Ditchling en la década de 1920

miércoles, 27 de abril de 2011

Rescatando: Belloc y el crédito

“Referirnos a la función del crédito no es fundamental para la restauración y el mantenimiento de la propiedad.

El crédito no es un elemento vital en todas las sociedades, no es un problema permanente y general de orden social, económico o político.

La función moderna del crédito es de desarrollo comparativamente reciente; y ha seguido un camino desgraciadamente malo, que parece estarse aproximando a la catástrofe.

El crédito es, pues, solamente un asunto local y efímero.

Sin embargo tenemos que considerarlo porque en este momento obscurece monstruosamente nuestra vida cívica.

En sus líneas principales la función del crédito (en ese sentido moderno), es la siguiente:

  1. Los medios de producción y cambio, y el dinero mismo pueden ponerse en movimiento sólo por medio de los Bancos.
  2. En una comunidad moderna altamente industrializada, y en Inglaterra por sobre todas, los bancos forman un monopolio que decide qué maquinaria debe ponerse en movimiento para la producción de qué riqueza, en que cantidad y por quién.
  3. En las manos de esas instituciones de crédito se encuentran en proporción creciente las fuerzas naturales y los instrumentos de producción y los almacenes de mercancías sin las cuales nada puede hacerse; y a discreción del banco está la distribución como por limosna del poder adquisitivo.

La organización de ese sistema, tal como está desarrollado en la actualidad, después de sólo unas pocas generaciones y más particularmente en los últimos cien años, se ha convertido en universal y todopoderosa en los países altamente industrializados y especialmente en Inglaterra.

Todos los pagos de cantidades insignificantes se hacen actualmente por medio de cheques, y prácticamente toda iniciativa depende del apoyo del monopolio bancario, el que emite o se rehúsa a emitir la promesa de pagar cheques.

El crédito bancario en circulación, siendo alrededor de diez veces el valor de los depósitos reales, tiene en su mano la válvula reguladora de toda la maquinaria económica.

No vale la pena intentar la restauración de la propiedad, aquí en Inglaterra, ahora, hasta que no hayamos dado al pequeño propietario algún poder de reacción contra ese amo universal.

En este problema como en todos los otros de nuestra investigación, las reglas principales son las mismas. No podemos hacer un ataque frontal ni podemos pretender un cambio universal e inmediato. Solo podemos trabajar de a poco y desde humildes comienzos.

Podemos en consecuencia, actuando pasivamente, sostener el trabajo útil que han hecho otros que no simpatizan con nuestros ideales. Podemos difundir (y es deber de todo buen ciudadano hacerlo) el conocimiento de los poderes arbitrarios poseídos por los bancos modernos y proclamar el deber de controlarlos.

Esa acción general está abierta a nosotros y es de gran utilidad. Pero no podemos pretender que se implante rápidamente un adecuado control del crédito, que se ha desarrollado casi durante nuestras vidas y que ya está a punto de estrangular a la sociedad.

Lo que podemos hacer es establecer pequeñas instituciones cooperativas de crédito, debidamente organizadas y legalmente protegidas contra ataques externos.

No resulta práctico sugerir un control público del monopolio bancario desde arriba, en manos del poder central del gobierno…Sus actividades sólo pueden ser modificadas por el crecimiento gradual de la propiedad bien distribuida.

Mientras tanto, a la par del presente monopolio bancario, debería fomentarse el desarrollo de los bancos cooperativos debidamente organizados, con privilegios oficiales y conectados con gremios de todo tipo. Esas instituciones populares de crédito no pueden subsistir ni por un momento contra la hostilidad de un monopolio bancario independiente (que hoy es más poderoso que el mismo Estado), a menos que fueran sostenidos por privilegios: leyes positivas que los protejan y estatutos especiales.

Pero asegurados esos estatutos y leyes que los defiendan del asalto y del asesinato, los bancos cooperativos populares aumentarían en importancia.

Quizás, aunque improbablemente terminarían por transformar todo el sistema del crédito bancario, sometiéndolo a esas pequeñas unidades que constituyen la base del gremio.

Aquí termino lo que no pretende ser sino una serie de breves sugerencias, acerca del método con que puede iniciarse una reacción contra el capitalismo y su fruto, el comunismo.

Hillaire Belloc (1936), “La restauración de la Propiedad”, Ed. Poblet, Buenos Aires, 1949.

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