias que el Distributismo pretende limitar a aquellos que, aunque digan abogar por la propiedad privada o la propiedad común, quieren —en el fondo— toda la propiedad para sí mismos.

Y es que el Distributismo no es un “ismo” en el sentido que este sufijo confiere a las palabras hoy. No es una técnica diseñada por expertos, ni una ideología pergeñada en la reclusión de una biblioteca, ni un pedante magisterio impartido en las aulas desde un taburete. Menos aún es una escuela de la economía o la sociología.

Es, por el contrario, algo anterior a todo ello, surgido de los mismos hombres antes de que éstos se viesen en el infeliz trance de descubrir que existía una disciplina como la sociología o la economía. Fue durante siglos la marca de la vida del hombre común en la Europa cristiana e, imperfectamente, lo ha sido en las culturas tradicionales de todo el mundo cuando aún no se veían inficionadas de las ideologías ilustradas e ilustrantes. Y aunque el Distributismo no haya nunca madurado del todo, y aunque se encontrase momentáneamente confundido con formas sociales y políticas accidentales, lo propio del mismo, la realidad de la propiedad familiar de los medios de producción como distingo determinante de la vida económica ha sido reconocida por estudiosos de muy distintas ideas.

Es la familia la principal preocupación del Distributismo y es, por lo tanto, su clave de interpretación. Al distributista no le preocupa el Estado porque amenace la libertad individual, sino porque pretende arrogarse el papel que sólo corresponde a los padres de familia. Al distributista no le preocupa el monopolio porque amenace la libertad de mercado, sino porque termina sacando a los padres del hogar esclavizándolos en una línea de producción alienante e internando a los hijos en escuelas donde son un número más que debe cumplir con ciertos estándares promedios igualmente deshumanizantes.

Para el distributista, por lo tanto, la libertad y la vida de la familia —y, por consecuente, de las sociedades y la comunidad política, en cuanto son conjuntos orgánicos de familias— están atadas a la propiedad de la vivienda familiar y de los medios de producción de autosubsistencia (tierra laborable y/o taller artesanal). Autosubsistencia que tampoco es una especie de aislamiento familiar, sino que se trata de una familia implantada en el seno de una comunidad local —llámese aldea, pueblo, comarca, comuna, en cualquier caso una ciudad que pueda caminarse de punta a punta en el día, como decía Aristóteles— único lugar donde es posible una democracia real, una representación no atada al “sistema de partidos” (o partidocracia) que ya hace un siglo denunciaba Belloc.


De todo lo dicho, podría parecer que el Distributismo es una doctrina católica en cuanto emergente de su Credo y de su teología. Más en concreto, tanto desde dentro como desde fuera, se la hace derivar de la encíclica Rerum Novarum de León XIII, es decir una “alternativa más” de aplicación concreta de la Doctrina Social de la Iglesia.

Sobre este asunto podríamos aplicar análogamente lo que el cardenal Newman decía sobre la imposibilidad de una literatura cristiana en cuanto tal. O, mejor, lo que Graham Greene aclaraba: “no soy un escritor católico, sino un escritor en el que se da el caso de ser católico”. Queremos decir que el Distributismo no es una excusa apologética puesto que no pretende por sí mismo convertir a nadie, ni hay que ser católico (cristiano o simplemente “creyente”) para adoptarlo como ciertos experimentos voluntaristas de que hablamos más arriba. Se puede ser judío, musulmán, budista o ateo y distributista, aunque —creemos— no se puede ser verdaderamente católico (en todos los sentidos del catolicismo) sin ser distributista — puesto que el Distributismo, sin pretender ser el paraíso en la tierra, es el que mejor se adapta al orden natural y cristiano de la sociedad y la economía.

Nadie duda, por supuesto, de la influencia que la Rerum Novarum pudo haber tenido directa e indirectamente sobre el Distributismo, aunque mejor sería hablar de una feliz coincidencia. Puesto que, como ya hemos dicho anteriormente, excepción hecha de Hilaire Belloc, los demás distributistas no eran católicos en sus comienzos, sino socialistas y liberales disidentes — más cercanos a Morris o a Cobbett, a los utopistas o a los socialistas cristianos (anglicanos). Y, a diferencia de lo que es el método común entre los social-católicos del siglo XX (no era así en Le Play, de Mun, La Tour du Pin, Vogelsang, von Ketteler, etc.), las citas de autoridad pontificia brillan por su ausencia en toda la obra distributista, prefiriéndose el sentido común, la deducción lógica o las citas literarias.

Se apoyó, además, al menos en sus comienzos, también en una importante tradición agrarista o ruralista; larga tradición, amenazada por la Revolución Industrial, en la que también se vieron enlazados movimientos socio-religiosos ingleses como los cuáqueros o clases sociales en decadencia como la “gentry”, lo que se refleja en forma crítica en casi toda la literatura victoriana.

Podría parecer, entonces, que la Revolución Industrial es para el Distributismo, a la manera de Marx, el acontecimiento más importante de la modernidad. Ciertamente que los distributistas denunciaron el carácter catastrófico de los cambios económicos, geográficos y sociales provocados por el industrialismo, expulsando a millones de minifundistas rurales hacia los centros urbanos, para trabajar en condiciones de semi esclavitud para empresas cada vez más grandes.

Pero ni Belloc ni Chesterton se engañaron y explicaron bien que el principio de los males ingleses se encontraba remotamente en la Reforma de Enrique VIII e Isabel I (“la revolución de los ricos contra los pobres”), y en forma más próxima en la llamada “Revolución Gloriosa” de 1688, donde “el rey ya no es el que cuenta. Príncipes mercaderes han reemplazado a todos los príncipes; Inglaterra se ha entregado al comercio y al desarrollo capitalista… [Con su] secuela moderna de monopolios metropolitanos, su control financiero complejo y prácticamente secreto, su marcha de maquinarias y su destrucción de la propiedad privada y de la libertad personal.” (Chesterton)

Donde la creación del Banco (Central) de Inglaterra de la mano de los más grandes financistas británicos y holandeses, es “luego de la Reforma y la destrucción de la monarquía, el evento más importante en la historia inglesa moderna” (Belloc).


Llegados a este punto podría ser que el Distributismo se limite a una crítica histórica que no tiene nada que aportar al mundo surgido de la Revolución Industrial. Tampoco el Distributismo es un aporte teórico-periódistico. Nada más lejos de ello. La prédica distributista se ha plasmado en experiencias prácticas muy distintas y originales, que van desde una “guilda” de artistas en la pequeña aldea de Ditchling en Sussex, hasta la instrumentalización de la participación accionaria de los empleados en las empresas, pasando por la adquisición de tierras laborables para revender al costo y en cómodas cuotas a obreros industriales que buscaban “volver a la tierra”, o la elaboración de una propuesta concreta y pormenorizada para la organización corporativa de los pequeños propietarios de ómnibus de Londres ante la amenaza (finalmente realizada) de la nacionalización del transporte de la capital británica.

Pero, claro, el Distributismo se ha visto siempre desdeñado, incluso por muchos supuestos chestertonianos que lo consideran una excentricidad o hobby de Gilbert Keith, cuando en realidad fue su principal preocupación y para cuya financiación fue que escribió novelas policiales o ensayos de crítica literaria. Y siendo esto así, lo que podemos apreciar como principal éxito distributista fue su capacidad de anticipación en muchas materias.

Décadas antes de Burnham, ya los distributistas habían advertido sobre la autonomía burocrática de los gerentes, funcionarios y tecnócratas que terminan tomando el control de sus empresas y convirtiendo a los accionistas en sólo una fuente más de financiamiento. No casualmente fueron los fabianos, con su prédica en pos de la profesionalización de las funciones directivas en la actividad privada y pública que finalmente confluirían en un Estado tecnocrático como paso previo a la etapa comunista profetizada por Marx.

También desde el Distributismo se denunció el consumismo —o el “comercialismo”, como lo llamó Chesterton— décadas antes de que existieran las complejas técnicas de comercialización y publicidad que hoy son moneda común y sus críticos “anti-mercado” à la “No logo”.

Entonces, se preguntará legítimamente, ¿por qué el Distributismo no se ha dado?

Es una pregunta de difícil respuesta. Cabe decir que la polarización producida tras la Segunda Guerra Mundial y durante la Guerra Fría no ayudó al surgimiento de verdaderas terceras posiciones —el “capitalismo de Estado” promovido por algunos gobiernos del Tercer Mundo en aquellos años no fue verdadera alternativa sino más de lo mismo, un camino a medio camino entre el capitalismo liberal y el comunismo soviético, pero esencialmente concentracionista—.

Pero, por otro lado, es innegable que muchas de las ideas surgidas originalmente en torno al Distributismo terminaron siendo adoptadas por programas políticos muy diferentes. La línea interna de Sir Henry Slesser, dentro del Partido Laborista británico, sostuvo en un comienzo los principios distributistas; pero la crisis de 1930, forzó al gobierno y a la oposición a ocuparse de soluciones de urgencia y relegar cualquier cambio estructural para tiempos más tranquilos… que nunca llegan. Lo mismo pasó con el programa adoptado por el Partido Laborista Democrático de Australia en 1955 y que tuvo buenos resultados electorales por lo menos hasta fines de los ’60 cuando el partido empezó a disolverse por influencia de otras ideologías. En esa misma época, el escocés Jo Grimond adoptó planes distributistas con los que pudo resucitar al Partido Liberal y convertirlo en tercera fuerza a nivel nacional —aunque también en los ’70, sin embargo, este partido “sufrió” la modernizacion de su programa político—. Tiempo después, la política de Thatcher para permitir que los inquilinos de casas estatales pudiesen adquirirlas en propiedad fue de directa inspiración distributista. También en Canadá, India, Ceilán (Sri Lanka) y Nueva Zelanda se encuentran muchas influencias del Distributismo en los proyectos y planes de gobiernos y oposición.

Podría parecer ésta una historia de fracasos o éxitos parciales a manos de políticos que no necesariamente compartían la cosmovisión de Chesterton y Belloc. Sin embargo, creemos que hoy, tras la caída del Bloque Soviético y las sucesivas crisis del capitalismo desatado, es tiempo de sumar nuestras voces a las críticas que se hacen a la ciencia económica —al menos en sus síntesis neoclásica y neokeynesiana—; críticas que se hacen no sólo desde afuera, desde supuestos movimientos anti-sistema o anti-globalización, sino también desde otras ciencias (la estadística matemática principalmente) y desde la misma ciencia —cuando está en duda no sólo la raíz epistemológica de la Economía, sino también el mismo lenguaje monetario-contable que es su materia prima—. Es éste, decimos, el momento de volver a poner sobre la mesa las geniales intuiciones y las lógicas deducciones que, hace más de 70 años, un grupo de pensadores, con mucho sentido común y amor por el hombre concreto, hicieron en materia económica, social y política, para ayudar a que éstas vuelvan a estar dentro de un “marco de cordura”.



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