Ditchling en la década de 1920

jueves, 26 de julio de 2012

"Necesitamos comunidades"



Manual de Distributismo:
Una economía paralela

Por Peter Chojnowski [1]

Al considerar las implicancias prácticas de las doctrinas económicas del Distributismo, es importante recordar que sus teóricos, Hilaire Belloc, G. K. Chesterton, Arthur Penty y el P. Vincent McNabb, no tenían intención de ofrecer  sólo un modelo macroeconómico nacional. Un modelo macroeconómico así es útil para las decisiones prudenciales del estadista. Ellos, más que eso, esperaban que dicho modelo fuese aprovechado por los estadistas de su tiempo. Es providencial, por lo tanto, que también hayan mencionado las implicancias microeconómicas de su “tercera vía”. Son estas implicancias microeconómicas, aplicadas específicamente a la situación actual de la familia tradicional católica promedio, las que serán el tópico de este artículo.

Es importante comprender que nos enfocamos en los aspectos microeconómicos de la tercera vía y que no preguntarnos cómo podemos aplicar estos principios e ideas a nuestras propias vidas, a nuestras propias situaciones familiares y a las situaciones de nuestras crecientes comunidades católicas tradicionales. La razón de que sea posible es porque “economía” del griego oeconomia, significa “administración del hogar”, es decir, la forma en que ordenamos, sostenemos y estabilizamos nuestras familias y nuestras comunidades. Un verdadero teórico de la economía debería, por lo tanto, tener como fin en primer lugar el establecimiento de un sistema que sostenga las necesidades básicas de las familias y que ofrezca a los hombres un trabajo que sea intrínsecamente satisfaciente, que sea capaz de proveer al sostenimiento de su familia y que esté en total acuerdo con el fin último de la vida humana: el formar parte de la mismísima Vida Divina.

¿Qué permitirá a nuestras familias lograr estos fines del trabajo y el hogar?

Primero, debemos comprometernos a la meta adelantada ya en las enseñanzas del papa León XIII (Rerum Novarum), del papa Pío XI (Quadragesimo Anno) y de los teóricos distributistas: la posesión de propiedad familiar real. Solo mediante la tenencia de propiedad real (esto es, no hipotecada al usurero moderno) es que podemos establecer “reinos” fijos, baluartes de Cristiandad, capaces de sostener por un período indefinido de tiempo familias dedicadas al Reinado Social de Nuestro Señor Jesucristo.

Segundo, debemos organizar el trabajo. Obviamente, para organizar el trabajo debe existir una “fuerza laboral” lo suficientemente grande como para ser organizada. Si queremos verdaderamente poner los fundamentos de un sistema microeconómico, debemos satisfacer el objetivo de todo sistema económico, esto es la satisfacción de las necesidades básicas de las familias. Lo cual sólo puede hacerse si existe un grupo lo suficientemente diverso de hombres y mujeres cuyo talento laboral les permita participar en este ensayo de satisfacción de las necesidades básicas y primarias de una comunidad. A este respecto, enfaticemos que nuestra “economía paralela” (esto es, una economía que satisfaga las mismas necesidades que la economía capitalista dominante, pero que satisfaga estas necesidades de una manera diferente), debe enfocarse en lograr proveer lo que el P. Vincent McNabb llamaba “bienes primarios” (por ejemplo, vivienda, comida, vestimenta y, agrego yo, servicios médicos), en contraposición con los “bienes secundarios”. Los bienes secundarios son aquéllos que son pensados para satisfacer algún deseo o capricho del hombre, pero que no son esenciales de la forma en que lo son los “bienes primarios”. Al satisfacer las necesidades básicas, o, al menos, tantas cuantas sean posibles, nuestra comunidad avanzará hacia el objetivo de la autosuficiencia que es el signo de toda sociedad verdadera.

Tercero, necesitamos tener, como parte de una comunidad coherentemente organizada sobre la base de la Fe verdadera, un compromiso de apoyar, de cualquier manera posible, la organización económica de la comunidad sobre la base de las enseñanzas de la Iglesia. Sin este tipo de compromiso de intenciones, el proyecto fracasará. Lo que se necesita es tanto un compromiso ocupacional de parte de algunos miembros de la comunidad, o comunidades, y un compromiso económico de parte de todos los miembros de la comunidad.

¿Qué tipo de compromiso ocupacional es necesario? Esto significa que un trabajador o profesional renunciará a su conciencia capitalista que le dicta usar sus habilidades, talentos y trabajos para satisfacer sus deseos y caprichos, suyos y de su familia, para usar de ellos tanto para satisfacer las necesidades de su propia familia como para contribuir a la satisfacción de las necesidades de todas las familias de la comunidad.

¿Qué tipo de acuerdo económico es necesario? Sólo la decisión, por parte de todos los miembros de la comunidad, de canalizar sus recursos financieros de tal manera que las propias necesidades de las familias sean satisfechas a través de los esfuerzos de órganos económicos o cuerpos corporativos compuestos por hombres y mujeres de la propia comunidad. Esto no se refiere a contribuciones financieras gratuitas, sino, por el contrario, simplemente a satisfacer las propias necesidades básicas de la familia dentro de las estructuras organizadas por la misma comunidad. Para que esto ocurra realmente, debemos desarrollar un sentido fuerte de “hermandad” basado en la adhesión a la integridad de la Fe verdadera y sobre la base de la virtud teologal de la Caridad fraterna. Nuestro compromiso, como individuos y como comunidad, debe ser asegurar a la totalidad de los grupos de familias, cuanto más grandes mejor, la supervivencia, la prosperidad, la crianza y la educación de sus hijos, y la persistencia en la práctica de la religión verdadera frente a un mundo completamente hostil y un “sistema” anticristiano. Ésta será nuestra oportunidad para desinvertir de un sistema económico comprometido con la destrucción de las grandes familias verdaderamente católicas y para reinvertir en un esfuerzo microeconómico que no sólo sostendrá a la familia católica tradicional en tanto familia católica tradicional, sino también inevitablemente ayudará a sostener capillas y escuelas tradicionales que den vida a las almas y a las mentes de tantos.

A) Guildas

El primer paso en la organización de un sistema microeconómico así es la organización de guildas. Las guildas (gremios y corporaciones) eran los órganos del sistema económico distributista que floreció en los siglos católicos del pasado. En tiempos recientes, el arzobispo Lefebvre y el obispo Fellay han específicamente abogado por la formación de este tipo de organizaciones vocacionales entre los fieles católicos tradicionales.

Por su naturaleza, las guildas demandan una fuerza de trabajo dividida según ciertas especialidades. Para nuestros propósitos, dado que estamos considerando una pequeña fuerza laboral en términos relativos, debemos establecer guildas cada una dedicada a la satisfacción de una de las necesidades básicas mencionadas antes (esto es, comida, vivienda, vestimenta y cuidado médico). Dado que estas guidas serán cuerpos corporativos, uniendo a todos los miembros de un cierto tipo de labor, estos cuerpos necesitarán estar animados de almas espirituales. La primera necesidad de una organización de trabajadores de este tipo es el cuidado moral y espiritual a cargo de un capellán. El rol del capellán será orientar propiamente las mentes de los “hermanos” de modo que puedan tratar entre ellos y con sus clientes, puedan implementar propiamente las enseñanzas de la Iglesia en su propio campo específico de trabajo,  puedan asegurarse que los hombres entiendan siempre su trabajo y su labor como guilda desde una perspectiva de Fe y de la meta última de la vida humana. También, en el espíritu de las guildas medievales, una especial devoción a un santo patrono debería unir la vida católica de cada cuerpo específico; San Rafael para los trabajadores médicos y San José para los obreros de la construcción, se me ocurren. Dando al trabajo un espíritu católico, y trabajando con aquéllos que tienen la misma fe y luchan por lograr la misma vida moral, habrá inevitablemente una gran integración de fe y trabajo, lo cual ayudará a un catolicismo más integral de parte de aquéllos que formen parte de la guilda en cuestión.

Al mismo tiempo que integra fe y trabajo, el sistema de guildas ayudará a lograr un significado económico para la guilda como un cuerpo de trabajadores y profesionales. Por un lado, la guilda en conjunto, por ejemplo la guilda de trabajadores de la construcción, estará en mejor posición para negociar respecto a contratos específicos puesto que tienen un equipo ya armado y con cierta reputación en el área; y, por otro lado, el empleado individual, digamos un radiólogo, como miembro de una guilda de servicios médicos, tendrá un grupo de profesionales de la misma profesión en general apoyándolo. El fin último de estas guildas, por supuesto, será servir como los “órganos” primarios para proveer a las necesidades de bienes básicos para el mantenimiento de la comunidad.

Pero no sólo el trabajo de las guildas estará específicamente dirigido al bien de sus propias comunidades específicas. Los miembros de las comunidades servidas por las guildas deben también obligarse a apoyar a sus hermanos, empleándolos. Las comunidades católicas tradicionales deben comenzar empleando a su propia gente para servir a las necesidades primarias de las familias que las integran. Cuando un hombre católico tradicional está buscando una esposa, él, si es sano, “buscará” en lugares específicos y entre ciertas familias. ¿Por qué no hacer lo mismo cuando buscamos empleado?

B) Guildas y empresas de propiedad familiar

Al organizar el trabajo en la forma de un sistema de guildas, los recursos financieros pueden conseguirse también en forma fácil si se adquieren empresas en operación en el área en que la mayoría de la comunidad vive. Una verdulería, una cooperativa agraria o un comercio de ropa que tienen como fin servir a la comunidad más que hacer ganancia únicamente, deben ser meta de las guildas relevantes. Son estos tipos de negocios, tanto organizados como guilda o como propiedad familiar, los que pueden lograr la exigencia de la Iglesia de un precio justo y alcanzable. Establecer precios alcanzables y proveer salarios justos para los empleados puede ser económicamente realizable si existe una clientela estable o un alto volumen de ventas.

La propiedad comercial también significa algún grado de control político a nivel local. El dinero significa poder; no olvidemos este razonamiento, antes bien, empleemos esta verdad para el bienestar financiero y social de nuestras comunidades.

Por supuesto que, en nuestro tiempo, uno de los campos en los cuales se pueden encontrar muchas prácticas y actitudes moralmente objetables es en el campo médico. Seguramente, con todas las necesidades médicas de las familias numerosas, incluyendo los remedios y los servicios pre- y post-natales, una de las metas de una guilda de servicios médicos debe ser el establecimiento de una clínica médica independiente o la adquisición de una clínica ya en operación. Incluso debería haber una búsqueda concertada para encontrar personal para tal clínica de entre los profesionales médicos católicos tradicionales que quieran mudarse a una de estas comunidades, ya sea en los Estados Unidos o en otros lugares. En un todo de acuerdo con la orientación de esta propuesta “hacia lo básico”, un servicio de nacimientos en casa seguramente beneficiará a aquellas familias numerosas o nuevas que busquen evitar los precios astronómicos, la esterilidad y la atmósfera no familiar del hospital moderno.

C) Hogar familiar

A medida que un número creciente de jóvenes familias se den cuenta que sus hijos necesitan los beneficios de la educación en una escuela católica tradicional, necesariamente considerarán migrar a una comunidad católica tradicional formada alrededor de una institución educacional en operación, normalmente una que pueda ofrecer educación para todas las edades, incluyendo el secundario.

Uno de los esfuerzos concertados que deben hacerse es proveer vivienda a precios razonables para estas familias nuevas y en crecimiento. Una casa a precio razonable sólo es posible cuando hay tierra a precio razonable para construir una casa. Será muy probable que las comunidades que puedan atraer a tales familias nuevas o numerosas estén situadas en áreas rurales o semi rurales. En estas áreas, los terrenos pueden comprarse sin necesidad de tener que recurrir a los “servicios” de la rama local de la usura internacional. Si la propiedad inmueble es la meta, la tierra a precio razonable es una necesidad.

El próximo problema a resolver es la construcción de una casa a precios razonables. Aquí, creo que una guilda de la construcción puede hacer de esto su tarea central y su “apostolado”. ¿Qué mejor modo de animar a las familias jóvenes y en crecimiento a mudarse a comunidades que también provean escuela para sus hijos que haciendo disponible para ellas la vivienda a precios verdaderamente razonables? ¿Qué mejor modo de ofrecer un trabajo estable y continuo en la guilda de la construcción que servir a la demanda que sin duda existirá si se conoce la existencia de esta oferta segura? Nuestro lema aquí debe ser “¡trabajemos en serio!”

Por supuesto que, en estas comunidades individuales, existirá la necesidad de alguien que coordine la oferta y la demanda. Este programa debe incluir necesariamente a la guilda de la construcción. La acumulación de capital por la misma guilda podrá facilitar la compra inicial de terrenos sobre los cuales la guilda construirá sus casas. Casas en general no pensadas para solteros y familias pequeñas, sino para familias numerosas. De nuevo, un volumen incremental hará posible precios razonables. El objetivo, por supuesto, debe ser que el máximo número de familias posible tenga la propiedad de su vivienda libre de toda hipoteca.

D) Programas de aprendices


Una de las metas del sistema de guildas propuesto debe ser la iniciación de un sistema de aprendices. Los aprendices han sido siempre el futuro de cualquier guilda. Y estos programas son la fuente de esperanza para los jóvenes. La esencia del sistema de aprendices es la existencia de un maestro o maestro-artesano y de un discípulo o aprendiz. La relación entre el maestro y el discípulo es el fundamento de todo sistema educativo verdadero de cualquier tipo que sea. Este tipo de relación, sea dentro del ámbito de una guilda particular o, incluso, entre un hijo y su padre en el rol de maestro artesano, remediará muchos de los dilemas que minan las mentes y los corazones de nuestra juventud católica tradicional.

Primero, hará posible una mayor integración psicológica. Al formar lazos fraternales con los hombres que trabajan en la misma profesión y que, también, comparten la misma fe, la Fe verdadera será algo más que una serie de proposiciones aprendidas en la niñez, con poca relevancia para el mundo del trabajo, del dinero y de los amigos. En cambio, sintiéndose parte vital de un cuerpo corporativo de hombres unidos no sólo por un trabajo común sino también por una fe en común, estará en condiciones de entender la Fe como algo para mentes maduras. Además, en este caso, la Fe le dará amigos, mentores, clientes, una ocupación, esperanza para el futuro y pan.

Segundo, el sistema de aprendices ofrecerá algo que desesperadamente necesitan nuestros jóvenes hoy: una más rápida transición de la adolescencia a la adultez. El trabajo serio en un negocio serio no sólo hará al joven más responsable de sí mismo, sino que le hará posible prever el día en que tendrá los medios suficientes para formar su propia familia.

Junto a esta idea de revivir la antigua posición de aprendiz, está otra propuesta que tiene un conjunto similar de metas. Es la relación maestro-aprendiz aplicada a las carreras profesionales “de cuello blanco”. Necesariamente, la mayoría de éstas carreras caerá fuera del sistema de guildas que tiene su fin en proveer lo que llamamos “bienes primarios”; si un joven quiere convertirse en profesor, abogado o contador, por ejemplo. Para estos jóvenes, adelanto la idea de un programa de “hermano mayor” con una red estable de contactos profesionales.

Estos “hermanos mayores”, que son católicos tradicionales que ya trabajan en la profesión a la que el joven está buscando ingresar, actuarán como asesores, confidentes, patrones y proveedores de contactos para el joven profesional mientras éste recorre su camino a lo largo del laberinto educacional y profesional que es parte del inicio en cualquier profesión. De este modo nos aseguraremos que las comunidades de las que hablamos tengan un ensamble completo de profesionales dedicados a su servicio o tendremos jóvenes católicos tradicionales cuidadosamente guiados a las posiciones “correctas”. Debemos cultivar a los mejores y más brillantes de entre los nuestros. ¡Recuerden que los masones tomaron esta idea de nosotros!

E) Trueque y cooperativas de crédito

Uno de los problemas más obvios que encontramos en el jefe de familia en su intento por lograr la propiedad real para su familia es el hecho de que, en la sociedad contemporánea, los salarios no son lo suficientemente altos como para satisfacer la demanda de bienes primarios necesarios para la supervivencia de su propia familia. Nuestro estilo de vida no puede mantenerse sin incurrir en deuda con una u otra institución financiera que, a través de la usura y la explotación de un sistema económico basado en los deseos y los caprichos, ha obtenido el control de la oferta de dinero y de alguna manera recibe “permiso” para crear “dinero” sobre la base de la sola palabra de dicha institución. ¿Cómo podemos evitar que nuestros hermanos incurran en deudas?

Ésta debe ser una de las metas primarias de una economía paralela basada en los principios distributistas de la Rerum Novarum. En cuanto a eso, junto con la guilda de la construcción que ayuda a mantener los precios bajos gracias a una demanda estable y a que su objetivo es el sostenimiento de la familia y no la sola ganancia, existen otras dos formas en que sugiero evitar el endeudamiento de nuestros correligionarios. Ellas son: el uso prudente y restringido del sistema del trueque, y el establecimiento de cooperativas de crédito no usurario.

Por el “sistema de trueque”, simplemente me refiero el cambio de un servicio por otro servicio, más que el intercambio de un servicio por dólares. No sólo el intercambio del trabajo de un hombre por el de otro hombre fortalece los vínculos entre ambos hombres y ambas familias, sino que también permite a la familia conservar el capital monetario que tenga, al mismo tiempo que evita totalmente la necesidad de recurrir a los prestamistas para pagar por un servicio. Más aún, hasta donde sé, un servicio intercambiado por otro servicio (por ejemplo, un trabajo de plomería por huevos y gallinas), no figura como ingreso monetario anual. Es así otra forma de “desinvertir” legalmente en el sistema y reinvertir en hogares cristianos.

La otra forma que propongo para ayudar a los hermanos católicos tradicionales a evitar la esclavitud de la usura y, aún así, obtener fuentes de financiamiento para algunos de los proyectos sugeridos aquí, es establecer cooperativas de crédito no usurario.

¿Cómo puede ser esto posible si los préstamos típicos de las cooperativas de crédito prestan dinero a una tasa de interés a sus miembros aunque sea baja? Aquí debemos tener en mente la condena tradicional de la Iglesia a tomar intereses en todo tipo de préstamos no rentables. Los préstamos para la construcción son, excepto en los casos de especulación, préstamos no rentables. Un préstamo con interés que sirve como dinero de inversión inicial de un proyecto que arroja una ganancia, un censo de medievalistas lo probaría, fue siempre perfectamente aceptable para la Iglesia. El prestamista, en este caso la cooperativa de crédito propuesto, simplemente sirve como un socio en lo que será un emprendimiento conjunto. Al recibir parte de la ganancia de estos emprendimientos conjuntos, la cooperativa de crédito, que debió haberse establecido por la recaudación de capital, estará en condiciones de prestar dinero a aquéllos en la comunidad que construyan casas o provean otras necesidades básicas y primarias. Estos préstamos serán devueltos, a tiempo, sin ninguna carga usuaria adyacente.

F) No tratar a los hermanos como extraños

Las propuestas de arriba están basadas en un hecho frío y duro. Esto es que, en el futuro próximo, en la escena geopolítica y a nivel macroeconómico, no hay esperanza alguna de que las ideas adelantadas por los distributistas en la primera parte del siglo XX se vean implementadas. Sin embargo, dado que son parte de una visión católica integral del recto orden de la sociedad humana y que, de acuerdo con
 Rerum Novarum y Quadragesimo Anno, son parte de la total realización del Reinado Social de Nuestro Señor Jesucristo, debemos intentar implementar estas ideas aunque sea a nivel local y comunitario.

Pero para ello, necesitamos comunidades. Existen comunidades así ya establecidas tanto en los Estados Unidos como en otros lugares, por ejemplo en Tynong (Australia), y otras que aún están en etapa de nacimiento.

Si es que las comunidades de familias, animadas y adheridas a la Tradición, deben sobrevivir e, incluso, prosperar; si es que nuestros jóvenes deben ser alejados de la tentación a cruzarse de lado en sus mentes o en sus corazones, y si es que debemos vivir los principios y las doctrinas a las que adherimos con nuestras mentes en medio de una sociedad hostil, debemos considerar seriamente la pregunta: ¿cómo hacerlo?

La respuesta básica a esta pregunta es no tratar a los hermanos como extraños.


[1] Nacido en New Britain (Connecticut, EE.UU.) en 1965, el Dr. Peter E. Chojnowski es profesor en la Academia de la Inmaculada Concepción en Post Falls (Idaho). Graduado “magna cum laude” en Filosofía, Ciencia Política y Economía en el Colegio Universitario Christendom, tiene una maestría y un doctorado en Filosofía en la Universidad de Fordham. Ha sido profesor en numerosos institutos, academias y universidades de su país y dictado conferencias en Europa y Asia, también es frecuente colaborador de la revista “The Angelus”.

 

domingo, 8 de julio de 2012

jueves, 5 de julio de 2012

Distributismo en castellano: Profundizando un poco




Existen numerosos escritos en internet, en publicaciones y en este mismo sitio que sirven de introducción al tema del Distributismo. Incluso hemos tenido ocasión de leer algunas monografías universitarias, un par de tesinas y hasta una tesis doctoral.

Pero, en general, todos estos escritos en castellano se limitan a presentar una panorámica o una introducción de lo que es el Distributismo. Otras veces, se confunde parcialmente al Distributismo con otras teorías en boga en aquellos tiempos: crédito social, corporativismo o agrarismo. No pocas veces, se piensa el Distributismo como una especie de pensamiento precursor del ecologismo, del socialismo del siglo XXI, de la permacultura, de la responsabilidad social empresaria, etc.

No hay duda de que todas estas teorías, doctrinas, escuelas, modas o como se las quiera llamar, pueden aportar algo (o mucho) al Distributismo, pero no son —propiamente— el Distributismo, puesto que éste es una doctrina económica (pero con consecuencias políticas y sociales) basada en un capital equitativamente distribuido en propiedad entre las familias. Y, por lo tanto, cualquier medida o política que no tienda a esto, no es distributista y, en el mejor de los casos, es un “parche” a un sistema intrínsecamente perverso; “parches” que, en el peor de los casos, refuerzan este mismo sistema o aceleran sus efectos perjudiciales… aún con las mejoras intenciones.

El Distributismo no es, por lo tanto, filantropía, ni “voluntarismo” de la caridad — aunque la gratuidad y la caridad bien entendida están en el corazón de esta doctrina.

No se engaña tampoco el Distributismo con las intenciones de grandes organizaciones sin fines de lucro que necesitan del sistema para financiarse (directa o indirectamente), que ocultan en sí mismas un gigantismo deshumanizante en el trato de sus voluntarios, empleados y beneficiarios, que responden a ideologías y planes de ingeniería social (nuevo nombre para la eugenesia que tanto combatieron los distributistas) — aún cuando pueda adoptar circunstancialmente las formas legales de este tipo o aprovechar las ventajas fiscales o normativas que el sistema concede a estas organizaciones.

Tampoco es el Distributismo un “código de ética” del capitalismo — si bien los distributistas no dejaron nunca de denunciar a los capitalistas que ni siquiera se atienen a las reglas por ellos fijadas (ejemplos son el escándalo Marconi, la oposición a la estatización del transporte público de Londres o las denuncias al sistema financiero actual).

Ni siquiera el Distributismo pretende “suspender” las (supuestas) leyes de la economía como algunas escuelas que dependen de exigir de sus cultores una heroicidad quasi angelical sostenida (algo así sería la denominada “Economía de Comunión”) o que viven de los flujos de dinero que reciben desde fuera de su microcosmos por medio de las donaciones que les hace el mismo sistema (caso del método Yunus de microcréditos) — aunque no teme poner en duda las supuestas “leyes” de esta supuesta “ciencia” que es la Economía, tanto desde dentro con sus técnicas y métodos (Belloc, Schumacher), como desde el simple sentido común (Chesterton).

Menos que menos es el Distributismo el propulsor de soluciones “éticas” individualistas que no van a la raíz estructural de los problemas de la economía actual y sus proyecciones en la sociedad y la política, y que pretenden que —contra toda lógica sana— hacer más de lo mismo, pero con buena intención y cuidando las formas, va a cambiar algo. En este mismo sentido, el Distributismo no pretende un simple “cambio cultural” de las organizaciones o de la economía, ni confía en un “hombre nuevo” que advenirá en un futuro incierto.


Y por todo esto, el Distributismo no es utópico puesto que confía en el hombre común de hoy y, al mismo tiempo, cree en el pecado original y la consecuente tendencia al mal en una naturaleza humana que de por sí es buena y ha sido redimida por Cristo. Y es justamente por el pecado original y sus consecuencias que el Distributismo pretende limitar a aquellos que, aunque digan abogar por la propiedad privada o la propiedad común, quieren —en el fondo— toda la propiedad para sí mismos.

Y es que el Distributismo no es un “ismo” en el sentido que este sufijo confiere a las palabras hoy. No es una técnica diseñada por expertos, ni una ideología pergeñada en la reclusión de una biblioteca, ni un pedante magisterio impartido en las aulas desde un taburete. Menos aún es una escuela de la economía o la sociología.

Es, por el contrario, algo anterior a todo ello, surgido de los mismos hombres antes de que éstos se viesen en el infeliz trance de descubrir que existía una disciplina como la sociología o la economía. Fue durante siglos la marca de la vida del hombre común en la Europa cristiana e, imperfectamente, lo ha sido en las culturas tradicionales de todo el mundo cuando aún no se veían inficionadas de las ideologías ilustradas e ilustrantes. Y aunque el Distributismo no haya nunca madurado del todo, y aunque se encontrase momentáneamente confundido con formas sociales y políticas accidentales, lo propio del mismo, la realidad de la propiedad familiar de los medios de producción como distingo determinante de la vida económica ha sido reconocida por estudiosos de muy distintas ideas.

Es la familia la principal preocupación del Distributismo y es, por lo tanto, su clave de interpretación. Al distributista no le preocupa el Estado porque amenace la libertad individual, sino porque pretende arrogarse el papel que sólo corresponde a los padres de familia. Al distributista no le preocupa el monopolio porque amenace la libertad de mercado, sino porque termina sacando a los padres del hogar esclavizándolos en una línea de producción alienante e internando a los hijos en escuelas donde son un número más que debe cumplir con ciertos estándares promedios igualmente deshumanizantes.

Para el distributista, por lo tanto, la libertad y la vida de la familia —y, por consecuente, de las sociedades y la comunidad política, en cuanto son conjuntos orgánicos de familias— están atadas a la propiedad de la vivienda familiar y de los medios de producción de autosubsistencia (tierra laborable y/o taller artesanal). Autosubsistencia que tampoco es una especie de aislamiento familiar, sino que se trata de una familia implantada en el seno de una comunidad local —llámese aldea, pueblo, comarca, comuna, en cualquier caso una ciudad que pueda caminarse de punta a punta en el día, como decía Aristóteles— único lugar donde es posible una democracia real, una representación no atada al “sistema de partidos” (o partidocracia) que ya hace un siglo denunciaba Belloc.


De todo lo dicho, podría parecer que el Distributismo es una doctrina católica en cuanto emergente de su Credo y de su teología. Más en concreto, tanto desde dentro como desde fuera, se la hace derivar de la encíclica Rerum Novarum de León XIII, es decir una “alternativa más” de aplicación concreta de la Doctrina Social de la Iglesia.

Sobre este asunto podríamos aplicar análogamente lo que el cardenal Newman decía sobre la imposibilidad de una literatura cristiana en cuanto tal. O, mejor, lo que Graham Greene aclaraba: “no soy un escritor católico, sino un escritor en el que se da el caso de ser católico”. Queremos decir que el Distributismo no es una excusa apologética puesto que no pretende por sí mismo convertir a nadie, ni hay que ser católico (cristiano o simplemente “creyente”) para adoptarlo como ciertos experimentos voluntaristas de que hablamos más arriba. Se puede ser judío, musulmán, budista o ateo y distributista, aunque —creemos— no se puede ser verdaderamente católico (en todos los sentidos del catolicismo) sin ser distributista — puesto que el Distributismo, sin pretender ser el paraíso en la tierra, es el que mejor se adapta al orden natural y cristiano de la sociedad y la economía.

Nadie duda, por supuesto, de la influencia que la Rerum Novarum pudo haber tenido directa e indirectamente sobre el Distributismo, aunque mejor sería hablar de una feliz coincidencia. Puesto que, como ya hemos dicho anteriormente, excepción hecha de Hilaire Belloc, los demás distributistas no eran católicos en sus comienzos, sino socialistas y liberales disidentes — más cercanos a Morris o a Cobbett, a los utopistas o a los socialistas cristianos (anglicanos). Y, a diferencia de lo que es el método común entre los social-católicos del siglo XX (no era así en Le Play, de Mun, La Tour du Pin, Vogelsang, von Ketteler, etc.), las citas de autoridad pontificia brillan por su ausencia en toda la obra distributista, prefiriéndose el sentido común, la deducción lógica o las citas literarias.

Se apoyó, además, al menos en sus comienzos, también en una importante tradición agrarista o ruralista; larga tradición, amenazada por la Revolución Industrial, en la que también se vieron enlazados movimientos socio-religiosos ingleses como los cuáqueros o clases sociales en decadencia como la “gentry”, lo que se refleja en forma crítica en casi toda la literatura victoriana.

Podría parecer, entonces, que la Revolución Industrial es para el Distributismo, a la manera de Marx, el acontecimiento más importante de la modernidad. Ciertamente que los distributistas denunciaron el carácter catastrófico de los cambios económicos, geográficos y sociales provocados por el industrialismo, expulsando a millones de minifundistas rurales hacia los centros urbanos, para trabajar en condiciones de semi esclavitud para empresas cada vez más grandes.

Pero ni Belloc ni Chesterton se engañaron y explicaron bien que el principio de los males ingleses se encontraba remotamente en la Reforma de Enrique VIII e Isabel I (“la revolución de los ricos contra los pobres”), y en forma más próxima en la llamada “Revolución Gloriosa” de 1688, donde “el rey ya no es el que cuenta. Príncipes mercaderes han reemplazado a todos los príncipes; Inglaterra se ha entregado al comercio y al desarrollo capitalista… [Con su] secuela moderna de monopolios metropolitanos, su control financiero complejo y prácticamente secreto, su marcha de maquinarias y su destrucción de la propiedad privada y de la libertad personal.” (Chesterton)

Donde la creación del Banco (Central) de Inglaterra de la mano de los más grandes financistas británicos y holandeses, es “luego de la Reforma y la destrucción de la monarquía, el evento más importante en la historia inglesa moderna” (Belloc).


Llegados a este punto podría ser que el Distributismo se limite a una crítica histórica que no tiene nada que aportar al mundo surgido de la Revolución Industrial. Tampoco el Distributismo es un aporte teórico-periódistico. Nada más lejos de ello. La prédica distributista se ha plasmado en experiencias prácticas muy distintas y originales, que van desde una “guilda” de artistas en la pequeña aldea de Ditchling en Sussex, hasta la instrumentalización de la participación accionaria de los empleados en las empresas, pasando por la adquisición de tierras laborables para revender al costo y en cómodas cuotas a obreros industriales que buscaban “volver a la tierra”, o la elaboración de una propuesta concreta y pormenorizada para la organización corporativa de los pequeños propietarios de ómnibus de Londres ante la amenaza (finalmente realizada) de la nacionalización del transporte de la capital británica.

Pero, claro, el Distributismo se ha visto siempre desdeñado, incluso por muchos supuestos chestertonianos que lo consideran una excentricidad o hobby de Gilbert Keith, cuando en realidad fue su principal preocupación y para cuya financiación fue que escribió novelas policiales o ensayos de crítica literaria. Y siendo esto así, lo que podemos apreciar como principal éxito distributista fue su capacidad de anticipación en muchas materias.

Décadas antes de Burnham, ya los distributistas habían advertido sobre la autonomía burocrática de los gerentes, funcionarios y tecnócratas que terminan tomando el control de sus empresas y convirtiendo a los accionistas en sólo una fuente más de financiamiento. No casualmente fueron los fabianos, con su prédica en pos de la profesionalización de las funciones directivas en la actividad privada y pública que finalmente confluirían en un Estado tecnocrático como paso previo a la etapa comunista profetizada por Marx.

También desde el Distributismo se denunció el consumismo —o el “comercialismo”, como lo llamó Chesterton— décadas antes de que existieran las complejas técnicas de comercialización y publicidad que hoy son moneda común y sus críticos “anti-mercado” à la “No logo”.

Entonces, se preguntará legítimamente, ¿por qué el Distributismo no se ha dado?

Es una pregunta de difícil respuesta. Cabe decir que la polarización producida tras la Segunda Guerra Mundial y durante la Guerra Fría no ayudó al surgimiento de verdaderas terceras posiciones —el “capitalismo de Estado” promovido por algunos gobiernos del Tercer Mundo en aquellos años no fue verdadera alternativa sino más de lo mismo, un camino a medio camino entre el capitalismo liberal y el comunismo soviético, pero esencialmente concentracionista—.

Pero, por otro lado, es innegable que muchas de las ideas surgidas originalmente en torno al Distributismo terminaron siendo adoptadas por programas políticos muy diferentes. La línea interna de Sir Henry Slesser, dentro del Partido Laborista británico, sostuvo en un comienzo los principios distributistas; pero la crisis de 1930, forzó al gobierno y a la oposición a ocuparse de soluciones de urgencia y relegar cualquier cambio estructural para tiempos más tranquilos… que nunca llegan. Lo mismo pasó con el programa adoptado por el Partido Laborista Democrático de Australia en 1955 y que tuvo buenos resultados electorales por lo menos hasta fines de los ’60 cuando el partido empezó a disolverse por influencia de otras ideologías. En esa misma época, el escocés Jo Grimond adoptó planes distributistas con los que pudo resucitar al Partido Liberal y convertirlo en tercera fuerza a nivel nacional —aunque también en los ’70, sin embargo, este partido “sufrió” la modernizacion de su programa político—. Tiempo después, la política de Thatcher para permitir que los inquilinos de casas estatales pudiesen adquirirlas en propiedad fue de directa inspiración distributista. También en Canadá, India, Ceilán (Sri Lanka) y Nueva Zelanda se encuentran muchas influencias del Distributismo en los proyectos y planes de gobiernos y oposición.

Podría parecer ésta una historia de fracasos o éxitos parciales a manos de políticos que no necesariamente compartían la cosmovisión de Chesterton y Belloc. Sin embargo, creemos que hoy, tras la caída del Bloque Soviético y las sucesivas crisis del capitalismo desatado, es tiempo de sumar nuestras voces a las críticas que se hacen a la ciencia económica —al menos en sus síntesis neoclásica y neokeynesiana—; críticas que se hacen no sólo desde afuera, desde supuestos movimientos anti-sistema o anti-globalización, sino también desde otras ciencias (la estadística matemática principalmente) y desde la misma ciencia —cuando está en duda no sólo la raíz epistemológica de la Economía, sino también el mismo lenguaje monetario-contable que es su materia prima—. Es éste, decimos, el momento de volver a poner sobre la mesa las geniales intuiciones y las lógicas deducciones que, hace más de 70 años, un grupo de pensadores, con mucho sentido común y amor por el hombre concreto, hicieron en materia económica, social y política, para ayudar a que éstas vuelvan a estar dentro de un “marco de cordura”.



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