Ditchling en la década de 1920

viernes, 5 de noviembre de 2010

Distributismo (v y final)


[Escrito original de Karl Jahn. Traducción, títulos y notas de la Liga Distributista. Esta última sección no es enteramente de nuestro agrado ya que, de alguna manera, se transforma en condescendiente con muchas críticas superficiales que se le ha hecho al Distributismo; pero lo conservamos, por honestidad intelectual.]

Valoración

Más allá de las excentricidades de algunos de sus seguidores, Chesterton y Belloc no eran medievalistas dogmáticos. No andaban por ahí buscando máquinas para destruir, ni pretendían convertir a todos en campesinos. Por principio, admitirían que ni era posible ni enteramente deseable restaurar las condiciones de la Edad Media. Reconocían que sería difícil, si no imposible, abolir la maquinaria que venía anexa al sistema de fábricas. El Distributismo no es simplemente la propiedad de los medios de producción en unidades pequeñas: “Los dos ideales del pequeño artesanado, familia, etc., y la distribución de la propiedad no deben confundirse. Tienen una misma atracción espiritual, pero no son idénticos.”

Deseaban un estado de diversidad, en el cual un campesinado restaurado fuese lo principal, pero no lo único. Ofrecían una “proporción” más que un “esquema”, pues un esquema sería un plan utópico, incluyendo planificadores todopoderosos y una sociedad uniformada y estandarizada —precisamente los males políticos, sociales y estéticos a los que ese oponían—. Puesto que el objeto del Distributismo es la distribución de poder, la reforma no puede ser hecha por decreto. La gente debe estar en posición de querer asumir la responsabilidad que conlleva la libertad y la propiedad individual. El principal obstáculo, decían, es que los asalariados han vivido bajo el capitalismo por tanto tiempo que ya no desean nada más que un ascenso a una posición más alta en el orden jerárquico capitalista. (Uno podría agregar que vivir bajo el socialismo da a la gente miedo a la responsabilidad.)

Por lo tanto, “es vital generar la experiencia de la pequeña propiedad, la psicología de la pequeña propiedad, la clase de hombre que es un pequeño propietario”. Incluso la maquinaria puede servir para este propósito, como se evidenciaba por el auto de Ford: “el ferrocarril era en realidad un modo comunal y concentrado de viaje, como la utopía de los socialistas. El viajero libre y solitario está regresando frente a nuestros ojos.” El automóvil permite a los individuos y a las familias viajar donde quieren, cuando quieren, en su propia propiedad privada. En última instancia, en la sociedad ideal, serán tan felices y tan autosuficientes en su propia casa y en sus barrios que no querrán ir a ningún lado; pero el auto es un ejemplo genuino de progreso.

Aún así, se encontraban limitados por su disgusto por la “centralizada, impersonal y monótona civilización” de la organización y estandarización. No les gustaba la división del trabajo, la producción masiva y la propiedad corporativa, y, por lo tanto, se rehusaban a buscar medios modernos para sus fines medievales.

Seriamente pretendían restaurar una sociedad básicamente campesina —incluso aunque muchos, o aunque la mayoría, de la gente no fuesen campesinos—. Vivir bajo el techo propio y en el terreno de uno es la expresión física más perfecta de la libertad; y sólo en el campo es posible ser un verdadero individualista radical, en el sentido de apoyarse en uno mismo para la subsistencia. Querían restaurar las guildas (asociaciones cooperativas de pequeños capitalistas) como restricciones no gubernamentales a la competencia: para prevenir el crecimiento de uno a expensas de los otros, esto es cuando el pequeño productor independiente queda fuera de mercado. Esto frenaría el reemplazo de los pequeños comercios por las cadenas comerciales y las tiendas departamentales. Positivamente, la guilda permitiría a sus miembros, cuando fuese necesario, poner en común sus recursos para adquirir y poseer colectivamente instrumentos de capital que estuviesen más allá de las posibilidades de cada uno por separado, previniendo la monopolización de la industria por unos pocos ricos.

Los distributistas pensaban que era necesario restaurar la propiedad y la empresa de pequeñas escala, porque el divorcio de la administración y la propiedad hacen de los títulos de propiedad algo tan abstracto que puede ser transferido desde varias grandes corporaciones sin rostros hacia una corporación enorme —el Estado— sin ningún efecto práctico desde el punto de vista del individuo. Para ellos, no era muy diferente si uno era “empleado de la empresa de correos con principios socialistas duros y revolucionarios, o empleado de un monopolio con principios individualistas salvajes y aventureros”.

Los medios de lograr el Estado distributivo se explicaban vagamente, pero estaba claro que debía haber un papel para el gobierno. Del modo en que ellos lo veían, el gobierno apoyaba activamente la concentración de la riqueza, por lo que debía ser dado vuelta para permitir la propagación de la pequeña propiedad. Parecían tener en mente algo similar a la Ley Antimonopolios de Sherman, implementada de una forma mucho más vigorosa de lo que lo fue en la realidad en los Estados Unidos.

Su llamado a la acción del Estado no llegaba a los extremos del Estado de bienestar. El Distributismo, insistieron, “es algo que puede ser logrado por la gente. No es algo que pueda ser hecho a la gente. Es aquí donde difiere de casi todos los esquemas socialistas, del mismo modo que difiere de la filantropía plutocrática.” El Estado de bienestar hace a la gente dependiente del gobierno; les da un ingreso del que pueden disponer, pero no una propiedad sustancial propia; siendo breve, sólo exacerba el problema fundamental.

Creían que el tipo de sociedad que ambicionaban sólo podría existir si, y sólo si, la sociedad estuviese informada por el cristianismo —y, especialmente, por la Iglesia Católica—. Los distributistas, en sus intentos para reconciliar sus papeles como católicos y demócratas, se veían ayudados por su desagrado hacia las tendencias de su época —la concentración del poder económico y político— lo que los puso en contra del “progreso” y la civilización moderna. “No existe ningún lugar al que llegar con el curso actual”, se quejaba Chesterton, “sino a un desierto llano de estandarización bajo el bolchevismo o la gran corporación”. Dado que el progreso no conducía hacia sus propias metas, podían rechazarlo de todo corazón, y no dudaban abrazar el pasado católico como un ejemplo de su ideal.

Ese ejemplo era la Cristiandad medieval, cuya cima fue el período aproximado entre el año 1000 y el 1300. Lejos de haber un desacuerdo necesario y fundamental entre las doctrinas de la Revolución Francesa y las de la Iglesia medieval, la Revolución fue “esencialmente una reversión a la normalidad”. No fue una revuelta, sino una reacción y una restauración. Los resultados sociales y económicos de la Revolución siguieron el espíritu del Estado distributista medieval y, por lo tanto, de la Iglesia medieval: la abolición de las obligaciones feudales y la ruptura de los grandes latifundios. Más aún, “el campesino resucitado” revitalizó la vida social, política y religiosa de Francia, todo al mismo tiempo. Esto se vio confirmado por el renacimiento de la Iglesia, medida por el dramático incremento, desde la Revolución, en los números de creyentes serios y devotos, del clero, de los monasterios y conventos, y de los misioneros.

La idealización distributista de la sociedad agraria y de la alta cultura antigua estacional que conformó; su alienación ante la fealdad y el filisteísmo de la era de la máquina —salieron directamente de la larga línea del anti-industrialismo conservador y romántico—. Su visión romántica del feudalismo era la de una sociedad estable, alegre, armoniosa y profundamente espiritual, en la cual la Iglesia estaba en la cima y los campesinos y artesanos estaban seguros y eran libres. El artesanado hacía de cada hombre un artista, y de cada objeto de uso diario una obra de arte; la belleza, el sentido y el valor infundían toda la vida diaria. Lo que era nuevo era la identificación específica del campesino (y, secundariamente, del artesano y del comerciante urbano) como el tipo ideal. Abandonaron el glorioso ideal de la caballería que había provisto una alternativa heroica al mediocre y modesto burgués.

En la vereda de enfrente, los socialistas, desde St.-Simon hasta Wells y Shaw, eran indiferentes frente al vacío cultural de la era de la máquina. Les molestaba la fealdad en cuanto ella estuviera entremezclada con la pobreza y, por lo tanto, (creían) con las injusticias y las ineficiencias de la propiedad privada de los medios de producción. Miraban el futuro y veían la culminación final de la era de la máquina, una sociedad que sería ordenada, higiénica, racional, científica, eficiente, etc. —pero, desde el punto de vista reaccionario, incluso más desalmada e inhumanaza que la actual—. Fue contra esta noción de progreso, así como contra la concentración de riqueza y poder, que el distributista se revelaba.

Es fácil —quizá demasiado fácil— burlarse del lado ingenuo y reaccionario del Distributismo. Enamorados del ideal del campesino propietario libre, estaban condenados a la futilidad del arcaísmo. Su medievalismo romántico era, a pesar de sus mejores intenciones y esfuerzos, incompatible con las condiciones modernas. Somos demasiado numerosos y nuestros estándares de vida son tan altos, como para que la agricultura de subsistencia y el artesanado tengan más que una existencia marginal. Esto nos presenta dos problemas: aquél de proyectar una idea espiritual y estética, no sólo hacia el pasado medieval, sino también hacia el presente y el futuro tecnológico; y aquél de una más amplia distribución de la propiedad de las grandes empresas industriales.

El segundo problema es, en realidad, el más fácil de solucionar. Cambios menores en la legislación impositiva convirtieron los fondos de pensiones y seguridad social de los Estados Unidos en fondos de inversión, y ahora más de la mitad de todos los estadounidenses se han convertido en accionistas —sin que, aparentemente, nadie tenga por el momento la intención de provocar una revolución en el esquema de propiedad del capital—. Por supuesto que esto es sólo un comienzo, pero uno muy esperanzador. Podemos prever un día cuando la mayoría de la gente sea propietaria de capital y derive una porción significativa de su ingreso de aquél; y, en última instancia, tal vez, un día cuando todos vivamos de dividendos, todo el trabajo sea hecho por las máquinas, y nadie sea nunca más sentenciado a una vida de asalariado. Esto requiere la separación de la propiedad y la administración, y es, por lo tanto, imperfecto desde el punto de vista distributista; pero hace posible un resultado más deseable: una sociedad en la cual la mayoría sean rentistas —caballeros del ocio, capaces de sostener un nivel cultural mucho más alto que el de un campesino—. [*]



Vista aérea del valle de Orcia en la Toscana, donde existe un gran asocianismo entre pequeñas empresas familiares que forman distritos industriales (o clusters, racimos) de muy alta calidad y productividad. Según diversos informes, las pequeñas empresas del norte y centro de Italia, agrupadas en clusters de comercialización y exportación, dan trabajo --directa o indirectamente-- a casi el 70% de la población de esas regiones. Un ejemplo de que las ideas distributistas pueden ser llevadas a la práctica.
[Fuente de la fotografía: Gianluca Colla para The National Geographic Society.]



[*] Estos dos últimos párrafos contradicen directamente el Distributismo, como de alguna manera reconoce el mismo autor, pero los hemos dejado para no mutilar su ensayo.

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